26 de enero 2011 - 00:00

“La TV es muy influyente como para no prestarle atención”

Becerra: «El ensayo es como nadar, un desplazamiento superficial donde se puede ver la costa. La ficción es como el buceo, porque se entra en profundidad de un modo peligroso y abismal».
Becerra: «El ensayo es como nadar, un desplazamiento superficial donde se puede ver la costa. La ficción es como el buceo, porque se entra en profundidad de un modo peligroso y abismal».
Juan José Becerra ha publicado las novelas «Santo», «Atlántida», «Miles de años» y recientemente «Toda la verdad». Becerra que dirige el cine Cosmos desde que lo reabrió la Universidad de Buenos Aires, colabora con el Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, fundamentalmente está dedicado a desplegar una obra literaria que lo viene destacando entre los autores de su generación. Dialogamos con él.

Periodista: Sus novelas son de personajes, de héroes, de un protagonista fuerte.

Juan José Becerra: Muy de personaje masculino, sobre todo. De héroes grises que son como héroes del fracaso. En el caso de mi novela «Toda la verdad» se me ocurrió escribir sobre la verdad usurpando esa categoría, que es una categoría de la filosofía. Y aprovechar que la literatura es una zona franca y hacer con esa categoría un ejercicio de escritura que no tuviera prejuicios del concepto que utilizaba, el concepto de verdad. Me interesé por escribir esa historia cuando leí el «Diario Filosófico» de Wittgenstein. Un libro extraordinario donde establece las dificultades que unen y desvinculan al mismo tiempo al pensamiento y la escritura. El libro de Wittgenstein fue una excusa para que una persona común y silvestre que no tuviera nada que ver con la literatura se pusiese a filosofar. El acto de filosofar, por más que en este caso sea un ejercicio silvestre, siempre tiene algo que ver con el pensamiento. Se puedo no estar formado en la filosofía y sin embargo incurrir en pensamientos más o menos profundos que no sé si tienen que ver con la introspección, con la suerte o con la precisión en el lenguaje cuando se cuenta lo que piensa. Todos nos hemos encontrado con tipos que no están formados filosóficamente y sin embargo se les presta atención porque lo que dicen se podría considerar filosófico. Mi idea en «Toda la verdad» fue tener alguien así, un ingeniero que viene de las ciencias duras pero al mismo tiempo tiene una sensibilidad filosófica, por otra parte sin lenguaje.

P.: Es como si coincidiera con el Wittgenstein que afirma que «sobre aquello de lo que no se puede hablar, se debe callar».

J.J.B.: Y con esa idea casi tecnológica que tenía del lenguaje donde una palabra es una especie de sonda que a veces llega a niveles muy profundos de sentido, y otras no perfora la superficie. Esos vaivenes del lenguaje, que a veces se hace profundo y otras superficial por posibilidades fácticas de su uso, me pareció una buena experiencia en boca de una persona que no tuviera ninguna teoría sobre ese tipo de fenómenos, que jamás se hubiera ocupado de pensar sobre el lenguaje, que para él siempre había tenido un sentido instrumental.

P.: Eso a usted le va a permitir hacer una crítica de la industria del best seller, poner en evidencia mecanismos de la new age y mostrar el manejo que hacen las grandes editoriales de todo eso. En ese sentido su personaje recuerda en algún momento al mister Chance de «Desde el jardín».

J.J.B.: Los best sellers tienen un recorrido parabólico. Una explosión comercial sostenida por el consumo, y al tiempo se los olvida, porque hay que consumir otra cosa, y esos productos terminan en saldos. El prestigio inicial se desbarranca. Es muy difícil que se vuelvan con el tiempo en libros prestigiosos. Esa operación me pareció que estaba bien para el libro «La verdad de tu vida» que se escribe ni siquiera por encargo dentro de mi novela «Toda la verdad». Es un libro que alguien pesca como quien pesca con mosca, que ve la chance de que sea un libro de autoayuda. A partir de eso se construye un producto totalmente formateado por la industria del libro, o mejor por la industria del entretenimiento, que así como sube, baja. Ese recorrido del best seller está en las antípodas de un long seller, que a partir de una curiosidad medida se sostiene a lo largo del tiempo. No creo que haya un fondo editorial de best sellers, son productos que luego de un tiempo desaparecen.

P.: Salvo que ofrezcan algo más, por ejemplo polémicas teorías esotéricas, como en las novelas de Dan Brown.

J.J.B.: La operaciones de los best sellers son siempre diferentes. Lo que ocurrió con Dan Brown es que luego del éxito del libro, apareció la película que mantuvo la atención y que de algún modo convirtió a la novela en un clásico. Es decir que fue pasando por otras operaciones de mercado.

P.: Usted escribe novelas muy personales y ensayos en los que se observa la influencia de Roland Barthes.

J.J.B.: Bueno, como se imaginará, tengo sobre mi escritorio la estampita de Barthes. Pienso que el ensayo y la ficción son disciplinas totalmente distintas, separadas por diferentes niveles de profundidad a los que permiten acceder. El ensayo es como nadar, un desplazamiento superficial donde se puede ver la costa. La ficción es como el buceo porque se entra en profundidad de un modo peligroso y abismal. A mí me gustan los dos géneros, pero mis tentaciones están del lado de la ficción.

