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“Hay una vida en el campo que aún no fue relatada”
Torres Zavaleta: «El campo es el lugar de la aventura. Allí las cosas le suceden a la persona, al individuo, algo que es difícil que ocurra en las ciudades».
Periodista: ¿Sus novelas y sus cuentos tienen que ver con su universo familiar?
Jorge Torres Zavaleta: Tienen y no tienen que ver. Tienen que ver porque sin esa experiencia acaso no me hubiera dado cuenta de que ese mundo del campo nuestro era un material narrativo interesante. Un mundo de gente que vive en la ciudad pero cuyo negocio y vida afectiva está en el campo. Lo mío no es la novela rural de Benito Lynch o Ricardo Güiraldes. Eso está muy bien, pero no es lo que yo sé ni lo que me interesa contar, y ya está hecho. Yo he querido contar mi tiempo. Y no tiene que ver exactamente con mi historia en la medida en que los cuentos están cubiertos por la imaginación, por la ficción, por el habla de personajes que no soy yo, que tienen su mundo, su forma de ver y de actuar. Mis relatos, por más que ocurran en el campo, no están descolgados del país, y creo que a través de ellos fluye nuestra historia contemporánea.
P.: Desde esa perspectiva, ¿cómo aborda los temas del campo?
J.T.Z.: Desde dos vertientes. Una corresponde al campo salvaje, el campo de mi padre, el que conocí de chico, que era un campo grande de unas 8.000 hectáreas, donde solíamos andar a caballo durante horas. Recuerdo cuando íbamos en avión; se había comprado un Cessna, y cuando tenía 12 años me dejó pilotearlo. Fue una sensación extraordinaria, me sentí acompañado y seguro. Mi padre era un tipo hermético, andábamos a caballo y no sabía en qué estaba pensando. Ahora que tengo la experiencia de manejar un campo mío en Chascomús, me di cuenta de lo que él pensaba, de lo difícil que es todo en nuestra Argentina.
P.: Pero ese no es el escenario de su nuevo libro.
J.T.Z.: «Memorias del viento» pertenece a la otra vertiente, al campo de la familia de mi madre, que tiene otro registro, es un campo a la europea, formado en 1880. Mi bisabuelo se crió en Inglaterra, donde lo llevó su madre cuando quedó viuda, y cuando volvió importó la tecnología de esa época, trébol, toros escoceses, caballos de carrera, y de todo un poco para su campo de Chapadmalal. Es una historia vinculada con la época de esplendor de la Argentina. Pero al revés de la de mi padre que es una historia de progreso y constante crecimiento, esa fue de pérdida y decadencia. El de mi padre era el campo argentino más típico, con siembra y hacienda. El de mi madre era una obra de arte hecha con el paisaje, y en «Memorias al viento» cuento la curva descendente de ese lugar.
P.: ¿Se siente emparentado con Manuel Mujica Lainez cuando cuenta la decadencia de sectores de la clase alta?
J.T.Z.: Me siento menos esteta que él. Es un gran escritor a quien conocí. Si bien ha contado la caída de un sector social, este mundo del campo no lo ha reflejado, y era un casillero vacío. Planteárselo desde una perspectiva vivencial es un problema. Una vez Silvina Ocampo me dijo «uno tiene que ser su propio antídoto». Eso es bueno para la vida y para escribir. Uno debe reaccionar frente a sus propias limitaciones, y enfrentar lo que quiere contar. Lanzarse a escribir contra el problema. Eso me ayuda a no sentir nostalgias. Y si aparece alguna nostalgia no significa irrealidad, desconocimiento del presente, del mundo cambiante y sus ventajas. Para mí el campo sigue siendo el lugar de la aventura. Allí las cosas le suceden a la persona, al individuo, algo que es difícil que ocurra en las ciudades. Allí aun la persona se enfrenta a la naturaleza, que siempre es desafiante. Por otra parte, uno escribe sobre lo que no tiene, sobre lo que teme o lo que desea. No siempre se escribe sobre lo que a uno le pasa. En todo caso, lo que a uno le pasa es un motivo para no escribir.
P.: Usted no sólo cuenta el mundo del grupo terrateniente sino también de la gente que la rodea en el campo, los peones y su familia, los comerciantes, el pueblo vecino.
