4 de abril 2012 - 00:00

“Escribir es siempre, de algún modo, ajustar cuentas con el padre”

Aunque nunca estuvo en Brasil, Yushimito explica que en muchos de sus relatos «usar como escenario las favelas fue una estrategia para alejar al lector de sus referentes. Y, además. para mí el fenómeno de la marginalidad, de la violencia, es homogéneo».
Aunque nunca estuvo en Brasil, Yushimito explica que en muchos de sus relatos «usar como escenario las favelas fue una estrategia para alejar al lector de sus referentes. Y, además. para mí el fenómeno de la marginalidad, de la violencia, es homogéneo».
Dos libros de relatos del peruano Carlos Yushimito hicieron que la crítica internacional lo destacara por su estilo y su sello personalísimo. Eso hizo que Yushimito fuera permanentemente invitado a Ferias del Libro, encuentros de narradores, Festivales de Literatura, conferencias y mesas redondas que se realizan por América y Europa. Hace unos días estuvo en Buenos Aires en el «Encuentro de Jóvenes Escritores Hispanoamericanos: La Ciudad Contada», organizado por el Ministerio de Cultura porteño en el marco de «Buenos Aires Capital Mundial del Libro». En 2010 la prestigiosa revista literaria británica «Granta» incluyó a Carlos Yushimito entre los veintidós mejores escritores en español menores de 35 años, junto a su coterráneo Santiago Roncagliolo, los chilenos Carlos Labbé y Alejandro Zambra, representantes de Bolivia, uruguay, Colombia y España. La lista estuvo dominada por los argentinos. Figuraron: Lucia Puenzo, Pola Oloixarac, Samanta Schweblin, Oliverio Coelho, Federico Falco, Matías Néspolo, Patricio Pron, Andrés Neuman. En su breve visita a Buenos Aires dialogamos con Yushimito sobre su libro «Lecciones para un niño que llega tarde», publicado por Duomo Nefelibata, y el resto de su obra.

Periodista: Usted es peruano, hereda familiarmente tradiciones japonesas, vive actualmente en Estados Unidos (en Providence, Rhode Island) pero resulta que muchos de sus relatos transcurren en Brasil con personajes brasileños. ¿Qué fue lo que lo marcó de Brasil?

Carlos Yushimito: En Brasil nunca he estado, y me da un poco de miedo ir porque he construido ese mundo tan afectivamente que temo decepcionarme. El mío es un Brasil que inventé desde las lecturas. Adoro a Guimaraes Rosa, sus relatos que ocurren en el sertón, en la favela. Me fascina Rubem Fonseca que ha reinventado el mundo de la favela. A mí siempre me costó representar la periferia limeña. La proliferación de barrios periféricos, hasta con una cultura propia, son un fenómeno latinoamericano de la marginalidad. Me parecía que al intentar acercarme narrativamente a esos lugares desde lo más próximo, mis historias carecerían de verosimilitud, posiblemente por los referentes inmediatos que tiene la gente en Lima. Así fue como pensé extrapolar esas historias a un país que, pese a la cercanía geográfica, es muy distante, que por su cultura llega a parecer un continente aparte.

P.: ¿Qué autores cree que lo han influido?

C.Y.: Tengo cuidado de nombrar autores por aquello que dijo Saer de que «la admiración es un gesto de responsabilidad hacia el autor que uno dice admirar». Uno no puede dar grandes nombres y después escribir de un modo que no se corresponde. Podría mencionar autores que releo como Felisberto Hernández, Rulfo, Onetti con quien, aunque lo leí tarde, algunos me han encontrado vínculos. Eso acaso se trate en que lo primero que aprecio, también como lector, es la generación de atmósferas. P.: Eso se pone claramente de manifiesto en «Lecciones para un niño que llega tarde».

C.Y.: Que es un libro atípico para mí porque reúne dos libros distintos. Es una antología un poco prematura, pero no hubo otra manera de que apareciera en España. Reúne en parte mi libro «Las islas» que lo pensé como orgánico con relatos se ocurren en Brasil, y personajes que se entrecruzan en una favela. Luego hay otros del libro «El mago». Los cuentos nuevos de «Lecciones para un niño que llega tarde» son más recientes, y en ellos veo cambios: un mayor uso de la primera persona, la ampliación de la atmósfera, que no se deje atrapar por la continencia que impone el género del cuento. Eso me lleva a experimentar en la novela, que es lo que estoy encarando ahora.

P.: ¿Cómo desarrolla sus historias?

C.Y.: Jamás pienso un relato anticipadamente, siempre es un proceso abierto. Comienzo con una imagen que me llama la atención, la desarrollo, y generalmente la abandono porque escribo muy fragmentariamente. Después de un tiempo retomo las historias y las continúo. Eso me da una distancia crítica que siento necesaria para continuar la escritura. Por ejemplo, mi cuento «Seltz» partió de recordar que cuando niño veía en las calles de Lima a un hombre vestido de cocodrilo vendiendo artefactos. Volví a él para pensar cómo sería su vida desde él mismo pero no ya en Lima. Nunca me planteo si el género del relato va a ser realista o fantástico. Si bien he sentido una evolución, en mis relatos recientes hay un clima onírico que no aparecía antes. Si mis primeros cuentos fueron de carácter realista fue casi por un imperativo que tiene que ver con la tradición narrativa peruana. La literatura fantástica tiene una vitalidad especial en la Argentina, pero no en otros países de América Latina.

