La Plaza Jemaa el Fna, el corazón de Marruecos. La vida de la ciudad pasa por allí. Los mercaderes y encantadores de cobras son parte del lugar. Es la entrada a la ciudad vieja,
la Medina.
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Desde ese primer piso veía la plaza poblada por los encantadores de cobras negras, los curanderos de pócimas extrañas, los aguateros, los vendedores de especias, de talismanes, de anillos y collares y hasta quienes ofrecen dentaduras. No cayó en la reflexión fácil al ver a tullidos pidiendo limosna al lado de Rolls Royce o Mercedes-Benz. Le divertía mirar a las mujeres con chador bajando la cabeza ante cada turista para evitar las fotos. El velo no es obligatorio en Marruecos: es el país más liberal del mundo árabe, pero tan religioso como el resto del magreb africano.
Jemaa el Fna está a la puerta de la Medina, como se designa a la ciudad antigua donde nació Marrakech. La Medina es un shopping rústico. En el laberinto de calles se pueden comprar alfombras hechas a mano, ver a verdaderos artistas alfareros trabajar la cerámica y, si se soportan el calor y el olor, ayudado por una ramita de hierbabuena que dan al entrar, se puede visitar los talleres donde trabajan el cuero con ácidos, tinturas y el corrosivo guano de las palomas. No faltan las farmacias de medicina bereber donde venden preparados a base de azafrán para mejorar la digestión, el vigor sexual o para descontracturarse.
El argentino pronto aprendió a sobrevivir en esas calles enredadas. Se hizo ágil para esquivar motos, bicicletas y burros. Se acostumbró a los gritos de los vecinos y los comerciantes. Lejos de molestarlo, ese folclore lo divertía. Nabib, el guía, lo llevó a la entrada de la vieja ciudad, junto a un grupo de turistas, para ver el palacio Bahía, de muy modesta fachada. Bahía en árabe significa brillante.
-Los árabes -explicaba Nabib- viven para adentro. El frente del palacio no revela nada, todo está en su interior.
Los turistas comprendieron lo que les quería decir al ver los techos de las galerías pintados al estilo bereber con colores tomados de flores y minerales molidos, las maderas talladas, la yesería esculpida con clara de huevo, las mayólicas artesanales, los azulejos con mosaico y el aljibe en el patio moro, el sitio más fresco del palacio de una sola planta construida a finales del siglo XIX.
La vivienda musulmana está dividida en dos: el «selamnik», donde sólo pueden estar los hombres, y el «harenik», donde las mujeres pasan su vida como si fuera un monasterio, explicó el guía. Al instante, el argentino quedó atrapado por el misterio de los harenes.
-Cada musulmán puede tener hasta cuatro esposas -le contó.
-Entonces, si me hago musulmán, me puedo casar con una que lave, planche y cocine, y tres bellezas que me deleiten -dijo el viajero.
-No -lo desalentó Nabib-. Las mujeres se turnan. Cada día una de ellas gobierna la casa, cocina, lava, limpia y es la que va a la cama esa noche con el marido.
El guía hizo una pausa, jugó con el misterio y antes de que el argentino se desilusione por esa limitación, le dijo:
-Pero están las concubinas.
-¡¿Cómo?!
-El hombre puede tener hasta dos concubinas aparte de sus cuatro esposas. Las concubinas cada dos años tienen que renovar su estadía y necesitan la aprobación de las cuatro esposas. Nadie sabe de alguna esposa que se haya opuesto a la voluntad del marido -acotó el marroquí.
Mientras conversaban el argentino y el guía, el grupo caminaba hasta el dormitorio de las concubinas, separado del de las esposas, dentro del «harenik».
-Pueden acostarse con ellas a la hora de la siesta.
El turista, fascinado, trataba de imaginar ese mundo de amantes por la tarde y esposa por la noche.
-La concubina debe ser la más humilde de todas. Nunca va a la cama vestida, debe dejar caer su camisón y entrar al lecho por la parte opuesta a las almohadas, es decir, por los pies, hasta llegar al hombre.
-Un buen recorrido -pensó en voz alta el argentino, imaginando el sinuoso reptar bajo las sábanas a la hora de la siesta.
Nabib le aclaró que el harén abarca a todas las mujeres que viven en la casa, incluida la madre, el ser más poderoso del hogar, y las hermanas del hombre.
El relato le hizo olvidar al turista el enojo del día anterior, cuando el guía llevó al grupo a «Chez Alí». Había prometido una experiencia única en un campamento bereber, la tribu más heroica en la guerra por la independencia en la década del '50. En «Chez Alí» hay encantadores de serpientes, beduinos, odaliscas, músicos, pero artificial, muy armado para turistas. La comida que relató Nabib para vender el tour a 50 euros por persona poco tenía que ver con lo que servían. La sopa harira, tradicional del Ramadán, resultó intomable. La tagine de cordero en salsa de almendras y ciruelas era grasosa y de mala calidad. El cus cus de maíz molido fue una polenta mal preparada y el vino sabía a caldo.