P.: En ambos casos usted hace un trabajo con el lenguaje. En el ensayo trabaja el lenguaje de los otros, y en las novelas el lenguaje que hace avanzar las peripecias de la historia.

J.J.B.: En mi ensayo de «Patriotas», sobre el discurso conservador, busqué ser un lector atento de ese discurso y montar sobre eso una reflexión personal. En la ficción eso ocurre, pero el discurso sobre el que uno se monta pasa más desapercibido. En la ficción la escritura opera como una lectura de algo que no sabemos qué es. En el ensayo ocurre lo contrario, uno sabe de qué está hablando. Por eso cuando el escritor termina una novela aparecen las sorpresas, un sistema de asociaciones como lector de la propia obra que jamás se hubieran concebido antes de escribirla. Es del orden de una verdad personal no calculada, no intencional, que fluye incluso contra la voluntad del narrador. El ensayo es entre comillas más inteligente, porque se controla más la materia sobre la que se escribe.

P.: En sus novelas hay un orden narrativo riguroso.

J.J.B.: Puede ser que haya un mecanismo maquinal que se activa y funciona. Es una máquina que tiene que ver con la naturaleza de cada escritor. Creo que en «Toda la verdad» di con una máquina que naturalizó mi estilo. No sentía que escribía con mi máquina personal sino que escribía con mi naturaleza. Es una sensación que tiene que ver con la experiencia de escribir. Uno tiene soberanía sobre la escritura mientras escribe, pero cuando el libro está cerrado, como lector no tienen ninguna soberanía de su propio libro; ésa es la fatalidad del escritor.

P.: Ha comentado de una cantidad de novelas suyas que están por aparecer, ¿quiere hacerle la competencia a la enorme producción narrativa de César Aira?

J.J.B.: No [se ríe], para hacerle la competencia a Aira hay que tener una fábrica. La escala de Aira, no sólo en la producción sino en la calidad es enorme. Ojalá pudiera competir con él sólo en la cantidad, me daría por hecho. Lo que ocurre es que desde que publiqué «Miles de años» en 2004 estuve escribiendo de un modo monacal. Y si bien publiqué tres ensayos, «Grasa», «La vaca» y «Patriotas», me dediqué esencialmente a la ficción, y ahora tengo seis novelas para publicar, inéditas y terminadas. En abril sale en España «La interpretación de un libro», después aparecerá «El espectáculo del tiempo», que es una novela larga.

P.: ¿Qué cuenta en «La interpretación de un libro»?

J.J.B.: De un escritor que publica libros que nadie lee y se obsesiona con su falta de lectores. Empieza a recorrer los subtes buscando alguien que lea alguno de sus libros. Y al fin lo encuentra, es una mujer. Ahí se establece una relación enloquecedora entre el escritor y la lectora donde se pone en juego, lo digo en chiste, el poder de la literatura, quién tiene más poder: el que escribe o el que lee. Tras esa relación amorosa y a la vez intelectual aparece una guerra de sentido entre ellos. Creo que es una especie de comedia del sentido.

P.: ¿Cómo surgen las historias en esa etapa monacal?

J.J.B.: Surgen ante la angustia de finalizar una novela. Cuando estoy promediando una novela siempre aparece la posibilidad de escribir la próxima. Hay una necesidad un poco desesperante de especular con un porvenir de escritura. Así me quedo tranquilo al estar concluyendo una novela porque sé que voy a escribir otra, que va a tratar sobre tal cosa, y se va a llamar de

tal manera. Tiene que ver con el gesto patológico del orden de la planificación de una obra. Los libros fluyen. Primero aparecen como una imagen, y si hay el deseo de perseguir esa imagen se termina escribiendo una novela. Pero no hay una agenda para seguir. Yo no soy un militante de mi obra, me importa escribir y soy muy fiaca para funcionar como mi propio mecenas o mi jefe de prensa. Es algo que no me interesa. Tengo 45 años, y a esta edad comienzan a aparecer pequeños triunfos biológicos. Cuando me dicen: llegaste a Seix Barral, les digo: a esa editorial se llega por viejo.

P.: Cine y televisión tienen en su obra una fuerte presencia.

J.J.B.: Mirar televisión es como un hábito reprimido en público por los escritores, pero en privado todos son bastante adictos a la tele. Yo estoy atento a la tele, pero de una manera muy fragmentaria. Me cuesta ver películas por televisión o seguir series, salvo excepciones. Pero estoy al tanto de muchas cosas a través de la televisión. Es un discurso además de moderno muy influyente como para no prestarle atención. Mis personajes de «Grasa» y «Patriotas» si bien su origen no es la televisión, terminan en la televisión porque es el gran escenario público.

P.: La influencia del cine en su obra se nota, por caso, en el comienzo de «Toda la verdad», que recuerda a Wim Wenders.

J.J.B.: Cuando uno escribe no se detiene a pensar con qué imágenes se relaciona lo

que se está contando, pero el personaje de «París Texas» caminando por lo que sería la pampa californiana es muy impresionante. Alguien que camina hacia un universo desconocido es una imagen mítica que aparece muchas veces en el cine y la literatura. A mí me interesa sobre todo el cambio de rumbo, porque es salir de un personaje del que no sabemos qué va a ocurrir con él.

Entrevista de Máximo Soto

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