Más de 6.000 billones de dólares en subsidios
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Negocian préstamo para cubrir vencimientos, interna opaca festejo por YPF, pero mejora el clima para el segundo trimestre
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Mientras el consumo no repunta, la morosidad y el contrabando complican más a las empresas
Es necesario encontrar la solución justa a nuestros problemas, que no se arreglarán sólo con nuevos préstamos. La propuesta de Enrique Crotto contiene una verdad indiscutible. Sólo podremos pagar con producción y trabajo.
• Esperanza
El actual titular del Fondo Monetario Internacional, Horst Köhler, representa una real esperanza para la Argentina, pues cuando asumió la presidencia del organismo manifestó que el Fondo necesita un cambio de perfil concentrándose en los problemas macroeconómicos.
Una de las funciones del Fondo Monetario Internacional, que asiste a los países más pobres, es obtener iguales condiciones a todos los productores del mundo.
Los cambios que alteraron esa ecuación produjeron desigualdades tan evidentes que afectaron la producción de algunos países en beneficio de otros.
Hace más de un año que Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas, sumó su voz a los que piden que se eliminen los subsidios agrícolas.
Para la Argentina, las barreras a los productos agrícolas se convirtieron en un lastre para su economía, que nuestros dirigentes políticos no supieron superar, a pesar de las advertencias de Arturo Frondizi a principios de la década del '60.
Nadie valoró cuál sería la situación de nuestro país si no hubiésemos perdido por esa política tantos miles de millones en exportaciones.
La conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo que sesionó en Bangkok señaló la necesidad de dar mejor acceso a los productos agrícolas de los países subdesarrollados.
La agresiva política de subsidios a los productos agroindustriales impuesta por los países del Primer Mundo para consolidar sus economías produjeron un enorme desequilibrio en el comercio internacional de nuestro país, que recurrió al endeudamiento para reemplazar las exportaciones agrícolas que éramos capaces de realizar e incapaces de defender.
La guerra de subsidios desnaturalizó el comercio mundial, al extremo de que hoy lideran la manufactura de productos terminados países que no poseen su materia prima.
En los últimos 30 años, la Comunidad Europea otorgó subsidios a los productores primarios por más de seis mil billones de dólares. Estas prácticas se mantienen a pesar de las promesas de modificarlas.
El año pasado, el Congreso de la Nación constituyó una comisión bicameral que convocó a audiencias públicas para escuchar opiniones respecto de temas relacionados con el llamado año jubilar por la Iglesia Católica. La última audiencia se refirió a la deuda externa, donde la mayor parte de los oradores sostuvo la idea de su rechazo.
Las consecuencias del no pago son dramáticas; el que pide dinero debe devolverlo. Esta idea debe estar fuera de toda discusión, como cualquier argumento que tienda a justificar el no pago de la deuda.
No obstante, es deber de nuestros gobernantes obtener las mejores condiciones o al menos las mismas que otros gobiernos otorgan a sus productores.
No haberlo hecho en el pasado nos llevó al endeudamiento que hoy nos aflige y nos agobia.
Concretamente, mientras se mantengan los subsidios en los países desarrollados, debemos reclamar que el Fondo Monetario destine partidas para compensar ese desequilibrio.
Contrariamente a lo que se piensa, la menor cuota de responsabilidad recae sobre los países que tomaron fondos por no poder aumentar sus exportaciones agrícolas a causa de la aplicación de subsidios en el Mercado Común Europeo y los Estados Unidos.
Tienen mayor responsabilidad aquellos países que provocaron con sus políticas una tremenda desigualdad en los mercados.
Este análisis complica a los organismos internacionales de crédito y fomento que enfocaron el problema sobre los países deudores imponiendo recetas correctivas y recesivas que, lejos de solucionar los problemas, ahondaron el mal.
Ultimamente se escuchan voces en esas organizaciones que alertan a algunos y dan esperanzas a otros.
Los tiempos se acortan y ya no es posible demorar una solución que posibilite una vida digna.
Los 15 países que integran el Grupo Cairns están abocados a reducir el proteccionismo agrícola y suprimir las prácticas de subsidios al agro. Esos objetivos de máxima no contemplan soluciones inmediatas para los países que, fuertemente endeudados, se encuentran imposibilitados de eliminar el déficit fiscal.
• Incremento
A pesar de que el ex secretario de Agricultura de los Estados Unidos Dan Glickman prometió hace ya tres años que su país acompañará los empeños del Grupo Cairns para eliminar los subsidios a las exportaciones agrícolas y dar transparencia al comercio internacional, esos subsidios se incrementaron.
Nuestro país, alineado con la economía mundial generalizada, forma parte del territorio americano para muchos artículos y productos que se comercializan libremente en beneficio de sus industrias.
Nuestros productos, que nos dieron el nombre de granero del mundo en las épocas de oro, no producen riqueza por culpa de los subsidios que tanto los Estados Unidos como la Comunidad Económica Europea establecieron. La carne, el azúcar, las frutas, los cereales, los oleaginosos y aun el vino sufren una competencia desleal que nos descoloca en el comercio internacional, a pesar de que recurren a nosotros para vendernos libre de recargos y sin retenciones películas, satélites y patentes, entre otras cosas.
Nuestros agricultores merecen el mismo tratamiento que un productor agropecuario americano o europeo.
Hasta tanto la Comunidad Europea y los Estados Unidos no cambien su política agropecuaria y no reduzcan a cero los subsidios que otorgan, es razonable, justo y equitativo obtener los mismos subsidios, aunque estén destinados al pago de nuestra deuda externa.
Encontrar la manera de transferir al productor agropecuario los mismos beneficios produciría un rápido crecimiento de los productos de la tierra y un aumento sustancial de nuestra capacidad exportadora.
Esta propuesta daría como resultado el pago de la deuda externa con mayor producción, lo que movilizaría sensiblemente nuestra economía y nos sacaría rápidamente de la angustiosa recesión que vivimos, para colocarnos en una nueva etapa de riqueza y expansión.




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