Como todos los fines de semana largos, dividimos la entrega de estas charlas en dos partes (la segunda, mañana). En un encuentro académico, tras rescatar los presentes un cargo oficial casi olvidado, al personaje que lo ocupa y la institución que encabeza, un ex mandatario interesó con una reseña histórica sobre la relación presidente-vice. En otro foro, otro ex volvió a atribuir su caída a un "golpe civil", pero nuevamente se excusó de identificar a quiénes lo organizaron. En ambos se conocieron las desventuras de un ex funcionario, acosado por los rugbiers con los que comparte un country club. Y también el viaje -en jet privado-a Punta del Este de un funcionario cuya ideología lo pondría lejos del balneario oriental. Finalmente, en una reunión de artistas se habló del posible reemplazo de un miembro del gobierno. Veamos.
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Julio Cobos
No sólo se valorizó su nombre. También la función. Y así como ascendió en las encuestas Julio Cobos (a medida que perdía Cristina de Kirchner), la institución número dos de la República -de pronto, por un solitario voto a la madrugadase convirtió en pieza observada, admirada por todo el país (como el propio Senado, Cámara que hasta el día del voto era repudiable por la población debido a la historia de la Banelco). Si hasta le dedicaron un cónclave a la vicepresidencia y será prioridad en una carrera política. Nunca un voto pudo tanto. A la convocatoria para que ese instituto pueda más --con empanadas y sándwiches, en un salón de una universidad privada (UCES)-, llegaron Eduardo Menem, Emilio Perina hijo, Raúl Granillo Ocampo, Teresa González Fernández, Miguel Saredi, Mariano Caucino, Pascual Albanese, Humberto Roggero, Jorge Domínguez, Archibaldo Lanús, Andrés Cisneros, Jorge Hugo Herrera Vegas y una vistosa asesora de Mauricio Macri, Marcela Basterra. Nadie podría decir que estos intelectuales de la Constitución disponen de vínculos agradables con el gobierno. Se advertía en las conversaciones previas, cargadas de críticas, algunas rozando el espíritu de los programas televisivos de la tarde. Por ejemplo, ácidos comentarios sobre las penurias del exculpado en la causa de la valija de Antonini Wilson, Claudio Uberti -hombre de confianza en Olivos-, quien padeció como si fuera un político la desgracia de los escraches: a su vivienda en el club CUBA (Fátima), un grupo de jóvenes rugbiers le enchastraron el frente a huevazos, al margen de los insultos, lo que obligó a que el ex funcionario instalara cámaras y reflectores para prevenir agresiones. Otra perla del amarillismo televisivo se vinculó con el secretario Legal y Técnico de la Presidencia, Carlos Zannini, quien este fin de semana -debido a que el matrimonio Kirchner quiso resolver a solas en El Calafate sus cuitas gubernamentales- viajó a Punta del Este con su esposa y varios adolescentes, naturalmente en avión privado, con varios autos para desplazarse en el balneario. Nadie lo clasificaba a Zannini en ese veraniego territorio uruguayo -más bien, se entendía que desprecia políticamente a quienes se cruzan a esas playas-, pero hubo un bien informado que aclaró: no sé cómo piensa, me lo imagino, pero en su casa, como en la de todos, manda la mujer. Y ella suele venir a vacacionar en Punta del Este.
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Muchas bromas ideológicas al respecto, pero esos episodios personales se opacaron con pormenorizadas impresiones políticas sobre el siniestro asesinato de tres jóvenes vinculados con el negocio de los laboratorios, las farmacias y las drogas. Primero, porque al figurar una de las víctimas como dador de aportes a la campaña presidencial de Cristina de Kirchner (200 mil pesos), más de uno se interrogaba por distintas incertidumbres: si alguno de los personajes ultimados ( Sebastián Forza) había estado en quiebra, vivía casi a salto de mata, ¿cuán importante debía ser su vocación oficialista para desprenderse de fondos de los que casi no disponía y entregarlos, a su vez, al proselitismo electoral? Por no hablar de la falta de certeza -al margen de los criminales y las oscuridades de la venta de precursores para el narcotráfico- sobre negocios complementarios que parecen involucrar al Estado, ya que aparecieron nombres como el de Néstor Vázquez (un preferido de ciertos sindicatos y sus obras sociales) en la Superintendencia de Servicios de Salud que preside Héctor Cappacioli. Curioso que la denunciante ministra Graciela Ocaña, tan relacionada con el ex jefe de Gabinete Alberto Fernández, todavía no impugne (por aclaraciones en la distribución de medicamentos, uno de los flancos que se presume como motor del triple asesinato) a Vázquez o a Cappacioli, también éste ubicado en el cargo por Fernández. Hasta serviría para despejar esas brumas que se desplazaban en el cóctel previo al debate sobre el rol del vicepresidente en la Argentina. Habló Menem en principio, destacando la escasa comunión entre el jefe de Estado y su segundo a lo largo de la historia, sea por pertenecer a partidos distintos o por el equilibrio previo entre distritos (la obligatoriedad de Carlos Menem por llevarlo a Eduardo Duhalde que representaba al importante bloque de la provincia de Buenos Aires). Esa disertación, a veces interrumpida y luego comentada, tuvo recuerdos preciosos en el intercambio:
Casi todos los vice, en la Argentina, fueron abogados. Salvo, claro, Carlos Chacho Alvarez, cuya profesión se desconoce.
