4 de febrero 2009 - 00:00

Peña revela secretos de “Metropolis”

Con el mismo título de la película de Fritz Lang, el libro de Fernando Martín Peña registra una investigación que llevó 20 años y culminó con el hallazgo en Buenos Aires de un material que se creía perdido.
Con el mismo título de la película de Fritz Lang, el libro de Fernando Martín Peña registra una investigación que llevó 20 años y culminó con el hallazgo en Buenos Aires de un material que se creía perdido.
El año pasado se produjo en Buenos Aires el hallazgo de uno de los mayores tesoros de la historia del cine: el material faltante de la versión original de la obra maestra de Fritz Lang, «Metropolis». Pero el hallazgo no fue producto de un milagro ni de una casualidad, sino de unos veinte años de trabajo a cargo de Fernando Martín Peña, que ahora registró la historia de sus largas pesquisas y esfuerzos por encontrar ese material perdido en un libro publicado oor el Festival de Cine de Mar del Plata, sintéticamente llamado, «Metropolis».
Como va a pasar un buen tiempo hasta que se pueda ver la versión reconstruida del film, aquí o en cualquier lado (en Buenos Aires se exhibió una sola vez, a fines del año pasado, una versión reconstruida en video, y el material está ahora a disposición del organismo oficial alemán que preserva el patrimonio fílmico de ese origen), este libro no sólo es la crónica del hallazgo y sus porqué, sino también la promesa de lo que los cinéfilos podrán ver una vez que empiece a circular una nueva copia de la película tal como la concibió Lang en la década de 1920.
La historia contada muy sintéticamente sería así: Fritz Lang estrenó su versión original de «Metropolis» casi exclusivamente en Alemania, ya que para su exhibición internacional sufrió distintos cortes en duración. Gracias a una historia que le contó el recordado Salvador Sammaritano, Peña intuyó que, sin embargo, el estreno original en Buenos Aires habría sido el de la versión alemana completa del film, y que tal vez una copia de está versión podría haber sido parte de la colección privada de un hombre también apellidado Peña, aunque sin parentesco alguno con el autor del moderno hallazgo y del libro que nos ocupa.
El material de ese coleccionista durmió el sueño de los justos -no muy justamente- en el Fondo Nacional de las Artes primero, y luego en el Museo del Cine porteño, hasta que finalmente, recién en 2008, Fernando Martín Peña pudo echarle mano y descubrir lo que sospechaba desde hacía dos décadas: que los únicos vestigios de la versión original de un film esencial en la historia del cine se encontraban enn Buenos Aires.
Lo interesante de este libro no es sólo esta historia contada en detalle, sino también la interesante visión que nos da Peña sobre las características del incipiente negocio del cine en la Argentina durante la década del 20, cuando una ciduad como Buenos Aires era una de las más desarrolladas del mundo en términos de explotación cinematográfica. El libro es generoso en imperdible material gráfico que muestra el trabajo de marketing que se hacía en aquellos tiempos para vender una película. También es muy rico en fotografías y secuencias de fotografamas que ilustran las diferencias entre las versiones de «Metropolis» que habían sobrevivido hasta la fecha y las nuevas imágenes halladas en suelo criollo.
Resulta especialmente atractiva la reproducción de críticas de la época que, como era de esperar, en general no eran nada positivas hacia el trabajo de Lang, lo que demuestra las altas expectativas que tenía la crítica de un período donde las obras maestras abundaban al punto de terminar sin recibir el aprecio que merecían (en este sentido, las pretenciones críticas no sólo eran nacionales; hay un texto de H.G. Wells que habla pestes del film de Lang). Prácticamente el único comentario favorable a la magnífica «Metropolis» no es de un crítico sino de un joven cineasta que daría mucho que hablar en el futuro, Luis Buñuel.
Pero lo más interesante, a la vez que un poco tragicómico es la detallada crónica de los obstáculos burocráticos que impidieron a Peña dar con este tesoro durante casi dos décadas. El autor hace este relato nombrando a los burócratas con todas las letras, con una ironía y un sentido del humor que no deja de denotar la bronca lógica y entendible.

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