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La hidratación imprescindible

Un baño tonificante debería reunir tres condiciones: temperatura no mayor de 35-36 grados; duración, no más de 10 minutos, y terminar con una ducha fresca. Indicados para despertar por la mañana o para estimular por la noche, los aromas tónicos y vivificantes son la menta, la lavanda, el romero, la salvia y el pino.
El baño relajante, en cambio, es perfecto para la noche, porque descansa las tensiones del día y favorece el sueño. El agua, a 37-38 grados, calma los nervios, alivia los dolores musculares y los calambres. Las esencias indicadas son el eucalipto, la camomila, el tilo, la verbena y la naranja. El tiempo máximo, 20 minutos.
Desde el punto de vista dermatológico, una piel hidratada es lisa, continua, flexible y satinada; al tacto es suave y, al pellizcarla, se nota que es firme y elástica. La piel actúa como un termorregulador pero es incapaz de defenderse de los rigores del clima: la película hidrolipídica se altera y el agua de la epidermis disminuye. Los síntomas de sequedad son visibles e inequívocos: piel áspera, rugosa, poco flexible, con tendencia a pelarse con un tono apagado. El uso diario de un hidratante debe ser un hábito ineludible desde la adolescencia; no sólo contrarrestra la sequedad, sino que restablece la película protectora que se pierde en la ducha diaria. El mejor momento es después de la ducha, cuando la piel está todavía húmeda y tibia; extendiéndolo mediante ligeros masajes ascendentes, empezando por los pies y subiendo hasta el torso. Estos movimientos facilitan la microcirculación sanguínea y favorecen la penetración de los principios activos. La elección del producto es totalmente personal y la oferta, amplia y variada: cremas, leches, aceites, lociones o algún gel.


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