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“Me perturba que el inglés sea hoy la ‘lingua franca’”
Sylvia Molloy, narradora e intelectual argentina de vasta trayectoria en los Estados Unidos, acaba de editar “Vivir entre lenguas”, un voluminoso libro de memorias basado en textos breves.
Sylvia Molloy nació en Buenos Aires y desde hace muchos años reside en Nueva York, donde fue profesora en la New York University, directora del programa de escritura creativa en español, y hoy es Humanities Emérita. Ha escrito las novelas "En breve cárcel" , "El común olvido" y "Desarticulaciones". Entre sus ensayos están "Las letras de Borges" y "Poses de fin de siglo. Desbordes del género en la modernidad". Cuando estaba a punto de regresar a Nueva York nos reunimos a dialogar con ella sobre idiomas, narrativa y cómo es "Vivir entre lenguas".
Periodista: En tiempos digitales, donde todo el mundo forzado por el celular ya lee y escribe, parecería que ser analfabeto es aquel que habla un solo idioma. ¿Vivimos un mundo donde la lingua franca es el inglés, y ya resulta inevitable?
Sylvia Molloy: Saber otro idioma, o poder pasar de un idioma a otro, se vuelve cada vez más indispensable. Me perturba que el inglés sea lengua franca, con lo cual hay un gran número de monolingües ingleses que se siente satisfechos porque hablan esa supuesta lengua franca, y que ignoran el detalle particular de todas las otras lenguas. Piensan que todo el mundo habla inglés. A mí me subleva esa situación de imperialismo lingüístico, porque no saber de la lengua del otro es no saber la cultura del otro, no interesarse por el detalle de la cultura del otro. Lo cual es grave, es negar un uso nuevo, es pensar que el mundo es homogéneo cuando realmente no lo es.
P.: En los Estados Unidos, donde el segundo idioma es el español y está en crecimiento, el candidato Donald Trump alardea su desprecio por la lengua de los latinos, de los mexicanos.
S.M.: Se expresa en un nivel de una ignorancia que sorprende. La New York University, donde yo enseñaba, tiene un programa que lleva estudiantes a países extranjeros, uno trae estudiantes a Buenos Aires. Y venían chicos movidos por la curiosidad intelectual, que, además de querer aprender español, querían conocer una cultura distinta. Eso ha ido disminuyendo cada vez más. Al punto que muchas universidades, que tienen sucursales aquí, dan cursos en inglés. Ya no hay ninguna diferencia entre estudiar en Nueva York y hacerlo acá. Y el requisito de la lengua ya no es necesario. Me pasó de hablar con un decano y decirle: los chicos necesitan tener por lo menos conocimientos básicos de español para tomar un colectivo, y me dice: "what is a colectivo? ¿Usted me dice que no se pueden arreglar en inglés?" No, el colectivero no habla inglés. Era como una especie de instrucción primaria a alguien que es decano de una universidad. Fue muy perturbador.
P.: En la Argentina de fines del siglo XIX, de los tiempos de la inmigración había cruces de idiomas, y un cierto bilingüismo. Pero había lenguas altas, el francés y el inglés, y lenguas bajas, populares, el gallego y el napolitano, la del tano de los sainetes. En ese tiempo se hablaba más de un idioma.
S.M.: Ese bilingüismo de la infancia de mucha gente se fue perdiendo. No se mantuvo el italiano, que fue muy fuerte. Eso ha pasado también en los Estados Unidos. Lo que ocurría es que el deseo del inmigrante era pertenecer a la cultura que adopta, volverse argentino, volverse estadounidense. Tenía que hablar en castellano y olvidarse del gallego, olvidarse del italiano, del polaco o del idish. En un curso en la universidad dije a mis alumnos: ustedes hablan inglés, pero sus apellidos indican que sus antepasados vinieron de otros países, ¿quiénes hablan otra lengua? Había pocos, o había algo vergonzante de decir que se hablaba la otra lengua. Una chica dijo: yo hablo idish con mi abuela porque no habla bien inglés... pero es solo en casa. "No lo dejen encerrado", le dije. "Vean la riqueza de ese otro idioma y háganlo salir de la casa".
P.: Hay idiomas que surgen de la necesidad fusionando lenguas como el splanglish, como el lunfardo, como él coliche.
