Nada importante que pueda impactar racionalmente en la dirección de los índices de riesgo, pero los mismos moviéndose como si tales causales existieran. Lunes de satisfacción alcista, martes más apagado, con la nota saliente y desprendida del resto de los colegas bursátiles: ver al Dow Jones borrando toda pérdida que había llegado a acumular en 2011. Contraste mayúsculo, ante indicadores que sufren caída de cerca del 16 por ciento y llegando -en algún caso- a más del 20 por ciento, mientras que el gran y primer «villano» de la película que sufre -el sector bancario de Estados Unidos- hasta se da el lujo de dar saltos de cotizaciones. Y con una postal muy colorida, muy especial, muy buena para que también la «SEC» se disponga a investigar. El anuncio de Warren Buffett sobre la compra por cinco mil millones de dólares -del Bank of America- fue seguido, a pocos días, de comunicación de la entidad realizando activos por otros u$s 300 millones. Que así como indica la necesidad de fondos que tenía, también sirvió para que pegara saltos importantes en su cotización. La pregunta que se cae de madura es: ¿Buffett no estaba al tanto de esto, cuando alegremente -y muy velozmente- anunció la compra enorme de tales acciones? Hummm... en un mundo donde ya nada asombra, y los valores saltaron por el aire -los éticos, los morales- cuesta endilgarle a una simple «coincidencia» que el tal importante personaje haya jugado tal suma, de un sólo golpe, como prólogo a que la entidad después anunciara la otra importante recaudación de fondos. (Algo así como creer una «coincidencia», lo de Soros y su última supuesta incursión ganadora, poco antes de anunciarse la baja de «calificación de deuda» a Estados Unidos). Si la «información privilegiada» ha sido, desde el fondo de la historia de los mercados, uno de sus peores virus a poder controlar, imaginemos hoy en día con toda la tecnología y comunicaciones a disposición qué puede estar sucediendo. Basta que exista un nombre fuerte, una jugosa recompensa, apenas un empleado infiel contando secretos empresarios, o estatales para que la «rueda de la fortuna» esté a disposición. Y lo peor es que contra ello, los agentes correctores -organismos de control- están cada vez más inmóviles. Creer que un magnate, con fama de «oráculo», vaya a arriesgar sin estar seguro: es creer en sirenas.
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