27 de marzo 2012 - 00:00

Aylin Prandi: “En el cine, es mejor cuando todo fluye”

Aylin Prandi, hija de una argentina y un italiano, vive en París y ha actuado ya en una decena de películas.
Aylin Prandi, hija de una argentina y un italiano, vive en París y ha actuado ya en una decena de películas.
Tiene nombre mapuche, equiparable en fonética y sentido al irlandés Eileen. Parece «la morocha argentina, la que no tiene pesares, y alegre pasa la vida con sus cantares», sólo que no es morocha. Pero es rápida, descontracturada y bien porteña. Enérgica, laboriosa y de buen apetito como una romana. Y con una fineza natural, un charme, propio de las mejores francesas. ¿Qué es este crisol de razas? Es Aylin Prandi, hija parisiense de romano y porteña. Actriz, cantante, compositora y periodista, está en Buenos Aires para asistir al estreno de «La sal de la vida» («Gianni e le donne»), donde actúa. Dialogamos con ella:

Periodista: Perdón, ¿de dónde salió tan linda y parisiense?

Aylin Prandi: Soy hija de Lilian Rinar, actriz, mannequin y periodista televisiva que trabajó con Héctor Vidal Rivas trayendo modistos franceses a la TV local y llevando diseñadores locales a las galerías Lafayette. En una de esas temporadas conoció a un italiano en Paris, se casaron y nací yo. Pero no salí actriz por ella.

P.: ¿Ah, no?

A.P.: Mamá me llevaba a los canales, yo era muy chica y me aburría. Pero en casa la abuela y mis tías me vestían, me maquillaban, me hacían actuar, me pedían autógrafos, ¡y yo me la creía! ¡creía que la vida era así! Un dia fue terrible, estaba preparándome para un número, empezó a salir humo del garage, todas corrieron a buscarme ¡y les cerré la puerta! ¡pensé que querían espiarme antes del show! También participaba en actos escolares.

P.: Luego estudió formalmente.

A.P.: Sí, pero nunca fui disciplinada. Mamá insistía, yo rendía, ingresaba al Conservatoire National, y me echaban porque no podía llegar a horario. Es que desde los 16 años bailaba todas las noches para ganarme la vida. Igual estudié y llegué a integrar el Theatre National de Chaillot, donde no entra cualquiera. Pero mi mejor escuela fue «Le train», un programa de Canal Plus muy particular. Los guionistas leían las noticias, escribían sobre ellas para unos personajes variados que viajaban en el tren suburbano, el elenco llegaba, discutían, se grababa y se emitía a las 20.45, justo antes del noticiero. Yo hacía de joven extranjera becada, siempre metida en asociaciones estudiantiles. Me tomaron porque el productor era marido de una argentina, pero debía trabajar duro, trabajábamos mucho las réplicas, Canal Plus hace las cosas bien. Después vino la serie «Femmes de loi», donde ascendí a teniente de policía, y también ascendí en popularidad.

P.: Y después el cine.

A.P.: «Délice Paloma», ese papel me marcó. Fui con todas las expectativas para hacer de franco-argelina bien del interior (Paloma/Rachida) y me encontré en una tierra dura con un director que no me daba indicaciones. Por suerte un maestro ruso me había aconsejado «si no te llevás bien con el director, agarrate del director de fotografía». Este era Jean-Claude Larrieu, el de las películas de Isabel Coixet. ¡Y fue la primera vez que me vi tan linda en pantalla! A esa altura tenía un buen contrato con TV1, pero me fui a filmar dramas y comedias en Italia: «No problem», donde hago de madre viuda, «Il prossimo tuo» («Tu prójimo») y otras, hasta «Amaro amore», un papel complicadísimo para mí, ahí entendí al fin lo que es el trabajo de actor, ese sentirse en medio de la nada, que ya no te pertenecés, que te tomó el personaje, y pensás mucho quién sos, para hacer ese personaje. La actuación es el sicoanálisis de los pobres, me dijo uno. Hasta que, estando en Roma, tuve dos encuentros: me llamó Gianni Di Gregorio y escuché «24.000 baci».

P.: Vayamos por partes.

A.P.: Gianni es el mejor director que tuve hasta ahora. Una hermosa persona, pese a ser artista. Bueno, los grandes artistas generalmente lo son. Tiene una simplicidad, una simpatía, te hace sentir hipertranquila. Me pidió que apareciera en «Gianni y sus mujeres», que acá se estrena como «La sal de la vida». Me dio el guión, nos encontramos a charlar en su cocina, con él, su esposa, sus hijas, hasta con el portero. Y el dia del rodaje me saludó, me pidió que olvide el texto exacto, y adelante. Todo fluye, me gusta eso. Y lo otro también. Una noche, yendo en taxi, oí de pronto una canción hecha 20 años antes de que yo naciera, me maravillé, y el tachero se me enojó, «¿Cómo que no la conoce? ¡Es de Adriano Celentano, es!» Me encanta Roma, la vivacidad, la amistad, la gente se grita, se saluda, un caos. Y esas callecitas, voy desde chica y siempre me pierdo. Bueno, de chica también había estudiado canto, piano, guitarra, y así se me dio por cantar temas de los 60, empezando por «La italiana», de Toto Cotugno. ¡Y TV1 quiso ser mi sponsor! Vendí muchísimo.

P.: Acá su versión de «24.000 baci» apareció de cortina en un noticiero.

A.P.: Descubrí a Cotugno, Celentano, Rita Pavone, toda esa época, ¡hasta me alquilé una Vespa! Hice Roma-Paris en 15 días, grabando un video. Me encantó tanto que luego hice París-Barcelona. Bueno, esa es mi vida.

P.: ¿Y usted es...?

A.P.: De triple nacionalidad. Eso siempre me ayudó. Nací y crecí en Francia, reflexiono como francesa, pero soy bien expresiva, como buena tana, y me encanta cuando estoy en Roma (¡sobre todo mangiare!) y en Buenos Aires. Siempre siento como que éste es mi verdadero lugar, y nunca estuve. Pero cuando estoy, siento que al fin estoy en mi hogar. Y además es como una síntesis, con algo de Paris y de Roma pero más sauvage.

Entrevista de Paraná Sendrós

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