4 de agosto 2010 - 00:00

Eva Braun, un personaje más influyente de lo que se creía

La autora de «Eva Braun, su vida con Hitler» explica que quiso saber qué había detrás de la leyenda de alguien «que siempre había aparecido como una rubia algo tonta» y se encontró con una mujer de fuerte influencia en el régimen nazi.
La autora de «Eva Braun, su vida con Hitler» explica que quiso saber qué había detrás de la leyenda de alguien «que siempre había aparecido como una rubia algo tonta» y se encontró con una mujer de fuerte influencia en el régimen nazi.
Pocas cosas se saben de Eva Anna Paulla Braun, más conocida como Eva Braun, la amante de Hitler, que en el final del nazismo logró convertirse en lo que siempre deseó: Eva Anna Paulla Hitler, «esposa del Führer y Primera Dama del Tercer Reich». Eva Braun por haber sido una figura secundaria, hermética, silenciosa, ha logrado escapar a los anatemas de la historia. Los biógrafos de Hitler la han ignorado, no viendo en ella más que una comparsa insignificante. Pero en Alemania acaba de aparecer, convirtiéndose de inmediato en best seller, el libro de la historiadora berlinesa Heike Görtemaker «Eva Braun: Leben mit Hitler» («Eva Braun, su vida con Hitler», Editorial C.H. Beck) donde investiga con extremo rigor la influencia que esa mujer tuvo en el régimen y su responsabilidad en el nazismo.

«Quise investigar qué hay detrás de la leyenda de Eva y Adolf a la que se suele dar un clima mítico» -detalla Görtemaker- «y mi estrategia fue rastrear con mirada crítica la escasa documentación que da cuenta de la vida de la pareja. Hasta el momento Eva Braun había aparecido como una rubia algo tonta y Hitler como un hombre sin emociones, un monstruo, el diablo. Siempre la misma dicotomía de la bella y la bestia, que dificulta entender la esencia de esa dictadura».

El hombre lobo

Nacida el 6 de febrero de 1912 en Munich, Eva Braun fue la segunda hija de la modista Franziska Kronburger y el maestro de escuela Fritz Braun. De familia pequeño burguesa, joven y atractiva, Eva conoció en octubre de 1929 al futuro jefe de Estado cuando era la nueva empleada del laboratorio de Munich de Heinrich Hoffmann, ferviente nazi y fotógrafo oficial del partido Nacional Socialista. Según una versión que recoge Görtemaker, una tarde entró a la oficina un hombre a quien su jefe lo presentó como «Herr Wolf» (Señor Lobo). El hombre «devoró con sus ojos a Eva» y hasta le ofreció, en vano, llevarla en su Mercedes a la casa. «¿Acaso no te diste cuenta quién es el señor Wolf? ¿Es que nunca ves nuestras fotos?», le preguntó Hoffmann con sorpresa a la muchacha, «es Hitler, nuestro Adolf Hitler».

En su locura racista Hitler se fascinaba con las rubias arias, y esa rubiecita alta, de ojos claros y linda sonrisa -a la que doblaba la edad: ella tenía 18 años, el 41- parecía aria, aunque no lo era mucho, como también el dirigente austríaco estaba lejos de cumplir con las características de su ideal. Eva además no se correspondía con el modelo nazi de la mujer alemana: no quería tener hijos, le gustaba vestir a la moda, usar ropas decididamente insinuantes y no las de una campesina germana, se maquillaba, fumaba, amaba las fiestas, el jazz, los viajes y el champagne.

La relación al principio fue «platónica», con algunas citas esporádicas. Pero en 1932 Eva logró darle un giro al asunto al intentar -infructuosamente- quitarse la vida con la pistola de su padre; no sería la única tentativa en ese sentido. Los compromisos de Hitler afectaban la relación con la muniquesa, que debía permanecer en segundo plano, como una secretaria más, y siempre tras un muro de silencio. «Cuando ella aparecía en una foto que iba a ser publicada, Hitler la hacía retocar para que Eva desapareciera. Ella debía ser invisible. Tan invisible como los anteojos que el Führer usaba y no salen en ninguna fotografía», comentó Elizabeth von Thadden en el semanario «Zeit». Es que a Hitler le gustaba repetir que su única esposa era Alemania. Temía perder su aura oficializando su relación con Eva, algo que sólo consentiría en el, hasta hoy controversialmente evaluado, final de los días de ambos.