En toda la historia de los Estados Unidos, se registraron 244 casos en los que el vicepresidente debió desempatar en el Senado: ninguno lo hizo en contra del presidente (uno se relacionó con la capital del país, Washington, otro sobre una declaración de guerra).
Habló Lanús sobre Francia que no tiene vice, y otro sobre el mismo caso chileno que al viajar el presidente es reemplazado por su ministro del Interior.
«Yo creo -dijo Perina- que Perón nunca la quiso realmente a Eva, pues designó para repetir la fórmula a Hortensio Quijano sabiendo que éste también tenía cáncer.».
Otro dato decisivo e interesante: nunca en el país un vice llegó luego a la Casa Rosada por elecciones (salvo Perón, que fue un vice de facto). Hubo más menciones históricas, reflexiones casi todas opositoras, defensa a ultranza de Cobos, el maratonista cuyo final político se desconoce.
Quizás, por el fin de semana largo, era preferible salir de la política y avanzar, por un rato, en las sociales del Arte y la Cultura, como si se tratara de la sección de un diario. Justificado en el cumpleaños de Horacio Salas, poeta y ensayista de siete décadas, a quien acompañaron en un local de Quintana al 100 (a veces frecuentado por duhaldistas) invitados como Ernesto Schóo, Sergio Renán, Norberto Frigerio, Antonio Salonia, Albino Gómez, Atilio Stampone, Julia Constenla, Tonito Rodríguez Villar, Santiago Silvester, Guillermo Yanco, Pacho O'Donnell y Duilio Brunello, entre otros. Canapés con champán, mesa lateral con jamón -hablaban de Jabugo, hubo discusiones al respecto sobre el verdadero origen-, tarteletes de ñoquis a la crema, saladitos calientes. Por si fuera poco, crêpes de espinacas, luego escalopes de cerdo y pollo, helados y tortas; comer como si fuera la última vez. Empezó como rumor y luego fue confirmación: parte José Nunn y lo reemplaza Diana Saiegh, de la mano de Sergio Massa, a quien ya llaman «el ángel exterminador del museo de Tigre» (no se sabe si lo que allí hizo ubicar en las paredes es producto de su empeño artístico o de una colección de malos remates). Estaban en esa discusión cuando aterrizó Patricia Bullrich, como si hubiera ganado ya las elecciones y repitiendo el latiguillo de las últimas semanas: la mayoría de los K se refugia en El Calafate. Hubo baile, Cristina Mucci hablaba de Roberto Arlt como si éste le hubiera prometido pegarle un tiro si no lo hacía, O'Donnell de San Martín sin que éste se lo haya pedido y Renán prometía el regreso al cine, «de ahí es que ahora estoy viendo mucho» (como si se hubiera olvidado).
Era una lástima que Schóo no hubiera escrito este quincho, en el que se reconocía a Salas -secretario de Cultura de Carlos Grosso-, quizás como uno de los mayores expertos en Raúl González Tuñón, ese politizado escritor comunista («Camas desde un peso») a quien no se ignoró por su militancia sino por el olvido de ciertos medios, como «Clarín». Cuenta la leyenda que un día este hombre -«Niño, ¡deja ya de joder con la pelota!», que inmortalizó popularmente Serrat-, como crítico de arte, la ubicó en el sitio correspondiente de la pintura a la mujer de Ernesto Sabato, Matilde, hecho que disgustó al marido, siempre imaginativo en que tanto él como ella merecían primera fila, quien indignado llamó demócraticamente a la directiva del diario y pidió que echaran a González Tuñón. Y lo echaron. En el final, algunos se decepcionaban por el kirchnerismo en la cultura y objetaban a Magdalena Faillace, obediente funcionaria de Cristina en la Cancillería, quien montará a la Argentina en la Feria del Libro de Francfort (la más importante del mundo). Ya se advirtió en estos quinchos que, absurdamente, se consagró la devoción cultural de cuatro figuras argentinas (Eva, el Che, Gardel y Maradona) en esa muestra, lo cual resultaba un contrasentido: allí van los editores, compran y venden libros, extrañamente el país se hace representar por un cuarteto que jamás borroneó un texto (mejor no hablar de los libros del Che). Como la Presidente se quejó por esta información, reprochó a quienes participaban en la organización del evento en lugar de cambiar de objetivo. Insistió en su idea, también en la Faillace. Obvio, terminará igual que Guillermo Moreno.
