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Nuevas tecnologías imponen su dominio en el arte 2009
La obra de Javier Olivera (hijo del cineasta Héctor, y también director él mismo) se sirve de una tecnología de alta definición para corregir digitalmente las imágenes y buscar efectos pictóricos.
Luego, el Centro Cultural Recoleta inaugura el jueves el encuentro «Estrategias del Video Arte Experimental», y el Museo de Bellas Artes se apresta para abrir la temporada el 3 de marzo con «Visión revelada» del fotógrafo cubano residente en EE.UU. Abelardo Morell. El 10 con «Still Life» del mendocino Cayetano Arcidiácono, el Malba anunció que por primera vez se presentará en la Argentina -y también en marzo- una muestra del célebre fotógrafo mexicano Manuel Álvarez Bravo, con 40 imágenes de época.
En estos días, la Fundación Alon exhiben fotos de una serie que Charly Nijensohn tomó en la extensa desolación del Salar boliviano de Uyuni para «El naufragio de los hombres», y VVVgallery muestra tres video instalaciones de Javier Olivera reunidas bajo el título «Un momento aquí».
Al igual que Nijensohn, Olivera aborda un tema dramático: la caducidad de la vida. Si las obras de Nijensohn son una clara referencia a los padecimientos de nuestro planeta, las de Olivera indagan la posibilidad de extinción desde la perspectiva del hombre, pero en ambas se percibe la fuerte influencia que ejercen distintos lenguajes, como el cine y la pintura.
Al entrar a la galería VVV se divisa un paisaje de pastos altísimos donde ingresa un hombre que se acurruca entre las matas. Los pastos comienzan a crecer sobre el cuerpo que finalmente desaparece de la pantalla. Se trata de un loop de 5 minutos cuya reiteración mecánica está usada como metáfora del devenir, sirve para subrayar la permanente e inexorable repetición de los ciclos de la vida y la muerte. «Uso el loop como una herramienta dramática», observa Olivera.
Buenos maestros
Con una formación de pintor (Luis Felipe Noé y Eduardo Stupía fueron, entre otros, sus maestros) que suma a la de cineasta (su primer largometraje, «El visitante» con Julio Chávez fue exhibido en festivales de varios países), el artista se sirve de una tecnología de alta definición para corregir digitalmente las imágenes y busca de modo consciente los efectos pictóricos, tanto del color como del estilo. Así, persigue la suave gradación de tonos del alemán Caspar David Friedrich para lograr la sensación de lejanía que caracteriza su pintura, y a la vez para transmitir el pathos del hombre que está sólo en el mundo.
El clima dramático de esta obra se quiebra con el auténtico humor del artista, cuando describe la resistencia que suscita enfrentar lo inevitable. Así destaca la patética desesperación de quienes recurren a todo antes de resignarse a la enfermedad o la muerte. En una escena que ostenta el tenebrismo barroco de Caravaggio, un santón toca la frente de una mujer que cae de inmediato hacia atrás y es sujetada por dos eficientes ayudantes.
El personaje, como uno de esos muñecos con peso en los pies que se bambolean pero nunca se caen, se levanta de modo «milagroso» hacia el santón (por el truco de poner la filmación en reversa y en cámara lenta), para nuevamente ser tocada y volver a caer de espaldas.
Olivera analiza tres modos muy diferentes de enfrentar lo ineluctable, y la tercera es la más cinematográfica y filosófica. Frente a un poema que se remonta a los orígenes de la cultura precolombina Náhuatl, que el artista leyó en una pared del Museo de Antropología de la ciudad de México y que brinda el título y la inspiración a la muestra, «Sólo un momento aquí», hay una proyección en blanco y negro. La imagen recuerda «La ventana indiscreta» de Hitchcock.
Apenas un tercio de la pantalla está ocupado por una ventana que permite espiar, a la manera de un voyeur, el interior de un cuarto donde una bella joven baila, se desplaza y se cruza, o se confunde, con su doble o con su sombra. En el contexto de la muestra la imagen resulta nostálgica, pero induce a pensar que aquello que no posee existencia no puede morir, y que esa sombra inexistente es lo único perdurable.
Los versos milenarios que el artista trasladó a la galería, resultan poéticos y lapidarios: «Si es jade, se hace astillas; / si es oro, se destruye; / si es plumaje de quetzal, se rasga. / No para siempre en la tierra, sólo un momento aquí».
Es decir: nada, ni la piedra más dura ni el metal ni el plumaje sagrado, dura para siempre, pero en la memoria flota todavía, como una sombra, la imagen de esa bailarina que recuerda las de Degas.
En el alegre edificio de la calle Aguirre de Villa Crespo, una vieja fábrica de muebles descubierta por la artista Nicola Costantino y reciclada por el arquitecto Horacio Torcello, donde viven y tienen sus talleres Gabriel Valansi, Sebastiano Mauri, algunos operadores culturales y la abogada española Cecilia Remiro Valcarcell que fundó la galería VVV, la muestra puede visitarse hasta fines de marzo.


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