De la carpa donde comieron partieron a las gradas que rodean una enorme pista de arena. El show comenzó con «la marcha de la pólvora». Seis jinetes lanzados a velocidad frenaron sus caballos y disparan sus mosquetes. La primera vez sobresaltan, a la quinta, aburren. Lo mejor estuvo a cargo de cuatro jinetes bereber que hacían la vertical sobre sus caballos, los saltaban por encima de la montura y hacían al galope figuras acrobáticas. No faltó una burda alfombra voladora, colgada de una grúa que la oscuridad no consiguió disimular.
Pero el enojo por «Chez Alí» y el tiempo perdido en la Medina en una farmacia de inocua medicina, donde Nabib tenía comisión, se estaban borrando con el relato.
-Las mujeres cuando están en el harén -explicaba- bailan, porque es una forma de acercarse a Dios.
El argentino se enteró de que en la danza del vientre, las mujeres llegan al éxtasis al girar: es una forma de liberarse y sacar de adentro lo mejor. «Quien conoce la virtud de la danza vive en Alá», recitó Nabib.
Después, el guía explicó el secreto de la danza de los siete velos. El velo es castidad, pureza. Los primeros velos simbolizan los cuatro elementos: fuego, aire, agua y tierra. Los otros tres son parte del ser: el cuerpo, el alma y el espíritu. Ellas se despojan lentamente de cada uno para entregarse a su hombre. El argentino pensó: «Cuánta pasión puede estallar después del último velo».
La conversación marcó al viajero en su tour por Marruecos. Consiguió reemplazar las fantasías que había perdido en Casablanca. La ciudad portuaria de 3 millones de habitantes poco tenía que ver con la que armó Hollywood en sus estudios para que tomara vida el amor entre Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.
La ciudad gris, antigua y descuidada sólo tiene un punto de interés: la mezquita de Hasan II que costó 600 millones de dólares y puede albergar a 25 mil musulmanes adentro y otros 80 mil en la explanada.
La religión domina la vida de los marroquíes. Una vez al año celebran el Ramadán. En esos 28 días, desde que despiertan hasta las 6 de la tarde, no pueden comer, beber alcohol, fumar y hay abstinencia total: no sólo no pueden tener sexo en ese horario, sino que no pueden mirar con deseo. Sus cuatro rezos diarios duran 10 minutos cada uno.
Siempre hay un minarete, especie de torre, que indica dónde está La Meca y desde donde el almuédano llama a orar. Hay una especie de impuesto religioso, la zaka o limosna, que es 4 por ciento de los ingresos que hay que dar a los más pobres. Fascinado el argentino con esta cultura, volvió a la Jemaa el Fna a la noche, acompañado de Nabib, que quería reivindicarse. La plaza estaba habitada por una farándula centenaria. Había relatores de cuentos que parecían actores. Contaban las historias con movimientos corporales que hacían que no importara el idioma. Pasaban de la alegría, al suspenso o al drama, en segundos. Lo gestual captaba la atención del argentino. Más allá, estaban los músicos diseminados por toda la plaza, tocaban melodías tradicionales con laúdes, violines, kemnayas, flautines y tambores. Después se lució Nabib: lo llevó a Al Fassia, un restorán regenteado por una cooperativa de mujeres, donde hay que reservar con dos meses de anticipación si es un fin de semana.
El cordero con especias y almendras era un néctar, igual que el cus cus con siete legumbres y las exquisiteces en pequeños platos que lo acompañaban.
Al final llegó el té de menta. El adiestrado camarero elevó la tetera de plata y desde lo alto dejó caer el agua sobre las ramas con hojas de peppermint. El sabor intenso alivió tanta comida. -Ahora viene lo mejor -adelantó Nabib.
Aparecieron los músicos, bajaron las luces y emergió en el escenario una odalisca de ojos muy negros, para nada anoréxica, por el contrario, con algunos kilos visibles como les gusta a los árabes. El argentino se concentró y con sus pensamientos ya sin límites a esa altura de la velada asoció a la bailarina con el Viognier, el vino blanco francés, bien frío, que estaba tomando por sugerencia del sommelier. «Es para una noche caliente, es perfumado, tiene sabor a acacias y violetas, y mucho cuerpo», le había dicho. Cuando llegó la danza de los siete velos, giró la cabeza, miró a Nabib y le dijo en voz baja: «Qué fácil es escribir aquí los cuentos de 'Las Mil y Una Noches'».
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