22 de octubre 2007 - 00:00

El fracaso de la ''subsidiología''

Nuestras ilusiones nos han llevado a creer que se puede fundar un país capitalista destruyendo cada una de las bases del sistema capitalista. Este pensamiento desquiciado ha originado a lo largo de la historia distintos artificios que pretenden evitar el trabajo y el sacrificio que representa establecer y desarrollar las bases del capitalismo. Así, hemos transitado por diferentes inventos de taumaturgos que han generado distintas supercherías: la inflación cero de Gelbard, la tablita de Ricardo Arriazu, el Plan Austral, la Convertibilidad. Cada uno de estos «grandes inventos» implicaba sustituir el respeto en las instituciones políticas y jurídicas del capitalismopor una magia en el tipo de cambio o en el valor de la moneda que generaría el crecimiento económico sin dolor y sin sacrificio.

Lamentablemente, como era de esperar, cada uno de estos inventos terminó con su respectivo «rodrigazo», una crisis económica que acrecentó la pobreza y atrasó aún más a nuestro país. El último « rodrigazo» tuvo lugar en 2001, año en el cual explotó el cepo de la convertibilidad llevándonos al estado de disolución social y pobreza en que nos encontramos el día de hoy.

Los argentinos, frente a esta situación, en lugar de fortalecer las instituciones republicanas que son base del capitalismo, inventamos una nueva superchería para sustituir el trabajo con magia: el superdólar («tipo de cambio competitivo»). Ha sucedido lo previsible, es decir, para mantener el superdólar se ha emitido moneda sin freno. Pese a los esfuerzos del Banco Central para esterilizar la moneda a través de Letras a corto plazo, la inflación comienza a ser realmente alta, generando a su vez una espiral de expectativas inflacionarias. Se siente con fuerza la presión de los actores sociales, sindicatos, piqueteros, agrupaciones con o sin legitimación. Ha nacido una nueva ciencia, la « subsidiología», cuyos expertos tratan de determinar el valor resultante de los cientos de subsidios cruzados que exhibe nuestra economía, sabiendo que todos esos subsidios deberán aumentar.

La falta de un marco institucional respetable y la permanente arbitrariedad del Estado han ahuyentado todo tipo de inversiones, en especial las de largo plazo, como energía y transportes, que ya están dando señales de fatiga y de crisis. Se cierne la tempestad.

El futuro próximo augura más inflación, más subsidios, tasas de interés más altas, más presión salarial, más puja de los actores sociales y económicos para mantener el ingreso, más pobreza, más atraso. No importa que el precio de los commodities exportables aumente: la voracidad del gasto público es infinita y consumirá estos recursos y muchos más. Frente a este panorama desolador, el gobierno cree en una concertación. En nuestro país, una concertación es un Pacto Social en el cual todas las partes mienten: los sindicatos se comprometen a no aumentar los salarios; los empresarios, a no aumentar los precios. Todos saben que esto solamente podría funcionar si el gobierno no emitiera más moneda. Pero esto es imposible, porque la emisión de moneda se requiere para mantener el superdólar que, entre otras cosas, financia el gasto público por medio de las retenciones. El gobierno no tiene alternativas porque sin las retenciones cae de inmediato en déficit fiscal y debe emitir para cubrirlo. De este modo, la concertación se desbarata porque la emisión de moneda genera inflación y se reinicia de inmediato la puja por el ingreso y la carrera entre precios y salarios.

La concertación durará menos que un suspiro y se desbaratará a los pocos meses, como siempre, por la responsabilidad del gobierno. Carlos María Gelly y Obes, querido profesor de Historia, enseñaba que las revoluciones que producen profundos cambios son aquellas que restauran los antiguos principios fundacionales. Nuestro país necesita una revolución civil que restaure la vida, la libertad y la propiedad de sus habitantes como valores supremos de la vida, como únicos emblemas.

Esta revolución debe generarse en la mente de cada uno de los argentinos y en especial de su clase dirigente. Somos nosotros los responsables del fracaso, los responsables de haber embarcado a la sociedad en tantas tonterías inútiles durante los últimos cuarenta años. La Argentina tiene una oportunidad más (otra más). Esta oportunidad no son los commodities altos, sino la posibilidad de una profunda reflexión cuando sobrevenga el fracaso. Debemos prepararnos para este nuevo «rodrigazo» que será una nueva oportunidad para fundar una república.

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