Como es obvio en un tirano, Hitler reclamaba de su círculo lealtad absoluta y «Eva le demostró que estaba dispuesta a serle fiel hasta la muerte. Eso era justo lo que él necesitaba». Más que una víctima del sistema, una rubia ingenua, llegó a ser una mujer calculadora que conocía el ambiente en que se encontraba y que disputó, a su modo, un lugar privilegiado al lado del dictador. «Arribista y vanidosa, la joven vendedora de presencia disimulada se impone poco a poco como ama de casa caprichosa y con plenos poderes. Favorece a sus amigos y a su familia, hace descartar a sus enemigos, y se enriquece sin escrúpulo», explica la historiadora.

Los regalos que le hizo el líder nazi -además de elegantes casas y autos de lujo- fueron hallados mucho después de terminada la Segunda Guerra Mundial en el refugio de Baviera por el servicio de inteligencia de Estados Unidos. Entre otras cosas se encontró un cofre que contenía decenas de álbumes con fotos de la vida privada y secreta de los Hitler, un juego de plata del siglo XVIII valorado en un millón de dólares, un broche tasado en 50 mil dólares, decenas de brillantes y varios millares de dólares en billetes. También se encontró el diario que Eva Braun escribió en 1935, donde confiesa que siempre se sintió mal en su condición de amante, relegada a un segundo plano en comparación con las esposas de los que componían la camarilla del Führer: Goebbels, Goering y los demás. Y que, para consolarse de su condición de concubina, organizaba fiestas en su residencia, donde los jóvenes nazis la admiraban, provocando los celos de Adolf.

Como escribió Martin Halter en el «Berliner Zeitung», «Eva supo cómo hacerse lentamente indispensable», pasar de una sencilla e irrelevante jovencita a ser una mujer elegante que ascendió hasta llegar al centro del poder, fue autoritaria anfitriona de la casa de Hitler en los Alpes bávaros y se convirtió en personaje clave para quien quisiera acercarse al Führer.

Asesora de imagen

Según Heike Görtemaker, «Eva Braun no tenía un rol oficial, pero contribuía a la máquina de propaganda que rodeaba a Hitler. Ella le sacaba fotos, lo filmaba, y vendía a una fortuna los negativos de las imágenes donde Hitler aparece como un hombre de familia cariñoso, amable, cuidadoso, rodeado de niños, de perros y de amigos, ayudando a construir la imagen publicitaria «del perfecto esposo de todas las mujeres alemanas y el padre de todos los niños». Su inquebrantable lealtad demuestra que participaba de los proyectos más delirantes de su marido. «Fue indudablemente una cómplice, y jamás esa víctima que algunos han pretendido hacernos creer».

La muerte a Eva Braun no la tomó por sorpresa. Tras una década junto a Hitler tenía planeado como terminaría sus días. «Quiero ser una muerta bella, por eso me voy a envenenar», le escribió a una amiga. Así lo hizo, según la leyenda, el 30 de abril de 1945, en el famoso bunker de Berlín, entre las 15:30, tragando una cápsula de cianuro, a lo que siguió el estruendo del disparo con el que se suicidó su marido. Ese, según la leyenda, fue el final que tuvieron ese tremendo asesino de masas del siglo XX y su mujer. Otra leyenda sostiene que Hitler y Eva escaparon de Alemania con destino incierto vía la red ODESSA, y que los soviéticos, al sentirse burlados por la huida, inventaron el suicidio y los cadáveres fueron incinerados para no dar a conocer su fracaso, o acaso creyeron la teoría del suicidio. Las conjeturas sobre el escape de Hitler y su esposa cobraron nuevamente fuerza cuando en 2009 se hizo examen de ADN a los restos de un cráneo que se creía de Hitler (en propiedad de los Rusos), los resultados demostraron que en realidad se trataba de los restos de una mujer, y se duda que puedan ser los de Eva Braun.

Dejá tu comentario