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“No busco una obra homogénea ni claramente reconocible”
Pron: «Dado que lo que cuento es un fragmento de una historia colectiva ocurrida en la Argentina hace 40 años, podría ser refutado en todo o en alguna de sus partes, pero eso, a la vez, sirve para impulsar a otros a contar su versión de los hechos».
Periodista: ¿Por qué cada uno de sus libros es diferente al anterior, más allá de que sean de cuentos o novelas?
Patricio Pron: Es una aspiración mía. Hay continuidades formales y temáticas entre un libro y otro que el lector deberá encontrar, más que yo mismo. A diferencia de otros autores no busco una obra homogénea o claramente reconocible; al contrario. Uno de los principales atractivos de ser un escritor consiste, para mí, en ser diferente con cada libro. Esto se vincula con mis experiencias como lector en la que cada libro me ofrece las posibilidades de ser otro.
P.: ¿«El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia», nace de un deseo autobiográfico, de revisar la relación con su padre, de querer dar testimonio de un hecho político policial o ver desde afuera ciertos rasgos de la Argentina?
P.P.: El impulso inicial provino de esa instancia biológica donde uno deja de pensarse como hijo para comenzar a pensarse como padre. Si bien aún yo no soy padre, la cronología personal me insta a mirar hacia atrás y ver cómo fueron nuestros padres. Al hacerlo aparecieron hechos de mi infancia no exactamente agradables de recordar. Y un cierto mandato que quienes somos hijos de militantes políticos sentimos particularmente, y que cada uno resuelve a su modo. Pero seguramente no hubiera escrito esa novela si mi padre no hubiera enfermado y sintiera la necesidad de volver de Europa.
P.: ¿Cuánto hay de real y cuánto de ficción en su novela?
P.P.: Gran parte de lo que cuento sucedió realmente. El libro es fiel a los hechos. O al menos es fiel a los hechos tal como yo los recuerdo. Y le conviene la etiqueta de novela, porque narra hechos reales con herramientas de la literatura de ficción. Antonio Muñoz Molina ha advertido que «una gota de ficción tiñe todo de ficción». Esa frase descarga al escritor del peso de tener que asumir públicamente que lo que está contando es verdad. Ese gran peso está vinculado con la importancia que atribuimos a la verdad. Sostener que lo que uno dice es verdad es muy dificultoso. Dado que lo que cuento es un fragmento de una historia colectiva, dado que trato de algo ocurrido en la Argentina hace 40 años, podría ser refutado en todo o en alguna de sus partes, pero eso, a la vez, sirve para impulsar a otros a contar su versión de los hechos.
P.: ¿Cuáles son esos hechos?
P.P.: Cuando estaba buscando a mi padre, él a su vez estaba buscando a otro, a una especie de tonto faulkneriano de su pueblo en la provincia de Santa Fe, que había desaparecido de forma misteriosa. La búsqueda de mi padre se convirtió en una especie de obsesión, que concluyó cuando descubrió que ese hombre había sido asesinado para quitarle el dinero que había recibido por parte del Estado a modo de reparación por la muerte de una hermana suya, desaparecida en Tucumán en 1976. Al saber eso pensé que había una simetría entre los hermanos en la forma en que los habían hecho desaparecer por razones opuestas. Surgió en mí el tema de la herencia que los hijos de militantes políticos hemos recibido de nuestros padres como una escala de valores, una forma de ver el mundo, y que en el tiempo en que viví en la Argentina era una carga. Al menos los de mi edad que pasamos por una década de individualismo y gran frivolidad. El tipo de valores con que juzgábamos a la sociedad eran inadecuados para una sociedad que se celebraba a sí misma continuamente, por lo menos hasta 2001. En el caso de Alberto Burdisso, que relato, una herencia puramente económica que proviene de la muerte de su hermana va a terminar con su vida. Esos juegos de espejos encontrados me parecía que podían dar buena cuenta de un fragmento de la historia argentina de los últimos treinta años, y acaso impulse a alguien a contar los hechos de un modo completo y mejor. Por lo pronto, luego de que apareció mi libro, mi padre dio su versión de los hechos. Sus observaciones están en mi blog http://patricio pron.blogspot.com Es una lectura comentada, con datos, recuerdos y opiniones.
P.: ¿Es eso lo que lo lleva a los 24 años a irse a Alemania?
