14 de octubre 2003 - 00:00

La hidratación imprescindible

La hidratación imprescindible
Clave de la luminosidad, la vitalidad y la belleza, la hidratación de la piel es, además, el resultado de un equilibrio delicado. Los codos y las rodillas se vuelven rugosos y secos a causa de las bajas temperaturas del invierno y el roce de la ropa. La celulitis es un problema que padece 85% de las mujeres. El cuerpo es, la mayoría de las veces, el gran olvidado de los tratamientos cosméticos: pasa el invierno escondido sin ninguna atención; durante la primavera recibe una dedicación apresurada y en verano, se deja tostar al sol. La piel del cuerpo está menos expuesta que la de la cara, pero no por eso deja de sufrir las agresiones climáticas (rayos ultravioleta, viento, frío) y químicas (aguas calcáreas, jabones demasiado alcalinos), sin contar con los cambios de peso, los embarazos y la falta de constancia en los cuidados. El baño mejora la circulación, aumenta la transpiración y relaja los músculos. Al contacto con el agua caliente, los poros se abren y los vasos sanguíneos se dilatan; la piel se beneficia de los activos tonificantes o relajantes de los aceites esenciales, unos complejos naturales y volátiles que, al disolverse en el agua, actúan por difusión a través de la piel y por inhalación; son más beneficiosos y menos desecantes que las espumas. El efecto puede ser tónico o relajante, según la temperatura, el tiempo y el producto que se vierta en el agua. Hay que advertir que por encima de 40 grados, el baño pierde sus virtudes terapéuticas: la piel se deshidrata, los vasos sanguíneos superficiales pueden romperse e, incluso, se puede sentir malestar o mareo.
Un baño tonificante debería reunir tres condiciones: temperatura no mayor de 35-36 grados; duración, no más de 10 minutos, y terminar con una ducha fresca. Indicados para despertar por la mañana o para estimular por la noche, los aromas tónicos y vivificantes son la menta, la lavanda, el romero, la salvia y el pino.
El baño relajante, en cambio, es perfecto para la noche, porque descansa las tensiones del día y favorece el sueño. El agua, a 37-38 grados, calma los nervios, alivia los dolores musculares y los calambres. Las esencias indicadas son el eucalipto, la camomila, el tilo, la verbena y la naranja. El tiempo máximo, 20 minutos.
Desde el punto de vista dermatológico, una piel hidratada es lisa, continua, flexible y satinada; al tacto es suave y, al pellizcarla, se nota que es firme y elástica. La piel actúa como un termorregulador pero es incapaz de defenderse de los rigores del clima: la película hidrolipídica se altera y el agua de la epidermis disminuye. Los síntomas de sequedad son visibles e inequívocos: piel áspera, rugosa, poco flexible, con tendencia a pelarse con un tono apagado. El uso diario de un hidratante debe ser un hábito ineludible desde la adolescencia; no sólo contrarrestra la sequedad, sino que restablece la película protectora que se pierde en la ducha diaria. El mejor momento es después de la ducha, cuando la piel está todavía húmeda y tibia; extendiéndolo mediante ligeros masajes ascendentes, empezando por los pies y subiendo hasta el torso. Estos movimientos facilitan la microcirculación sanguínea y favorecen la penetración de los principios activos. La elección del producto es totalmente personal y la oferta, amplia y variada: cremas, leches, aceites, lociones o algún gel.

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