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“Los caminos del vino” cada vez más internacional
La joven cellista suiza Estelle Revaz se lució con suites de Bach en uno de los mejores conciertos de la edición 2012 del «Festival Internacional de Música Clásica por los caminos del vino».
Entre el 30 de marzo y el 8 de abril hubo 51 conciertos, a cargo de unos 120 músicos provenientes de muy diferentes lugares del mundo y una amplitud geógrafica y espacial que incluyó 16 bodegas -en algún caso, con los músicos tocando en medio de la escenografía y el inconfundible olor de las barricas de roble francés cargadas de vino- repartidas por toda la provincia, la reserva natural de Villavicencio, el Museo Municipal de Arte Moderno, el teatro de la Universidad, el Museo Casa de Fader, capillas, espacios al aire libre y, por supuesto, el emblemático teatro Independencia frente a la plaza del mismo nombre en pleno centro de la capital, que fue sede de las galas centrales de cada noche.
Es difícil evaluar lo que fue artísticamente esta edición del festival, sobre todo porque no hay posibilidad alguna de ser parte siquiera de un porcentaje pequeño frente a las distancias, la superposición de actividades, la variedad de los escenarios y la gran cantidad de espectáculos.
Se puede, en cambio, hacer un repaso de lo ocurrido y del concepto general con que fue encarada. Para el caso, se decidió dedicar esta edición a Claude Debussy, en el 150 aniversario de su nacimiento, y Carlos Guastavino a 100 años de su nacimiento. Esta dedicatoria, de todos modos, fue más simbólica que concreta, a juzgar por los programas de los músicos participantes, que eligieron sólo excepcionalmente obras de esos compositores, aunque en rigor se escuchó mucha más música del argentino que del francés.
Hubo un homenaje a Tito Francia, más popularmente recordado por su participación en el movimiento del Nuevo Cancionero junto a Oscar Matus, Armando Tejada Gómez y Mercedes Sosa, que por sus composiciones asociadas al mundo clásico. Precisamente, el recital con obras de ese y de otros autores mendocinos, a cargo del guitarrista Jorge Troyano en el Museo Casa de Fader de Luján de Cuyo fue, sin dudas, uno de los muy buenos momentos del festival.
Llegaron músicos y cantantes de Estados Unidos, Brasil, Uruguay, México, Letonia, Suiza (muy bueno, por caso, lo que hizo la joven cellista Estelle Revaz) en su concierto de suites de Bach en la bodega Atamisque, de Tupungato), Francia, Rusia, Georgia, Alemania y, obviamente, la Argentina, con una muy nutrida presencia de coros, grupos de cámara y solistas de canto e instrumentos y un ballet de la provincia anfitriona. Los estilos musicales se mantienen prácticamente sin excepciones en los períodos barroco, clásico y romántico, sin mayores atrevimientos hacia la no tonalidad y, ni siquiera, hacia estéticas tonales pero más abiertas en la búsqueda, propias de la segunda mitad del siglo XX.
Todo es producto de la programación de la pianista Dora de Marinis -a cargo desde hace tres años-, del financiamiento del Ministerio de Cultura con un fuerte apoyo del Ministerio de turismo, y de una participación, claro, de las bodegas que aportan sus espacios para la realización de una parte significativa de las actividades.
En cuanto al público, como es previsible, no siempre se trata de gente habituada a este tipo de música, considerando además que el acceso se logra canjeando una caja de leche en polvo por una entrada. Esto, lejos de perjudicar el resultado final, termina beneficiándolo en su heterogeneidad de gustos y juicios previos.
Finalmente, hay que destacar dos cosas. Por un lado la sobriedad de los funcionarios a la hora de los discursos, que fueron muy pocos y breves, aunque siempre sea deseable aún menos. Y un renglón especial para la muy numerosa convocatoria, de turistas pero sobre todo de mendocinos, que tuvieron todos los conciertos; más llamativa aún vista desde Buenos Aires y considerando las distancias que muchas veces hay que recorrer para acceder a los espectáculos.
* Enviado Especial


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