26 de agosto 2015 - 00:00

Mamón, una alternativa para zonas cálidas

En la Argentina, las plantaciones de mamón están en Salta, Formosa y mayormente Misiones, pero no se aprovecha su potencialidad.
En la Argentina, las plantaciones de mamón están en Salta, Formosa y mayormente Misiones, pero no se aprovecha su potencialidad.
 Analizando alternativas productivas para zonas que no son núcleo se encuentran principalmente los frutales en latitudes tropicales y subtropicales, que amplían las opciones que pueden llevar a cabo los productores buscando diversas estrategias que hacen a la sustentabilidad y sostenibilidad de largo plazo del establecimiento. Provocar rotaciones con cultivos no tradicionales permite al dueño generar canales y nichos de comercialización, además de cortar las cadenas de enfermedades. Si es acompañado con fuerte conocimiento técnico como la biodinámica o la permacultura, también se pueden generar sinergias positivas, revirtiendo la erosión y degradación de los suelos. Un ejemplo es el mamón (carica papaya L.), también conocido como Papaya, Betik, Olocotón, fruta bomba, entre muchas denominaciones.

Siendo su origen en América Central y desplazándose hacia el sur principalmente, se hallan evidencias del consumo y cultivo en el continente americano desde las primeras civilizaciones precolombinas. Actualmente se ha expandido a todas las zonas tropicales y subtropicales del mundo, que generó un mercado mundial según FAO superior a los 11 millones de toneladas/año. Si bien hay más de 60 países que llevan a cabo el cultivo, entre India, Brasil, Indonesia, Nigeria y México se supera el 70% de la producción mundial. Los mayores importadores son Estados Unidos (que abastece principalmente de México y América Central), Sudeste Asiático en segunda instancia y, en tercer lugar, la Comunidad Europea.

La Argentina presenta producciones en Salta, Formosa y mayormente Misiones, pero no aprovecha la potencialidad que tiene en el aspecto climático. Se ubica según el INTA en el puesto 47 a nivel mundial, con producción total de aproximadamente 2.000 toneladas/año y destina poco más de 400 hectáreas a su cultivo.

Teniendo en cuenta que la mayor producción se logra en el primer año de cultivo, no se sugiere mantenerlo más de 2 años debido a que el tamaño de las plantas y su rápido crecimiento dificultan las labores; incluso sabiendo que la planta puede producir hasta los 20 años de edad, sólo el primero y el segundo año generan rindes de hasta 30 toneladas por hectárea.

Como bien destaca el INTA, el pequeño productor que sea poco tecnificado y no posea capacidad de generar sus propios plantines hace que sus ineficiencias en el costo de éstos se paguen hasta 12 veces más caro de lo que puede conseguir un gran productor. Esto obliga a reiterar y resaltar el concepto del valor intrínseco que posee el know-how en contraposición de los modelos de "paquete tecnológico". En adición, la poca densidad de plantas por hectárea que siembra el pequeño productor, consecuencia de sus altos costos de adquisición, lleva a que tenga que buscar al menos 1.500 pl/ha para optimizar las labores y costos fijos.

Cuando se compara el caso local con países donde el pequeño productor es altamente tecnificado y eficiente, como por ejemplo el clúster de North Queensland, Australia, se ve que el costo de implantación se diluye y se aprovecha hasta 15 años la misma planta, debido a que utilizan plataformas autotransportadas que se ajustan a la altura de crecimiento del árbol de papaya, eliminando el costo de obtención de plantines y de las labores culturales reiteradas en cada campaña.

(*) Lic. en Economía y Administración Agraria. Consultor en Agronegocios

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