- ámbito
- Edición Impresa
Adiós a Pierre Boulez, un gigante de la música
Pierre Boulez, genio musical de la segunda mitad del siglo XX, dirigía siempre sin batuta. Visitó por última vez el Colón en 1996.
El maestro francés se presentó sólo dos veces en el Teatro Colón: la primera en 1954, cuando dirigió "Le livre de Christophe Colomb" de Darius Milhaud sobre el poema de Paul Claudel, con la actuación de la compañía de Madeleine Renaud y Jean-Luis Barrault, y la segunda ya de consagrado, en octubre de 1996, invitado por el Mozarteum Argentino. Dio entonces una master-class y dirigió dos conciertos con el Ensemble Intercontemporain, con obras propias y de Edgar Varèse, Igor Stravinsky, Oliver Messiaen y Harrison Birtwistle.
Boulez, tan amante de la poesía y la pintura como de la música, murió en Baden-Baden, Alemania, donde vivía desde que abandonó Francia, país en el que se negaba a trabajar por sus habituales enfrentamientos contra lo que consideraba "el conservadurismo musical". Barenboim también lo calificó de "formidable colega, espíritu creativo profundamente admirable y amigo cercano". En declaraciones realizadas en marzo de 2015 a la radio France Musique, Barenboim había dicho preferir las "obras más tardías" de Boulez y ver en las primeras "diferentes etapas de búsqueda de un nuevo lenguaje". "No es una música fácil", agregó.
El trabajo de Boulez sobre las relaciones entre la creación y la interpretación lo convirtieron en una figura clave del mundo musical, cultural e intelectual. Sus opiniones tajantes (como "hay que quemar las salas de ópera") propiciaron su fama de dogmático, "boutades" que relativizaba el presidente de la Filarmonía de París (un proyecto lanzado por Boulez el año pasado), Laurent Bayle.
Teórico y pedagogo, Boulez siempre quiso que la nueva música estuviera representada en los programas de las salas de conciertos e impulsó la creación musical de vanguardia.
Nacido el 26 de marzo de 1925 en Montbrison, centro de Francia, recibió en el Conservatorio de París las enseñanzas de Olivier Messiaen, cuya influencia se evidencia en sus composiciones más tempranas. De esa época datan sus primeras obras, "Le visage nuptial" (1946-1950) y "Le soleil des eaux" (1947) para voz femenina y orquesta, seguidas por las que se consideran sus obras maestras, "Le marteau sans maitre", cantata en tres ciclos y 9 secciones (1955) y "Pli selon pli" para soprano y orquesta (1957/62). En "Répons" (1981-1988), jugó con las posibilidades electrónicas para transformar el sonido.
Tras descubrir la técnica dodecafónica con René Leibowitz, Boulez, muy aficionado a las matemáticas, se impuso rápidamente como una de las principales figuras de la vanguardia musical junto a sus contemporáneos Karlheinz Stockhausen, Luciano Berio, György Ligeti y Luigi Nono. A partir de 1955 organizó en París los conciertos del Domaine Musical, en los que dio a conocer las principales partituras contemporáneas, privilegiando la obra de jóvenes compositores pero sin dejar de rendir debidos homenajes a los autores del pasado, desde Richard Wagner y Claude Debussy a Stravinsky y sobre todo a Messiaen.
Pero la actividad que más lo condujo a la atención del público fue la de director de orquesta, distinguiéndose por haber dirigido en 1963, a más de 40 años de su composición, el estreno en Francia de la ópera "Wozzeck" de Alban Berg, seguido en 1966 por la ejecución de "Parsifal" en el mismo templo de la música wagneriana, el Festival de Bayreuth. También condujo la primera versión integral de "Lulu", de Alban Berg, en la ópera Garnier de París (1979).
Pero fue su interpretación de la Tetralogía del "Anillo de los Nibelungos" en 1976, en Bayreuth, donde impuso
como regisseur, contra viento y marea, al más escandaloso hombre de teatro de su tiempo, Patrice Chéreau, que lo reveló al
público mundial, gracias a la transmisión en vivo y en directo por televisión. En esta interpretación en la que Boulez demostró toda su sapiencia de director de orquesta que, si bien con un repertorio limitado que no iba más atrás en el tiempo del tardo romanticismo, sabía arrancar a cada partitura de Debussy y Ravel a Schoenberg y Varèse, pasando por Bartok, Stravinsky,
Elliott Carter, Luciano Berio y Bruno Maderna, todos los matices de una música, a veces áspera y exigente pero que bajo
su mano (nunca utilizó una batuta) adquirían claridad y seducción inéditas. Algunas de sus grabaciones de ópera, como "Pélleas et Mélisande", de Claude Debussy, son hoy canónicas, al igual que sus registros sinfónicos, como el "Concierto para orquesta" de Bartok con la Sinfónica de Chicago.
En los últimos años, Boulez se había dedicado a revisar minuciosamente su propia obra con un método que él definía "a espiral", hurgando en la serie de evocaciones que escondían sus partituras y que con el tiempo iba descubriendo. Por su actividad, recibió las más altas condecoraciones concedidas en Europa, desde la de Caballero de Artes y Letras de Francia, la Medalla de Ciencias y Artes de Austria, la Cruz al Mérito y el de la Orden al Mérito de Alemania, la Gran Cruz del Orden de Santiago de la Espada de Portugal, el León de Oro a la Carrera de la Bienal de Música de Venecia en 2012 y el Glenn Gould Prize de Canadá en 2002.
Se había radicado en Baden-Baden a principios de los años 1960 y no volvió a París hasta 1974, cuando el entonces presidente Georges Pompidou le pidió crear un instituto de investigación musical (Ircam) y el Ensemble Intercontemporain, la orquesta especializada en música del siglo XX con la que se presentó en el Teatro Colón. Boulez también impulsó la creación de la Ciudad de la Música de París (inaugurada en 1995) y de la Filarmonía de París, una sala abierta hace apenas un año pero ya sin su presencia, porque ya estaba enfermo y se había afincado, definitivamente, en Baden-Baden, ciudad famosa por el canto de sus pájaros en el que, al igual que su maestro Messiaen, encontraba las formas más puras de la música.


Dejá tu comentario