J.T.Z.: La gente comparte cosas, más allá de los títulos de propiedad. Cómo no iba a reflejar a los que están siempre y que son tan importantes o más que cualquiera. Siempre me importó la forma de hablar de la gente, que es una revelación de su interior. Por otra parte muchos de los cuentos son una metáfora de lo que ocurre en ese tiempo. En «1977. La sangre» cuento de unos chicos que están cazando liebres en un campo en medio de la noche. Yo he cazado mucho y lo que me parecía emocionante hoy me parece horrible. Los chicos dejan las liebres en la carnicería, y se van a la estación de servicio a comer algo, y de pronto se ven rodeados por policías. Se han fijado en la sangre que hay en la camioneta. Es 1977. Y ahí sigue el cuento, que da una imagen de la violencia que se vivía en tiempos de la represión.
P.: ¿»Memorias del viento» es un libro de cuentos o una novela?
J.T.Z.: Me lo pregunto yo también. Son relatos que forman una novela, como lo son los que hacen de «Crónicas marcianas» una novela, por ejemplo. Cuenta un arco de historias a través de los años, con personajes que en algunos cuentos son principales, en otros secundarios, con puntos de vista distintos. No he querido retratar un ambiente y una clase social sino ofrecer un panorama más amplio. No sólo mostrar la pequeña punta de la pirámide, los dueños del campo, sino llegar al resto de la comunidad que vive allí, incluyendo a los más marginales. Un escritor tiene que ser como la lente de una cámara, pasar de un lado a otro, acercarse y alejarse de aquello que retrata.
P.: ¿De qué autores considera que tiene influencias?
J.T.Z.: Entre los argentinos Borges, a quien leí desde los 16 años, y sentí la felicidad de ver brillar una inteligencia. Eso fue lo primero, luego aprecié muchas otras cosas suyas. Luego están los que conocí Silvina y Victoria Ocampo, Bioy Casáres, Sara Gallardo. Me gusta Roberto Arlt de otra manera, es indiscutible su talento arrasador. Está Cortázar. Después aquellos con los que he tenido o tengo amistad como Isidoro Blaisten, Vlady Kociancich, Rodolfo Rabanal. En el mundo me encanta la literatura rusa. «Guerra y paz» me parece la mejor novela del mundo. En eso coincido con lo que ha dicho García Márquez hace poco. Tolstói parece caminar al lado de sus personajes. He dado cursos sobre Dostoievski, sobre William Faulkner, dos escritores que admiro muchísimo. En mis cursos he explicado que las obras que son realmente buenas son un poco raras, desusadas para su época. No son lo que se está acostumbrado a leer. Llevan tiempo. El acercamiento no es fácil en principio. La clave de un libro mediocre es un éxito mediocre. Los grandes libros permanecen, se redescubren, siguen dando que hablar.
P.: Usted vivió en el mismo edificio que Bioy Casares, Silvina y Victoria Ocampo, fue amigo de ellos, tuvo como dilecto tío abuelo a Miguel Ángel Cárcano, ¿no pensó contar todo eso?
J.T.Z.: Alguna vez lo pensé, pero sentí que tenía que escribir otras cosas antes. Siempre escribí ficción. A Miguel Ángel Cárcano lo he puesto en la novela «La noche que me quieras», es un gran diplomático argentino en el París. Se cuenta, entre otras cosas, el debut allí de Gardel el 2 de octubre de 1928. Es un homenaje al mundo de mis abuelos, una novela mozartiana donde los conflictos se resuelven en una armonía final.
P.: ¿Qué está escribiendo ahora?
J.T.Z.: Una trilogía que trata del campo en 1870. Corresponde al campo del que he contado en «Memorias del viento» no cuando es diseñado al estilo europeo sino cuando en esas tierras no había nada, sólo un casco de estancia, tras cinco intentos de hacer algo mayor que habían sido destruidos por malones. Creo que superpongo el de mi infancia, el campo de mi padre, donde a la mañana encontraba cerca de la puerta de la casa y en el parque rastros de víboras, y de pronto de entre un pajonal salía un ñandú enorme. Se salía a cazar ñandúes con lazo. Es el ampo de la aventura criolla, de cuando Calfucurá, que según dicen tenía 101 años, quería arrasar Buenos Aires con un malón de malones. Esa obra que ya tengo escritos dos tomos y voy por la mitad del tercero, la pare para escribir algo que desde siempre quise hacer, una novela de fantasmas. Se llama «El dueño anterior» y me inspiré en mis experiencias en mi campo de Chascomús. Está contado por una de esas personas del pueblo que conoce todo, que registran lo que ha quedado flotando. Es la guerra entre el fantasma del antiguo dueño con el muchacho que compró el campo y quiere modernizarlo.
Entrevista de Máximo Soto


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