P.P.: La forma de ver el mundo inculcada por mis padres era inadecuada para evaluar la realidad argentina de los 90 sin sentir la degradación. Me fui como corresponsal de diarios de Rosario, y tuve la fortuna de que en la Universidad de Gôttingen se había jubilado el profesor de Literaturas románicas, y me invitaron a dar un semestre optativo sobre Literatura argentina, que se convirtió en un curso anual. Me ofrecieron hacer el doctorado en filología románica. Una vez que concluí el doctorado con mi esposa de ese momento, que es española, nos fuimos a España, ella a Sevilla con sus padres, yo a Madrid donde vivo actualmente.
P.: En su novela habla de Borges como un eje inevitable, y critica duramente a Sábato. ¿Qué piensa de nuestra literatura?
P.P.: Sé que a algunos les pueda resultar chocante que hable así de alguien que está muerto, pero nunca he pensado que el morirse constituya alguna especie de cualidad literaria, y menos de quien ha dejado una obra breve y modesta. Pero importa el presente de la literatura argentina que veo pujante, muy diversa, renovada en sus aspiraciones y sus formas. Y yo me sigo pensando como un escritor argentino cuyos libros dialogan con nuestra tradición literaria. Mis maestros son en su mayoría argentinos, por tanto la distancia física no ha supuesto de manera alguna desinterés por la literatura argentina actual.
P.: ¿A quiénes considera sus maestros?
P.P.: A una docena de obvios escritores muertos, y a una docena de escritores vivos. Hablemos de los vivos: Ricardo Piglia, Elvio Gandolfo, César Aira, un buen puñado de libros de Guillermo Saccomanno, Pablo de Santis, Martín Kohan, han sido muy importantes para mí. En cuanto a la literatura argentina más reciente, en la que creo que se me inscribe, me interesa lo que vienen produciendo autores más jóvenes que yo. Tengo puesta una gran esperanza en los autores que tienen entre 30 y 35 años. Y creo que la escritura de mi novela «El espíritu de mis padres...» hubiera sido imposible sin el ejemplo y el aliento que encontré en «La casa de los conejos» de Laura Alcoba, y «76» de Félix Bruzzone, dos autores de mi generación. En cuanto a la literatura actual hay una divisoria de aguas, para mi errónea, entre los que practican cierto clasisismo, que los pone del lado de la literatura conservadora, y los que consideran que la literatura tal como la conocimos ha muerto, y que hay que vincularla con otras cosas, como teleseries y juegos de computadora, que son el tipo de textos que se leen en la red, lo cual los coloca también del lado del conservadurismo, dado que su visión remite a las formas de entretenimiento populares. La forma en que produzco mis textos difiere de ambas posturas, una que se aferra a los contenidos, la otra a las formas. Para mí ambos aspectos son inextricables. Afortunadamente los lectores no establecen distinciones entre un tipo de literatura y otra. Con mi blog he intentado enriquecer la discusión. Algo a contracorriente, cuando sólo importa lo comercial y la discusión es cada vez más pobre.
P.: ¿Las nuevas tecnologías van a transformar la literatura?
P.P.: Nuestra cultura es espejo deformado de una base material donde son importantes las tecnologías, de modo que la cultura constituye una especie de prolongación, o es condicionada por los hábitos tecnológicos que tenemos. Aunque en muchos casos no se haya normalizado su uso. Gabriel Said cuenta que cuando comenzaron a publicarse libros impresos, los nobles de la época los compraban y los hacían copiar por copistas, porque consideraban que el libro impreso era vulgar y sólo valía la pena tener libros manuscritos. Ahora eso nos resulta gracioso porque lo vemos como un retroceso, pero es un buen ejemplo de que a menudo no sabemos qué hacer con las nuevas tecnologías. Y muy posiblemente aún no sabemos qué hacer con Internet. Y en algún momento echamos la vista atrás y vemos que cosas como el anonimato en la red han sido un gran error histórico, y nos preguntemos si la multiplicación de los contenidos en la red no supone en buena medida su invisibilidad. Cuando empecé a leer en Internet, lo primero fueron unas páginas muy precarias y fascinantes de Fogwill, uno de mis maestros. Con el tiempo la multiplicación de las herramientas para la publicación en la red hizo que cada vez fuese más difícil abarcar el panorama cultural. Actualmente resulta totalmente imposible. Pero los lectores inteligentes afortunadamente saben seleccionar.
Entrevista de Máximo Soto


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