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¿Hará falta otro temblor?: Europa, la incorregible
Dos asuntos debe atacar Europa para calmar las aguas aunque sus dirigentes se empeñan en que son tres. Hay que sacar del fuego la deuda pública de España e Italia (donde las llamas nunca debieron llegar). Hay que fortalecer el patrimonio de la banca (aunque se licúe el de los banqueros como ocurrió en EE.UU. y Gran Bretaña) y quitarlos también de la zona de peligro. En este frente, vale recordar, la crisis fue más lejos aún: aquí ya son los bancos franceses los que están en la picota. Grecia es la tercera cuestión que se agita -es la obsesión de Berlín- pero cualquier cirugía griega no debería proceder antes de que se consoliden los dos primeros puntales. Alemania no lo entiende así. Y las consecuencias han sido catastróficas: en el afán de sumar a los acreedores privados a la refinanciación de Grecia (el consabido «bail in»), la crisis europea se salió de cauce y saltó de la periferia a Italia. ¿Qué se ganó? Nada. A Grecia no hay más remedio que pagarle las cuentas aunque no cumpla las metas. Y hoy Francia no puede contemplar ningún desliz en sus erogaciones sin pensar que su calificación crediticia AAA se hará trizas. ¿Conclusión? Es muy difícil pensar en un fondo de rescate que pueda imponer respeto -y ganar de movida la pulseada contra los mercados- si no participa el Banco Central Europeo (BCE). O alguna otra fuente financiera exógena (como, en la propuesta de los Brics, el FMI).
Merkel y Sarkozy prometieron que harían todo cuanto fuera necesario para capitalizar a la banca. No hace falta tanto: bastaría con imitar el plan TARP que aplicó, en su momento, allá por fines de 2008 EE.UU. Tim Geithner, su ejecutor, es el primer interesado en no cobrar los derechos de autor. La deuda europea no se puede enderezar en un santiamén, es verdad, pero la fragilidad patrimonial de los bancos, sí. Las inyecciones de capital público del TARP fueron compulsivas y generalizadas. De un plumazo. ¿Se hará? Todo indica que ese es uno de los «sueños» que no será satisfecho. Y no porque sea de cumplimiento imposible. Ni tampoco por razones de propiedad intelectual. Europa no tuvo empacho en copiarle a Geithner la carta mediática de los «exámenes de estrés». Pero mientras las pruebas que ordenó Geithner resistieron el paso del tiempo, las europeas no duran ni lo que tarda la tinta en secarse sobre el papel. Así, el gigante Dexia obtuvo un sobresaliente y, al mes siguiente, precisó un rescate multimillonario. La idea europea de la capitalización sería ensayar un régimen de dos tiempos: primero, tomarse de seis a nueve meses, para que los bancos se procuren recursos privados; recién luego apelar a los fondos públicos (un orden al revés del TARP). ¿Sobra el tiempo? ¿Qué privado querrá aportar si la crisis de la deuda continúa como telón de fondo? Tres años después de Lehman... ¿tiene sentido seguir apostando a la autogeneración del capital vía retención de ganancias? Y si el proceso se apura y los bancos aceleran la reducción de su cartera activa para alcanzar las exigencias, ¿cómo se absorberá la contracción crediticia? Europa, a diferencia de EE.UU., no tiene un mercado de capitales tan desarrollado como para suplir sin mella la retirada del crédito bancario.
La razón número uno de por qué hay que capitalizar a la banca europea (y no a la de otras regiones) es que la deuda pública europea está en la cuerda floja (y no la de los demás). Por eso trazar una línea tajante en la arena que separe a la deuda solvente de la que motiva sospechas es tarea vital. Si Europa duda de España e Italia no se podrá contener la crisis. Este es el terreno de los equilibrios múltiples y en la desconfianza la insolvencia es una profecía que se cumple sin requerir ayuda. Un año atrás quizás los gobiernos de la eurozona tenían los recursos y la reputación para marcar los límites. Hoy es fácil contarles las costillas (ese es el drama del Fondo de Estabilización Financiera). Pero el BCE -que desde agosto tuvo que comprar deuda italiana y española por unos 90 mil millones de euros- no padece esa restricción. Combinar garantías del Fondo de Estabilización con el accionar decidido del BCE sería una solución «políticamente» viable para lograr el cometido. Pero hay que entender que Berlín quizás nos está diciendo que todavía no se pudo concretar. Quizás porque también necesite un cimbronazo -que recuerde que estamos aun a mitad del Rubicón- para terminar de acomodar las cargas.


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