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La Historia, con licencias, pero entretenida
Ambientación y destacables actuaciones hacen perdonar las varias licencias históricas y la poca inventiva del libreto de «El discurso del rey».
No era para tanto, ni es para tanto, pero tiene lo suyo. La tartamudez del entonces príncipe de Inglaterra y luego rey Jorge VI no era de las peores, según puede deducirse rastreando por Internet algunas grabaciones del noticiero Brithish Pathé. Y la película que cuenta cómo mejoró su dicción, entabló una buena amistad con el especialista, se convirtió en rey a pesar suyo, y pasó a conducir a su pueblo en las peores circunstancias, tampoco llega a ser una joya del cine, considerando la escasa inventiva de su argumento y las varias licencias históricas e inverosimilitudes con que se maneja. A propósito, resulta difícil creer, por ejemplo, que su mujer anduviera totalmente sola por Londres buscándole tratamiento, ni que él fuera al mismo sin siquiera un asistente, ni que un plebeyo, encima australiano, lo tratase como un confianzudo medio burlón.
Pero si se pasan por alto esas minucias, y se aceptan las leyes del entretenimiento, bueno, la película se pone bastante entretenida. Puntos de atracción: la lucha de un hombre y su médico para superar un serio problema, el respaldo sin desmayos de su esposa, la singular terapia empleada y la todavía más singular relación entre médico y paciente por sobre sus diferencias sociales, jerárquicas y de carácter, la socarrona cancha del simple ciudadano para hacerle bajar el copete al aristócrata inicialmente altivo y malhumorado (más por timidez que por soberbia, aclara luego el film), la trastienda del famoso caso del rey Eduardo, que renunció al trono por amor, el detalle cholulo de ver a la reina madre cuando joven y tal como dicen que era, atenta y discreta, y a las entonces princesas Isabel (la actual reina) y Margarita cuando niñas, el lujo del elenco y la ambientación (no tanto el vestuario, que según conocedores tiene detalles propios de temporadas posteriores), y, por supuesto, el micrófono.
El micrófono aparece antes que nada. Un aparato enorme, sólido, esperando a quien sepa manejarlo como un caballo en su corral. Quien no sepa, pasará papelones. Es símbolo de la naciente BBC, de los tiempos de comunicación radial entre gobernantes y gobernados, la mass media comienza a mostrar sus exigencias. Y el príncipe tartamudo, incapaz de alcanzar una buena oratoria, rey a pesar suyo debido a la renuncia del hermano, debe hablarle a su pueblo con total firmeza, y darle ánimo y cohesión en las horas difíciles de la guerra que pronto se hará presente con sus racionamientos y sus bombardeos sobre Londres.
Tom Hooper, ganador de sucesivos premios a lo mejor de la televisión inglesa, dirige sin mayor personalidad pero con mano irreprochable. Geoffrey Rush está excelente con su mirada incisiva en el rol de especialista sin título. Colin Firth, Helena Bonham-Carter, británicamente precisos como la pareja real. Michael Gambon y la venerable Claire Bloom, son los reyes viejos. Derek Jacobi, el arzobispo. Y el gordo Timothy Spall, a quien unos registran por «Secretos y mentiras» y otros por «Encantada» y las de «Harry Potter», hace ahora de Winston Churchill con algo de macchieta pero calza bien. Algún día harán una película sobre el discurso del ministro. Porque, pobre Jorge VI, hoy nadie recuerda sus discursos. Churchill le mató el punto con una sola frase, cuando le dijo francamente al pueblo que él solo podía prometer sangre, sudor y lágrimas. Y así lo sacó adelante. Pocos estadistas han imitado su sinceridad, pero ésa es otra historia. .


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