9 de marzo 2009 - 00:00

El año de Noé: antes de Venecia, una retrospectiva

«Incendio del Jockey Club», de Luis Felipe Noé, el escalofriante cuadro que abre la muestra «Noéneuquén» en el Museo Nacional de Bellas Artes de esa provincia.
«Incendio del Jockey Club», de Luis Felipe Noé, el escalofriante cuadro que abre la muestra «Noéneuquén» en el Museo Nacional de Bellas Artes de esa provincia.
En el cada vez más amplio escenario del arte argentino, el Museo de Bellas Artes de Neuquén convoca a miles de visitantes desde su fundación, en el año 2004. Primero, la gente del lugar y luego los turistas, comenzaron a llegar para ver el bello edificio rodeado por un espejo de agua que ostenta la firma de Mario Roberto Alvarez, además de las estupendas obras de la colección permanente y las atractivas exhibiciones temporarias.
En estos días, el MNBAN expone «noéneuquén», título de una muestra antológica del pintor Luis Felipe Noé, figura clave de la década del 60 que hoy está en el candelero. El artista suele ser buen curador y seleccionó, junto con el director del Bellas Artes neuquino, Oscar Smoljan, la excelente serie de obras que van desde el dramatismo de «Convocatoria a la barbarie» de 1961, pintada cuando integraba el grupo Nueva figuración, hasta «La ventana indiscreta», de 2008. Este último cuadro es metáfora del misterio de la pintura, oculta en la trama que tejen sus pinceladas y, a la vez, una cita a su propia obra «Mambo», realizada en París en 1962, cuando la pintura desborda la superficie de la tela con un gesto que se desplaza hasta el revés y su bastidor.
Artista, teórico y docente hiperactivo y sumamente comunicativo, Noé, ha estado muy presente en Buenos Aires, con su pintura y también con sus textos y sus ideas, desde que a principios de la década del 80 regresó de su exilio en París. De hecho, inaugura el martes en el Centro Cultural Recoleta «En el nombre de Noé», exhibición que reúne sus dibujos y los escritos del crítico literario Noé Jitrik. Sus muestras son numerosas, pero cuando se supo que Noé representará a la Argentina en la próxima Bienal de Venecia, el interés que suscita su obra aumentó de modo considerable. Más allá del deseo de entender e interpretar el barroquismo excesivo y los colores exaltados de su elocuente pintura, comenzó a interesar el soporte teórico que la sustenta: el inocultable apego a una raíz latinoamericana y esencialmente porteña.
Noé no es un artista folklórico, y en la exhibición patagónica figuran obras -como «Paisaje incógnito»- que rozan la abstracción, pero su nombre se ofrece casi como un respiro a la estética dominante, al reinado del arte abstracto, concreto, neoconcreto, cinético y conceptual que posee «validez universal, es plenamente moderno y está liberado de ataduras anecdóticas». En las antípodas de estas tendencias, Noé reconoce que en su obra subyace su origen, cuenta que fue testigo del 17 de Octubre, de las manifestaciones estudiantiles, y del «Incendio del Jockey Club», tema del escalofriante cuadro que abre la muestra.
El artista atribuye al turbulento contexto histórico de nuestro país su interés por analizar la estructura del caos, fenómeno que bajo una desordenada apariencia lleva implícita la idea de cierto orden, un orden que abarca la complejidad que habita su obra. A través de toda la exposición, Noé reflexiona y a la vez representa con gesto nervioso temas como la violencia, la historia del el arte, la política, la naturaleza, el amor, la muerte o las relaciones humanas, entre otras cuestiones. Cada trabajo es una prueba de la sincronía entre el virtuosismo de la pincelada y el pensamiento, y cada trabajo expresa su urgencia.
Teniendo en cuenta que el concepto rector de la nueva Bienal de Venecia que se inaugura el 7 de junio es «Hacer un mundo», la elección final de la Cancillería Argentina al respetar la propuesta del curador Fabián Lebenglik y presentar a Noé, podría interpretarse como el deseo de que ese mundo ya no nos resulte tan ajeno ni tan lejano. En su último libro «Noescritos, sobre eso que se llama arte», señala: «De manera general se puede decir que existen dos tipos de artistas latinoamericanos: los que creen que la historia del arte es universal, y, los que creen que sólo apoyándose en un punto de partida latinoamericano el arte de nuestro continente llegará a su punto de madurez».
Es cierto que el arte político tiene gran demanda internacional, sobre todo cuando proviene de países inestables o pobres como el nuestro -y lo prueba el hecho de que se recomiende a los artistas acentuar este discurso, o el León de Oro que ganó Ferrari en la última Bienal veneciana-, pero la Latinoamérica de las selvas y los cielos borrascosos que Noé muestra en Neuquén, al igual que la que preparara para llevar a Venecia, ha permanecido «invisible» durante décadas, al menos, en los circuitos de consagración.

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