Los amargos testimonios de Fitzgerald

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Francis Scott Fitzgerald «El Crack-Up» (Bs.As., Crackup, 2011, 454 págs.) 

En febrero de 1936, a los 44 años, Francis Scott Fitzgerald, el más emblemático y exitoso de los autores de la «Generación perdida», abarrotado de deudas ha tenido que conchabarse en Hollywood como guionista. Zelda, la mujer que amó con pasión, se pasa hablando con las flores en el manicomio donde está internada. El se emborracha en el departamento de su amante Sheilah Graham, tratando de recuperar patéticamente la embriaguez del éxito que había vivido.

Siempre le ha ido bien vendiendo sus cuentos, pero ahora le falta inspiración y, pasando a formar parte de esos héroes que apasionan a Enrique Vila-Matas, para cumplir con el pedido de la revista Esquire, decide escribir unos ensayitos sobre la imposibilidad de escribir. El primero es «El Crack-Up», que se publica en febrero, y comienza diciendo «toda vida es un proceso de demolición» y pasa a explicar que hay golpes que vienen o parecen venir de fuera, y otros que vienen de dentro, que no se sienten hasta que ya es tarde para tomar alguna medida.

Hay en esas palabras esa agónica lucidez que pareciera privativa de los grandes artistas. Los golpes que le vienen de adentro son tres ataques cardíacos que terminan con él. Los golpes que le vinieron de afuera fueron muchos y contrapuestos, como para volverlo maníaco-depresivo. Comenzaron siendo golpes de suerte. A los 29 años con «A este lado del paraíso», «Hermosos y malditos» y «El gran Gatsby», ya era el «successful literary man» que había soñado, se había casado con Zelda, la «top girl» que pretendía, era festejado por ricos y famosos, pasaba de una reunión de celebrities en Nueva York a chocar copas con Hemingway en una brasserie de Montparnasse (así lo mostró Woody Allen en «Medianoche en París», y antes en «Zelig») y de ahí a la Costa Azul. Pero los golpes de la fama lo iban reduciendo a una marca, a alguien que queriendo saber por qué «los ricos son diferentes» había vivido esa vida a un costo económico y emocional que le comenzaba a revelar su rostro feroz donde el despilfarro acumulaba microtragedias. «A veces no sé si soy real o sólo un personaje de mis novelas», escribió.

Los textos que publicó en 1936, como advirtiera Emil Cioran en el más extraordinario ensayo que se escribió sobre el libro que comentamos, no son consideraciones de un novelista brillante y menos de un best seller. «Si Fitzgerald hubiese escrito sólo las novelas que le dieron fama, no sería interesante más que desde un punto de vista literario», explica el filósofo rumano, y agrega «por fortuna es autor de El Crack-up en la que describe su fracaso, su único gran éxito». Puede entregar su prosa lírica al encanto de una vida arruinada, pero al acercarse al abismo tiembla, y la fuga ya no es posible, el «crack-up», la bancarrota, lo devora.

Edmund Wilson, critico literario y enjundioso ensayista, que fue compañero de Fitzgerald durante el tiempo que el autor de «Suave es la noche» pasó por la Universidad de Princenton, y mantuvo la amistad toda la vida, reunió en «El Crack-up» los papeles que ofrecen la otra cara del gran escritor: piezas autobiográficas, notas en libreta de apuntes de narrador y guionista, algunas cartas que envió (reveladoras las a su hija) y que recibió de Gertrude Stein, T.S.Eliot, Edith Wharton, entre otros. Un imperdible conjunto de textos. Años atrás circularon dos ediciones traducidas en España; ésta, made in Argentina, resulta admirable, acerca y vigoriza el texto, y reúne por entero la edición tal como fuera programada por Edmund Wilson.

M.S.

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