En la emblemática estación de trenes de Lyon se encuentra el restaurante “Le Train Blue”, que ofrece un maridaje perfecto entre la gastronomía francesa y la historia misma de París. Lo primero que impacta es el edificio de la terminal de trenes que está coronado por la torre del reloj de 67 metros, que puede verse desde sus cuatro caras y permite abstraerse por un segundo del celular y consultar la hora parisina a la vieja usanza. Puesta en funcionamiento en 1849, la estación sufrió varias remodelaciones hasta que en 1900, con motivo de la Exposición Universal de París, su fachada quedó más o menos como la actual, lo que le valió al edificio ser declarado como Monumento Histórico.
Le Train Blue, un viaje a la Belle Époque
Ubicado en la estación de Lyon, el restaurante de París es uno de los edificios mejor conservados de aquellos años. Una mezcla perfecta entre historia y la mejor gastronomía parisina.

La de Lyon es una de las seis grandes estaciones de ferrocarriles que posee París, y la tercera más transitada de Francia, con un promedio de 83 millones de pasajeros al año. A pocas cuadras, se puede llegar caminado a la Plaza de la Bastilla, homenaje de la ciudad a la revolución que marcó el inicio del fin de la monarquía y el nacimiento de la República.
Viaje al pasado
Proyectado por el arquitecto Marius Toudoire como un palacio, la estación de Lyon resguarda en el primer piso al restaurate “Le Train Blue” -inaugurado en 1901-, que constituye un verdadero viaje en el tiempo. Sus salones son el símbolo vivo de la Belle Époque, de hecho varias de sus salas forman parte de los Monumentos Históricos de Francia, ya que es uno de los locales mejor conservados de aquellos años.
Indudablemente, lo primero que salta a la vista son las 40 pinturas de los techos y paredes que reviven los paisajes de los 40 destinos con los que conectaban los trenes que partían de la estación. Así es posible recorrer Marsella, Mónaco, Orange o Grenoble, de la mano de numerosos pintores que dejaron su impronta. Tan imponente resultan las pinturas que quien ingresa, antes de dirigirse a su mesa deberá tomarse el tiempo para admirar cada uno de los paisajes del 1900, inmortalizados en las pinturas.
Pero claro que no todo se agota en las pinturas, el salón exuda una época a través de su mobiliario, las lámparas, candelabros, frisos, esculturas, y un color oro que se expande a lo largo de toda la decoración, dándole al visitante la sensación de estar comiendo en un palacio.
Servicio superador
Para completar el viaje en el tiempo, la atención de los mozos resulta encomiable pues combina amabilidad y cercanía en el punto justo para satisfacer al comensal sin caer en la intromisión.
La carta del menú propone un buen número de opciones de la típica comida francesa, con un perfecto equilibrio entre precio, calidad y sabor. Para la entrada, una buena opción es el paté de caza y foie gras de pato, acompañado con unas cebollas caramelizadas. Quizás se prefiera ravioles a la romana con langostinos asados, o bien un salmón escocés ahumado, por mencionar sólo algunas de las entradas disponibles.
Se puede continuar con suprema de pollo cocinada al vino con espárragos, champiñones y cebollitas salteadas a la plancha. O bien se puede optar por un bife de ternera a la cacerola. También es posible elegir una variedad de platos donde el protagonista es el pescado. Las opciones del menú, pueden ser acompañadas por una buena variedad de vinos franceses tintos, blancos o rosados.
Para el final una fina elección de postres resulta sumamente tentadora. Imperdible el crème brûlée, con el caramelo crujiente y el aroma a vainilla que acompaña nuestro viaje por la Belle Époque. En este paso, son también recomendables los profiteroles con helado de vainilla y salsa de chocolate.
Si se eligió la cena para ir a Le Train Blue, la noche mágica se completa cuando uno de los mozos con atuendo de guarda de tren de principios del siglo XX, entona “La Vie en Rose”, la canción que nos recuerda a Edith Piaf, todo un símbolo de la historia viva de París.




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