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Europa y EE.UU. deberían unirse
¿Cuál es la causa? La desconfianza en el cumplimiento de contratos, por parte de bancos y deudas soberanas de Gobiernos europeos y de EE.UU. Es curioso. Los recursos ya se prestaron, los deudores ya los recibieron. Pero necesitan más fondos. Llamativamente, en el caso de EE.UU., la deuda vale más que nunca (rinde bien poco). No obstante, el público y los inversores parecen exigir un programa para asegurar la sustentabilidad de los pagos a largo plazo, para que el peso de la deuda no desborde al PBI. Una contradicción, que la deuda a largo plazo rinda poco, menos del 2% anual a 10 años, no pareciera compatible con la visión de desconfianza hacia ésta.
En Europa, no son todos los Gobiernos los que tienen deudas de dudoso cumplimiento. Principalmente son los socios PIIGS. Los otros países tienen deudas mejor fundadas y pagan poco, pues son apreciadas por los inversores. La deuda alemana a 10 años rinde como la de EE.UU. Los bancos son fuertes acreedores de los PIIGS y, por lo tanto, sus activos se debilitan con el riesgo de insolvencia. Para tranquilizar a los mercados, y asegurar sus compromisos, los bancos debieran capitalizarse. Y los recursos están en Europa.
¿Qué deben hacer? Se abren dos caminos. El más trillado es el de «sálvese quien pueda», cada uno intentando defender sus cuentas individuales. Es la receta del hundimiento colectivo, la receta contraria a la soñada por los constructores de la Unión Europea. Una versión de Estados Unidos de Europa, el propósito de Jean Monnet, implementado inicialmente por Alcides De Gásperi, Konrad Adenauer y Robert Schumann para terminar con todas las guerras y forjar la prosperidad de sus pueblos.
La receta de la grandeza y prosperidad es reconocer que Europa cuenta con los recursos necesarios, pero no hay mucho espacio para errores. Como expuso Christine Lagarde, la directiva del FMI en Jackson Hole, estamos ante balances contables débiles, de Gobiernos, entidades financieras y hogares, y crecimiento económico débil de los países. Ambos interactúan. La debilidad de los balances conlleva la del crecimiento y viceversa. Las políticas fiscales deben navegar entre márgenes estrechos: los peligros gemelos de perder credibilidad y de detener la recuperación del empleo. Si bien los Estados deben consolidar sus cuentas fiscales, las políticas macroeconómicas deben alentar el crecimiento. Las reformas estructurales necesarias lograrán elevar la productividad y el crecimiento a largo plazo, pero debemos cuidar que no frenen la debilitada recuperación.
La recuperación europea presenta tres frentes. Primero, Europa debe asegurar el financiamiento creíble de las cuentas fiscales para satisfacer a los tenedores de sus deudas soberanas. Sin esa tranquilidad, las reformas fiscales resultarían insostenibles, pues la incertidumbre contrae las economías nacionales, los ingresos fiscales y aumenta los gastos del Estado. Entonces, no hay reestructuración de las cuentas públicas sin la tranquilidad de un financiamiento sustentable, por el tiempo requerido hasta conseguir los resultados. Pretender contraer gastos fiscales en medio de una fuerte retracción económica sólo aparejaría mayores déficits y pérdidas de ingresos para todos. En cambio, asegurar el financiamiento de la transición la hace más segura, vigilando que el proceso se cumpla de buena fe, en la secuencia pactada. Segundo, Europa debe consolidar a sus bancos. Para asegurarlos contra riesgos soberanos y el lento crecimiento económico. Los 440.000 millones de euros del fondo EFSF podrían aplicarse en parte. Tercero, esos objetivos se afirmarían con estructuras institucionales enfocadas en una visión común para implementar las medidas y establecer los incentivos tendientes a coordinar las políticas comunes en todo el territorio europeo. Estos tres frentes son claramente complementarios y se potencian entre sí. Porque si la financiación del gasto fuese creíble, los bancos no sufrirán pérdidas y necesitarán menores capitales. Si la financiación del gasto estuviera asegurada, los activos se valorizarían y la actividad económica se aceleraría, empujando la recaudación y favoreciendo el pase de personal y empresas estatales al sector privado. Coordinando los tres frentes, los recursos disponibles sobrarían y la recuperación comenzaría inmediatamente. La implementación del EFSF, con la aprobación de los diez y siete parlamentos nacionales, durante este mes demostraría la voluntad comunitaria enfocada en la coordinación económica.
Los EE.UU. tienen instituciones que facilitarían la coordinación de las medidas necesarias para despejar la incertidumbre a largo plazo sin frenar la recuperación. Pero la brecha entre la mirada de los dos partidos políticos en el Congreso con el desgaste de la discusión hasta el último momento de la deuda federal lastimó esa confianza. El primer paso para mejorar el empleo y la economía es ponerse de acuerdo en las prioridades a mediano plazo, despejando de incógnitas los planes privados. Cómo afianzar la solvencia fiscal, la rentabilidad de las empresas y los ingresos de las personas, a largo plazo, sin lastimar la incipiente recuperación. De vuelta, los objetivos se potencian porque la coordinación de las decisiones aumenta la riqueza de la sociedad. La recuperación económica impulsaría menores déficits fiscales y menor peso de la deuda. Pero la recuperación depende de despejar las incertidumbres enumeradas. Explicó Lagarde: el «decoupling» es una falacia. Ningún país puede salvarse de una gran crisis internacional.


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