Más que rescate histórico, lo que pretenden en una fundación (FURP) que envía jóvenes a los Estados Unidos para vacunarlos contra el populismo, es recuperar cierta experiencia de aquellos que, por jubilados o desactivados, todavía conservan recuerdos. Sobre todo, protagonistas presidenciales, como Fernando de la Rúa, a quien invitaron al Club del Progreso para que vierta sus penurias. Bastante presencia radical (Eduardo Angeloz, Nicolás Gallo, Basilio Pertiné, Jorge Enríquez, Gregorio de las Carreras, algún funcionario de la actual Municipalidad); 60 pesos por cabeza para una empanada, pollo como único plato y un helado. Barato, más cuando el show fue doble. Ocurrió que mientras hablaba De la Rúa -como siempre, limitado, aduciendo tener un «bozal legal» para referirse a ciertos temas, con lo cual demuestra que nada aprendió: sólo podrá zafar de ciertos temas en la medida que hable-, debido a que entre los concurrentes estaba su ex ministro Domingo Cavallo, a él también le concedieron participación. Y, como suele ocurrir con este economista cordobés, él se sintió en la obligación de hacer un discurso como si fuera el invitado principal. Las prima donnas nunca cambian.
Fue una letanía lo del ex mandatario radical: dijo que su ruina estaba planificada porque los medios le hicieron fama de lento; dijo con razón que «fui víctima de un golpe civil» (pero jamás se atreve a precisar las formas y los dirigentes que lo voltearon, inclusive de su partido), habló contra la devaluación conspirativa que derrocó su gobierno («de eso nadie escribe», lo que no es cierto, lo que es cierto es que jamás tampoco él se preocupó por ofrecer testimonios o pruebas) y, por último, tuvo palabras de encomio para Cobos. Más oportuno que nunca, apreciando y sumándose a lo que dice todo el mundo. Cavallo hizo su propia presentación, defendió su gestión y hasta el « corralito» que lo llevó al cadalso, casi saliendo del sarcófago, mientras en las mesas Gallo levantaba la voz como lo hace en un crítico programa de radio. Fue para contar una anécdota, en la semana de los cinco presidentes de la Argentina, cuando a un asado en Olivos llegó como invitado el español Felipe González y compartía mesa el entonces gobernador Néstor Kirchner. Precisó: 21 de diciembre. Antes, en el despacho presidencial ( mientras Carlos Bulgheroni y Carlos Bettini esperaban en la antesala), González no podía explicar su presencia en el país: había venido para salvar a un gobierno, pero había llegado tarde. Entonces comentó que el socialista reprochó a la clase política argentina haber contribuido a que la gente saliera a la calle; «No advierten -decían- que este fenómeno resiente el sistema democrático ya que el pueblo delibera sin representantes». Entonces, Fernando -según él- le hablaba del default que le había preparado el propio FMI ( prometió una asistencia que tardó un mes en llegar), ya que suspendió su actividad por el atentado a las Torres Gemelas. Es decir, de acuerdo con esa versión, también De la Rúa sucumbió en las explosiones de Manhattan y Washington, ya que al día siguiente de este diálogo González volvía a la Casa de Gobierno, pero allí ya lo esperaba Ramón Puerta. Una velocidad de crucero para el desastre que ni González podía entender.
Vamos a terminar con un chiste imbuido del espíritu olímpico que campea en el país por estos días. Se está disputando la final de remo, ocho con timonel. Por un milagro, la embarcación argentina logró llegar a esa instancia. A la vera del canal, un grupo se reúne para ver la carrera. Pasa el primer bote, y el grupo comienza a gritar:
-¡Remen, boludos! ¡ Inútiles!
Los remeros miran extrañados, pero siguen remando. A los pocos segundos pasa el siguiente bote, y el grupo sigue gritando:
-¡Pongan huevo, amargos de mierda; pechofríos!
Nuevamente, los remeros miran el raro espectáculo pero no se detienen. Pasa la tercera embarcación, y los gritos e insultos se reiteran:
-¡Remen, basura; para qué les pagamos el viaje, maricones! ¿Qué vinieron, a pasear en bote, boludos?
En ese momento, los nueve tripulantes se vuelven hacia la costa, y responden casi al unísono:
-¡¿Pero por qué no se van a la puta que los parió, manga de pelotudos!? ¡Hacete ver de la cabeza, débil mental! ¿Por qué no van a laburar, manga de vagos?
Y el que parece ser el líder de la barra grita:
-¡Son ésos, son ésos! ¡¡¡Ar-genti-na!!! ¡¡¡Ar-gen-ti-na!!!
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