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El campo, metáfora de miedos ancestrales
Moro Anghileri y William Prociuk (con perfecta tonada campera) deleitan con sus interpretaciones en la obra de Mariana Chaud «En la huerta», a partir del famoso manual de un horticultor.
En «Como gustéis» de William Shakespeare, un pastor y un cortesano debaten con humor e ironía sobre las ventajas e inconvenientes de la vida en el campo. Finalmente el campesino cierra el debate con la siguiente conclusión: «Las costumbres que son buenas en la corte son tan cómicas en el campo como ridículos son en la corte los usos del campo».
Este risueño contrapunto entre cultura y naturaleza reaparece en nuestro tiempo a través de una sencilla comedia romántica escrita y dirigida por Mariana Chaud. «En la huerta» formó parte del Proyecto Manual desarrollado el año pasado en el Centro Cultural Rojas.
La creadora de «Sigo mintiendo», «Budín inglés» y «Los sueños de Cohanaco» se inspiró en un famoso libro del escritor, ecologista y agricultor John Seymour, titulado «El horticultor autosuficiente» y de gran repercusión en la década del 70. Ya en la ficción, este manual oficia de Biblia para la protagonista. Se trata de una profesora de sociología recién separada que sigue adelante con su antiguo plan de instalar una huerta orgánica. La acompaña un peón muy atractivo y servicial (pero casado y con hijos) que atenderá todas sus necesidades y caprichos pese a no comulgar con las teorías del libro y a no poder tomar en serio sus expresiones castizas.
Charla va, charla viene el hombre se termina enamorando de su patrona y ella se le entrega sin reservas. La admira por ser culta, sofisticada e independiente. Pero lo que más enardece su hombría («Si usted se queda, yo la cuido») es verla tan débil, tan inexperta y tan sola.
La dinámica que se genera entre ambos es explosiva, dado que sus saberes, códigos de lenguaje, costumbres e ideologías son casi opuestos. Ella puede pecar de snob (pinta una naturaleza muerta con sus primeras verduras, en lugar de comerlas). El es pragmático, literal y sus prejuicios ya forman parte de su identidad: «Estos negros que no quieren trabajar», protesta. Ella lo reta, pero él insiste: «Lo digo sin ofender, si yo nací rubio de casualidad».
En el espacio escénico conviven diversos trastos, muebles y objetos que dan cuenta del inestable asentamiento de la protagonista. En el fondo algunos arbustos representan a esa naturaleza esquiva a la que hay que aprender a domesticar.
Moro Anghileri y William Prociuk (perfecta su tonada campera) deleitan con sus interpretaciones. Cada gesto, cada diálogo y hasta el comentario más liviano genera una amplia resonancia en el público. No se necesita más para revivir nuestro ancestral miedo a la intemperie, a las plagas y a la soledad.


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