10 de febrero 2017 - 00:22

Las cadenas de valor en Argentina

Las marcadas diferencias entre los eslabones.

Uno de los avances que se ha dado en la producción de bienes y servicios es el encadenamiento de las actividades, o de las cadenas de valor que forman parte del producto que es comprado por el consumidor final. Todo el sistema económico, de la economía real, tiene una interacción entre las cadenas de producción de insumos, su transformación en bienes finales y la distribución y comercialización de los mismos.

En este esquema, necesariamente, se encuentra la producción de alimentos, en todas partes del mundo, donde cada parte de la cadena es remunerada adecuadamente. Esto ocurre particularmente en países con producciones excedentarias de alimentos, como los Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Brasil, entre otros. En ellos, los miembros de la cadena perciben una rentabilidad razonable debido a que tienen objetivos compartidos de brindar al consumidor un producto de calidad, confiable sanitariamente y con precios adecuados, los cuales permitirán una rentabilidad a las cadenas que lo conformaron, para que por lo menos cubran sus costos de producción. En tal sentido, es mundialmente reconocida la productividad del sector agrícola, pero muchas veces, a partir de esta realidad tiene que absorber las ineficiencias de diferentes actividades de bienes y servicios conexos, que se generan tranqueras afuera.

Ahora bien, cuando se analizan algunas de las cadenas alimentarias de la Argentina como las vinculadas al sector lácteo, al frutícola o el hortícola, se puede observar que, mientras las cadenas comercial e industrial ganan plata, el sector productor de la materia prima básica no puede compensar sus costos de producción.

Es probable que existan muchas explicaciones para justificar estas situaciones, pero una de las respuestas que se puede considerar determinante, es que los objetivos de las cadenas que generan el producto final no son similares y hasta parecen antagónicas en virtud de sus resultados. Por ejemplo, es muy diferente la situación donde los productores participan de alguna manera en todas las etapas del proceso, en el marco del comportamiento del mercado, asegurando una rentabilidad adecuada a todos los integrantes de la cadena; de aquella situación donde una cadena componente prioriza sacar la mayor rentabilidad, a partir de una posición dominante, que permite que las ganancias sean transferidas a sus inversionistas, mientras el productor pierde plata porque no cubre los costos de los productos, que suelen en general ser perecederos. No caben dudas que el segundo caso es el que se manifiesta en la Argentina.

Algunos dirán que es muy difícil que los productores participen en todas las cadenas que integran un alimento, como ocurre en los otros países. Lo expuesto es cierto, pero es allí donde la política pública debería actuar en base al análisis de las rentabilidades que tienen las cadenas en base al poder de compra. En tal sentido es importante destacar que cuando se habla de rentabilidad sobre el capital, se está considerando el margen del producto por la rotación.

El productor en los casos mencionados tiene margen negativo y su rotación potencializa la pérdida. Asimismo, no se conoce el margen de un industrial o comercializador, pero no cabe duda que su rotación es de 10 a 12 veces. Por lo tanto, si un producto, como los lácteos o la fruta, le deja un margen del 10%, al multiplicarlo por su rotación, es muy probable que supere el 100%. Por lo tanto la política pública debería conocer la conformación de la ganancia de las cadenas, para luego establecer los medios que permitan que el productor al menos pueda cubrir sus costos.

Si no se actúa en esta dirección, el problema continuará y las ganancias quedarán en pocas personas en vez de contribuir a una justa distribución del ingreso entre los integrantes del proceso productivo y el consecuente efecto positivo sobre la población.



(*) Productor agropecuario

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