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Una guerra de facciones en el clan Bolsonaro dirime la posible salida de Brasil del Mercosur

"Nos preparamos para lo peor" en la relación con Alberto Fernández, volvió a disparar. Sus hijos y los jefes de su diplomacia alientan ese choque, la ruptura del bloque y el libre comercio con EE.UU. El ala militar, en cambio, aliada a la industria, busca sostenerlo.

La consagración de Alberto Fernández como presidente electo desató una guerrilla discursiva cotidiana del presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, quien este martes volvió a referirse al futuro de la relación al afirmar que se prepara “para lo peor”. La ofensiva, alimentada por el círculo más íntimo de su entorno, compuesto entre otros por sus propios hijos, busca poner al peronista ante un dilema: o acepta un Mercosur a la medida de Brasil o Brasil rompe con el Mercosur.

La decisión sobre una posible salida del bloque del país vecino aún no está tomada y es objeto de una lucha encarnizada entre las facciones que componen el complejo mosaico del bolsonarismo, según supo Ámbito. La que la empuja la primera y más poderosa de ellas, el “ala ideológica”, inspirada por el ensayista de ultraderecha Olavo de Carvalho e integrada por los hijos del mandatario, Eduardo (diputado) y Flávio (senador), además del canciller Ernesto Araújo y de quien muchos consideran como el verdadero arquitecto de la política exterior brasileña: el asesor especial de la Presidencia para Asuntos Internacionales Filipe Martins.

La segunda facción, funcional a la anterior en este tema, es la ultraliberal, que responde al ministro de Economía Paulo Guedes, quien fue el primero en amenazar, cuatro días después del triunfo de Fernández en las PASO, con que Brasil podría dar ese paso.

La tercera, en cambio, la militar, se opone. El dato no es menor dada su importancia: sus miembros son nada menos que el vicepresidente, Hamilton Mourão, ocho ministros en un gabinete de 22 y unos 2.500 hombres distribuidos en cargos y asesorías de menor jerarquía.

Si Guedes expresa en el gobierno al mercado financiero, los militares representan a amplios sectores industriales en la defensa de un Mercosur que quieren mejorar y hasta liberalizar gradualmente pero no destruir. Para estos, nucleados en de la Confederación Nacional de la Industria (CNI), el bloque representa un mercado que en 2018 absorbió exportaciones brasileñas por 16.700 millones de dólares y la Argentina, más de 12.000 millones. Así, nuestro país da cuenta todavía del 5% de las ventas externas de Brasil, con especial énfasis en bienes industriales, y aún es, pese a la caída de los últimos años del comercio bilateral, el tercer socio comercial de Brasil, solo detrás de China y Estados Unidos.

Los militares del bolsonarismo añaden otro elemento: el Mercosur es mucho más que un acuerdo comercial, es una garantía de estabilidad en la región. De hecho, todavía lamentan que el abandono, por razones ideológicas, de la Unasur haya barrido con el Consejo de Defensa de la misma, al que consideraban la mejor instancia de coordinación militar jamás alcanzada en la Sudamérica.

El “ala ideológica” u olavista, admiradora de Donald Trump y que se define como “soberanista” y “antiglobalista”, es la que se deslumbra con la idea de una alianza privilegiada con Estados Unidos. El acuerdo de entre el Mercosur y la Unión Europea provocó molestia en la Casa Blanca por lo que siente como una intromisión en su patio trasero. Así, el secretario de Comercio norteamericano, Wilbur Ross, dejó a fines de julio un mensaje claro en Brasil: “En ese pacto no debe haber nada que contradiga un tratado de libre comercio con Estados Unidos”.

La posibilidad de que el gigante del Norte represente para Brasil una alternativa a un Mercosur decadente y proteccionista atrae a los olavistas y al sector más concentrado de la industria brasileña: el de San Pablo. Sin embargo, para los empresarios de otros estados y de sectores menos competitivos implicaría una condena.

“La industria ha apoyado activa y públicamente la apertura comercial desde 2012. Estamos a favor de la apertura, pero con diálogo y transparencia. Ni la industria ni el Congreso pueden quedarse fuera de ese debate dado su enorme impacto sobre los estados y los municipios industriales”, le dijo a Ámbito el presidente de la CNI, Robson Braga de Andrade, quien debe hacer equilibrio entre los intereses de las federaciones de los 27 estados del país.

Bolsonaro, mientras, presta oídos a sus hijos y a Martins y se entrega a una cruzada cotidiana contra la Argentina.

El último miércoles 23, cuando la victoria de Fernández era solo cuestión de días, amenazó con suspender a la Argentina del Mercosur si el futuro gobierno se opone a reducir el Arancel Externo Común (AEC) a la mitad. Al día siguiente de las elecciones, dijo desde Medio Oriente que no saludaría a Fernández y juzgó a los argentinos por haber “elegido mal”. Este martes, según publicó O Estado de São Paulo, le atribuyó al peronista la pretensión de aplicar una receta económica “en parte ya adoptada por Brasil en el pasado”, hecha de precios congelados y aumentos de salarios, y que “no tiene cómo tener éxito”.

“No pensamos en romper con la Argentina, pero esperamos que el otro lado continúe con las mismas prácticas de (Mauricio) Macri: apertura, libertad económica, respeto a las cláusulas democráticas del Mercosur”, es decir la tirria máxima con Venezuela, dijo. “Pero nos preparamos para lo peor”, cerró tras reclamar lo que sabe imposible.

Los dardos llegan en forma de tuits y declaraciones de prensa, sin que por el momento se haya podido entablar un diálogo de alto nivel entre emisarios de Bolsonaro y Fernández. Sin embargo, más allá de la falta de interlocutores, es que los intereses de ambos son contradictorios. Para el argentino, la reducción radical del AEC y la negociación y aplicación de acuerdos comerciales a diferentes velocidades chocan de frente con su plan de recuperar la industria y suponen una destrucción de hecho del Mercosur.

Además, no tiene planes de dar marcha atrás con una de las posturas que más irrita al brasileño: su prédica de que Luiz Inácio Lula da Silva está injustamente encarcelado. Si la visita que le realizó a este en julio en la cárcel de Curitiba ya había caído mal en el palacio del Planalto, la selfie grupal que se sacó el domingo de elecciones, en la que dibujó una L con su pulgar y su índice para tuitear otro pronunciamiento por #LulaLivre, directamente fue sentida como una afrenta.

Brasil y Argentina se juegan demasiado como para que diferencias personales se sumen al peligro latente de una ruptura.

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