S.M.: Esas mezcolanzas, que suelen ser vistas con desprecio por los puristas, son muy ricas en términos de creación. En mi libro cuento de cuando el escritor Pepe Bianco, visitando la universidad de Princeton, se juntó con un conjunto de hispanistas que le preguntaron ¿cómo era Américo Castro?, el autor de "La peculiaridad lingüística rioplatense", que había vivido en Buenos Aires, al que veneraban. Bianco les dijo que era muy simpático y que hablaba como una señora bien argentina. Estupor de esos colegas míos. Bianco explica: es que cada tres palabras en español dejaba caer una en francés, que lo habla muy bien. Total desconcierto. Esos hispanistas, tan atentos a la pureza de la lengua, no podían aceptar que el campeón de la heterodoxia, fiel a sus ideas, se atreviera a mezclar. La heterodoxia no es sólo con árabe y hebreo, como pensaban esos puristas del castellano, sino también con el francés, con el inglés, y el español.
P.: Usted ha escrito ensayos, novelas, relatos. ¿En qué genero se siente más feliz?
S.M.: En este momento, y eso puede cambiar, me siento cómoda con la forma corta de "Vivir entre lenguas". Son reflexiones, a veces pequeñas narraciones. No quiero adjudicarle un género. Es un híbrido que me permite encontrar una voz que reconozco como mía. Y que me impulsa a proseguir. Tengo mucho escrito sobre retornos. En un época de migraciones, tan cruciales como la nuestra, la idea de retorno, la de lo que se ha dejado atrás, lo que no se va a volver a ver, y la idealización de lo que se ha abandonado, me interesa mucho. En mi caso cuando parto de Nueva York es que me voy pero no me voy, y me voy pero no me voy cuando salgo de acá. Es parte de mi equipaje. Y en ese equipaje está Borges, que es una incitación a la escritura. Yo pienso a la escritura como una conversación, y acaso ese sea el termino que se podría aplicar a mí libro "Vivir entre lenguas". Siento que le estoy contando algo a alguien. Para mí el lector entonces está muy presente. Mi relación con Borges fue eso, una conversación. Y una de las muchas cosas que me interesan en Borges es el uso ejemplar que hace del detalle en la narrativa. Ancla el relato en un detalle revelador. Bueno, no empecemos a hablar de Borges porque sería una charla sin fin.
P.: ¿En qué están interesadas las editoriales en Estados Unidos?
S.M.: Hay distintas líneas en Estados Unidos. Lo que veo cada vez más es el interés por la narrativa muy larga, por las novelas kilométricas, donde las 600 páginas no son nada. Y me pregunto a qué responde eso, si la persona que compra ese libro lo lee realmente todo. Seguramente va a decir que lo leyó todo. Hay que tener un interés tan sostenido por esa cantidad de páginas en un momento en que todo nos está requiriendo salir afuera. Un momento en donde la gente pasa de una cosa a otra. La concentración, la atención, han cambiado mucho. Y concentrarse en una novela de mil páginas es algo anacrónico. Y sin embargo se editan. Y abundan. Yo busco las críticas en el suplemento literario de The New York Times, lo primero que miro es la cantidad de páginas, si son de 600 o más ni leo la reseña. Si un libro tiene menos me interesa más porque puede saber contar una historia. Hay escritores que respeto enormemente y saben hacerlo. Una es Lydia Davis, que reúne dos cosas muy importantes, por un lado el uso de la forma corta, y por otro ser traductora, y haber traducido a Proust. Por el contrario acabo de leer el libro lo nuevo de un latinoamericano cuyo nombre omitiré, premiadísimo, y me decía: cuántas frases innecesarias, cuántas aclaraciones en una misma frase, cuántos agregados en un mismo párrafo para llenar páginas.
P.: ¿En este momento prepara algo?
S.M.: Estaba muy centrada en "Vivir entre lenguas", pero como con todo proyecto, me quedaron cosas que no entraron en ese libro y es material para hacer otra cosas. Un amigo mío me dice que soy como el que amasa y le sobre un poco de pasta, y con eso amasa otra cosa. No me disgusta la comparación con la cocina; al contrario, me halaga.
P.: ¿Piensa volver a la novela, a los relatos?
S.M.: Tengo proyectos empezados, y es posible que retome una narrativa más larga, tipo novela. No me pronuncio porque todavía estoy entre lenguas.
Entrevista de Máximo Soto


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