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Barenboim abrió la temporada de la Scala ante el nuevo gobierno
Daniel Barenboim saluda al final de la representación de «Don Giovanni». En el palco, el primer ministro Mario Monti (segundo a la derecha) y el presidente Giorgio Napolitano (segundo de la izquierda), con sus respectivas esposas.
No menos deslumbrante es la puesta en escena del canadiense Robert Carsen en torno a La Scala misma: en un juego de espejos, de cajas chinas, de escenarios multiplicados, el director explota hasta el paroxismo la metateatralidad (especialmente en el segundo acto, durante el cambio de trajes de Don Giovanni y su sirviente Leporello) y erige al protagonista en maquiavélico rector de los destinos ajenos.
Reproducciones a tamaño natural del telón y los palcos y un espejo que ocupa todo el escenario, junto con elementos de la maquinaria teatral, conforman una escenografía por momentos caleidoscópica, cambiante y siempre magnífica desde el punto de vista teatral, y el vestuario en rojo homenajea también a la sala del arquitecto Piermarini.
La milimétrica marcación actoral de Carsen pone en valor el libreto de Da Ponte, ateniéndose a veces a la literalidad y otras dejándola de lado, pero con coherencia irrefutable. Casi perfecto es el reparto, desde el Don Giovanni de Mattei (paradigma de seducción, musicalidad y afinación) hasta la deliciosa Zerlina de Anna Prohaska, de una voz de cautivante redondez. Como Leporello, Terfel aporta su gran oficio, y una soltura vocal y actoral inmejorables, en tanto que la italiana Barbara Frittoli convence por su gran presencia escénica, su perfecta figura y su composición de Donna Elvira, quizá el más temperamental de los personajes mozartianos.
Menos consustanciada con el drama aparece la celebrada soprano rusa Netrebko, y su voz de bellísimo timbre y considerable caudal no parece hallarse a gusto en las agilidades de Donna Anna; tampoco parece la de Giuseppe Filianoti la voz ideal para Don Ottavio, no obstante lo cual cabe señalar su buena composición actoral. Completan con altura el elenco los bajos Stefan Kocan (Masetto) y, en la piel del Commendatore, el coreano Kwangchul Youn (recordado por su actuación en Buenos Aires el año pasado en la gira de La Scala como Ramfis en «Aída»).
Un delicado trabajo orquestal, como pocos otros directores podrían hacer, lleva a cabo Barenboim, resaltando líneas internas, timbres y otros tesoros de la partitura; su concertación entre el foso y la escena (la sala, también por momentos) es siempre segura, y se lo advierte atento en todo momento a las necesidades de los cantantes.
La temporada lírica de La Scala, que extenderá esta producción hasta mediados de enero, continuará con «Los cuentos de Hoffmann» (también con dirección de Carsen), la reposición de la histórica «Aída» de 1963 con régie de Zeffirelli, «La mujer sin sombra», «Bodas de Figaro» en puesta del gran Giorgio Strehler, «Tosca», «Peter Grimes», «Luisa Miller» (con el argentino Marcelo Alvarez), «Manon» con Nathalie Dessay, «Don Pasquale», «La bohème» con Gheorghiu y Netrebko alternándose como Mimì y Vittorio Grigolo como Rodolfo, «Siegfried» dirigida por Barenboim, y finalmente «Rigoletto» bajo la batuta de Gustavo Dudamel.


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