Más que reivindicación “de género”

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«La fuente de las mujeres» (La source des femmes, Bel.-Fr.- It., 2011, habl. en fr. y ár.). Dir.: R. Mihaileanu; Guión: A.-M. Blanc, R. Mihaileanu. Int.: L. Bekhti, H. Herzi, Biyouna, S. Ouazani, S. Bakri.  

«Seguramente un cuento, porque, ¿qué verdad existe en esta tierra?», se ataja el autor al comienzo de este film, como aquel tango reo que dice «yo solo quiero contarte un cuento» y termina acogotando a la mina. En este caso, no habrá muertes, pero sí unos estiletes amablemente clavados en las tercas cabezas de machistas y fundamentalistas de variada especie, ya que el asunto se ambienta en algún pueblo islámico pero la moraleja le cabe a cualquiera.

Ese pueblo podría quedar en algún rincón del norte africano (el famoso Magreb) o de la península arábiga. Difícil encontrarlo, pero el autor nos da una clave. Es un lugar «donde una fuente brota y el amor se seca». Aunque tampoco hay que seguirlo a pie juntillas. La fuente brota, el amor amenaza secarse, pero a fin de cuentas esto es una película y todo tiene solución.

El autor es Radu Mihaileanu, el mismo de «Tren de vida», sobre la ingeniosa fuga de un pueblo entero bajo el nazismo, «Ser digno de ser», sobre el niño etíope que su madre entrega con falsa identidad para salvarlo de la hambruna, y «El concierto», gozosa reivindicación de unos viejos músicos frente a la criminal burocracia del Estado. Vale decir, un hombre que toca temas fuertes, nos enfrenta con ellos, y nos enseña a desarmarlos con imaginación y buen humor. En este caso, el tema también es fuerte. Empieza con un accidente que causa un aborto espontáneo. En un lugar de la aldea festejan el nacimiento de un niño, en otro lloran una pérdida. Encima, una pérdida que hubiera podido evitarse. Así es como las mujeres del lugar, víctimas de innumerables sufrimientos, se ponen firmes frente a los varones dominantes y las tradiciones aplastantes, y entre firmezas, cantos, bailes y dolores logran imponerse, discutiendo de paso con cualquier interpretación interesada del Corán.

El relato abreva en «Lisistrata», y también en un episodio real acontecido en una aldea turca hace apenas diez años. Pero como en ningún caso se trata de mujeres estricta y modernamente feministas, pues bien, acá también tienen sus sueños románticos, ven telenovelas mexicanas y mandan cartitas, hay varones reflexivos que terminan de su lado (incluso quien menos se espera, lo que hará rabiar a prejuiciosos y superadas), etcétera. Aparte, no es reivindicación ni reconciliación lo único que veremos. Junto al asunto principal, florecen unos apuntes sencillitos pero bien filosos acerca de otros temas vecinos, apuntes que sorprenden, causan gracia, y dejan pensando. Todo lo cual vale la pena y se disfruta con gusto, porque este director, lo único que tiene difícil es el apellido.

P.S.

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