P.: En muchos de sus cuentos surge la presencia del mundo de la infancia.

C.Y.: Cada caso es distinto. «Las islas» es un cuento que escribí pensando en la relación con mi padre, porque escribir es siempre, de algún modo, ajustar cuentas con el padre. Trata del hecho de madurar. No creo que un escritor llegue a madurar totalmente, porque escribir es acaso una forma de resistirse a crecer. Hay algo infantil en el adentrarse en aventuras, en el regocijo de verse publicado. El bucear en el mundo de la infancia no fue algo deliberado, pero al reunir los relatos en una selección, descubrí que hay muchas interpelaciones generacionales. En «Oz», el hombre de hojalata es un hijo artificial que está interpelando al creador. «Lecciones para un niño que llega tarde» es la forma que piensa una niña a un padre ausente. Está en esos relatos el lugar de instalación y la relación con lo precedente, y de forma deliberada tienen que ver con el mundo de los cuentos de hadas, de los cuentos populares. «Oz» obviamente a «El mago de Oz», el del título remite a «El flautista de Hamelin», «Mr. Munch» es una especie de homenaje al Lewis Carroll de «Alicia en el país de las maravillas». Mi idea fue descomponerlos a partir de una mirada perversa, porque esos cuentos, por lo general, refieren a utopías. Son generalmente crueles, perversos, y sin embargo han sido idealizados socialmente. Mis relatos son una interpelación a la autoridad, a los referentes utópicos que contagian las historias infantiles, que bastante daño han hecho. Los niños perversos son una respuesta ideológica a un mundo que se nos plantea demasiado feliz y que hay que poner en crisis desde la crueldad y la violencia como realidades vigentes. Esto de enfrentar la utopía liberal hedónica que pareciera colocarse fuera de la historia, no es algo que me proponga al ponerme a escribir. Tal vez esté presente de un modo más inconsciente. Eso lo advierto acaso por estar en el mundo académico, al releerme mientras curso el doctorado en la Universidad de Brown tras recibirme en la Universidad de San Marcos, en Perú. El estar en la academia lleva a leer de un modo menos inocente, y yo pretendo preservar ese territorio de puro placer, no contaminado por la crítica. Eso no siempre puedo ya lograrlo.

P.:¿Qué siente al participar en Buenos Aires de una reunión de jóvenes escritores de América Latina?

C.Y.: Es el cuarto al que concurro en poco tiempo. He estado en La Habana, en Santiago de Chile, en Quito. Es una magnífica excusa para conocer ciudades. Cuando aparecí en «Granta» como uno de los escritores jóvenes de América Latina me lo tomé muy anecdóticamente, pero ahora tengo que reconocer los efectos: estos viajes surgen del prestigio que otorga esa revista. Mis libros siempre estuvieron limitados a pequeñas ediciones, las de editoriales cartoneras del Perú. Ahora se me ha abierto el mercado internacional, pero yo sigo con los pies en la tierra. Hoy han aparecido un conjunto de escritores notables marcados por su diversidad. Cuando apareció el Boom de la literatura latinoamericana se tendió a homogeneizar la propuesta estética, y junto al realismo mágico estaba el realismo urbano. Ahora hay una conciencia de libertad, de creación individual, mucho más fuerte. Las miradas infantiles están también en el chileno Zambra o en el argentino Pron como cuestionamientos a la memoria, pero más allá de estas singularidades es difícil encasillarnos en un conjunto. Nuestros referentes tienen que ver con un canon alternativo absolutamente personal.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

C.Y.: Dos novelas. Me fascina escribir cuentos, pero me he decidido a explorar el campo de la novela. La novela que está más avanzada pasa en Perú, finalmente volví a mi país. Ocurre donde se inicia la selva, y gira en torno a un entomólogo, cazador de mariposas, que va en busca de una especie que se creía extinta. Trata de la violencia política pero no como se la ha venido representando hasta ahora, mostrando que no se han resuelto los problemas con la democracia sino que están los manifiestos y los latentes. Es una novela muy vargasllosiana. La otra se llama «Climas extraños» y no sé adónde va porque estoy experimentando en la escritura. Transcurre en cuatro escenarios: París, Barcelona, Nueva York y Tokio, y es un completo delirio. Está atravesada por mis lecturas de Mario Bellatin y Cesar Aira. Estoy en pleno proceso de ver hacia dónde me lleva. Es algo muy lírico que busco que me distancie de lo que vengo haciendo hasta ahora.

Entrevista de Máximo Soto

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