Comedia triste con un “Elvis” sorprendente

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«El último Elvis» (Arg., 2012, habl. en esp. e ing.). Dir.: A. Bo. Guión: A. Bo. Int.: J. McInerny, G. Siciliani, M. López, R. Rodríguez Presedo, C. Romero.

Años atrás, Armando Bo nieto y Néstor Giacobone le mostraron a González Iñarritu el guión que estaban escribiendo sobre un tipo inmerso en su propio mundo, dispuesto a cumplir su cometido en circunstancias inhabituales. El mexicano, apenas leyó eso, les pidió que lo ayuden a escribir el guión de «Biutiful», sobre un hombre así, que tiene un don especial, sigue un modelo, debe hacerse cargo de una familia desintegrada, enfrenta con cierta hidalguía la mezquindad que lo rodea, pero también, quizá sin darse cuenta, es autodestructivo.

Esas cosas, y alguna otra, tienen en común estos dos personajes agónicos, el sufrido Uxbal, vidente y buscavidas de «Biutiful» y el gordito Carlos Gutiérrez, cantante y tornero del conurbano. Pero las diferencias también son notables. Las descubrirá el público, por supuesto. Acá solo diremos que, por algo, la primera es una tragedia agobiante y la que vemos ahora es una comedia triste, o un drama medio gracioso, como suelen causarnos risa las desgracias ajenas. En este caso, el hombre sufre la desgracia de ser confundido con un simple imitador de Elvis Presley, cuando él se siente algo superior. El es un seguidor absoluto, tan fuertemente pegado a su imagen y su voz que actúa cotidianamente casi como si fuera el propio Rey. Cuando dice, por ejemplo, sentenciosamente, «Dios me dio su voz. Yo solo tuve que aceptarla», no parece estar muy medicado que digamos, pero él se ve muy seguro de lo que dice. Y tiene la voz, de eso no caben dudas.

En los shows lo bicicletean, sus dos amores lo verduguean, él sigue adelante con su destino. «Pero, Señor, todas mis pruebas pronto terminarán», dice una parte del «American Trilogy». Una prueba puede cambiar su vida y redimirlo como padre de familia. La cumple debidamente, como lo hubiera hecho su ídolo en similares circunstancias. El sigue los pasos de su ídolo. No diremos más. La película es muy sentida, comprensiva con su personaje, pudorosa con los sentimientos, singular, perturbadora también, limpiamente emotiva en ciertas partes, y realmente bien hecha. Bravo por el nieto de Armando Bo. Pero hay algo más.

Nada de esto existiría sin un auténtico artista capaz de interpretar al mejor estilo presleyriano temas como «Estoy tan triste que podría llorar», o «Siempre estabas en mi mente». Ese artista existe, es el arquitecto platense John McInerny, cabeza de la banda Elvis Vive, que acá debuta muy bien como actor, canta como se debe, y cuando interpreta al cien por ciento la «Melodía desencadenada» le pone la piel de gallina a toda la sala. Ad majorem Dei gloriam, lo registraron en vivo, sin trampas posteriores de montaje o grabación. Sí que vale la pena.

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