22 de marzo 2012 - 00:00

Regresa con alas un ícono del pop de los 60: Edgardo Giménez

Edgardo Giménez, figura central del Instituto Di Tella y el arte pop, junto a uno de sus aviones para la instalación «Fiesta en el cielo», patrocinada por la Asociación Argentina de Aeronavegantes.
Edgardo Giménez, figura central del Instituto Di Tella y el arte pop, junto a uno de sus aviones para la instalación «Fiesta en el cielo», patrocinada por la Asociación Argentina de Aeronavegantes.
Rodeado de coloridos aviones en vuelo, Edgardo Giménez se pasea por el pabellón 3 del Centro Cultural Borges, seguido por algunos asistentes. Todavía permanecen algunas escaleras con las cuales arreglar ciertos detalles de terminación, o alguna parrilla de luces que ajustar para dar con el tono exacto requerido. Giménez, un gigante del arte pop argentino, es un perfeccionista. Y aunque el resultado final de sus trabajos siempre sea fresco, como nacido de la espontaneidad, el trabajo que esconde es intenso.

«Una de las cosas que más me gustan del pop es que no requiere de conocimientos previos en el contemplador. Es un arte directo, alegre, va directo a los sentidos», dice a este diario un poco después. La instalación, que se inaugura hoy a las 19, lleva por título «Fiesta en el cielo», y tiene la particularidad de haber nacido de un encargo de un sindicato, la Asociación Argentina de Aeronavegantes.

«Por cierto, fue un hecho insólito, estimulante, y hasta algo exótico», sonríe al recordar cómo nació el proyecto. «Y digo exótico porque el secretario general, Ricardo Frecia, recién verá la muestra el día de la inauguración. Con esto quiero subrayar que la libertad con la que he trabajado fue completa, más allá de que el tema de la instalación fuera, por supuesto, la aeronavegación. Salvo en Londres y quizá en alguna otra capital europea, no conozco más casos en los que un gremio impulse una exposición con fines puramente artísticos de las dimensiones de ésta».

Inevitablemente, en la conversación aparece el recuerdo del Pulqui, el llamado «avión peronista», pero Giménez sonríe: «No, no, nada que ver. Esta instalación actúa en el ámbito de la fantasía, no en el de la política. Los aviones son modelos ampliados de avioncitos de juguete, con colores muy intensos. Toda la muestra es un juego, desde el momento en que la idea que la guía es puramente lúdica. El avión, mucho más que otros medios de transporte, influye sobre nuestra imaginación, y en consecuencia sobre el juego. Quizá ésta sea la razón de que se estén acercando a esta muestra tanto chicos como grandes, es decir, ya están curioseando desde hace tiempo, por encima de las cintas de contención ya que recién se inaugura el jueves [por hoy]. Hace unos días una señora me insistió en que la dejara entrar, estaba ansiosa por recorrerla, y se lo permití. Creo que el arte, en general, ha perdido demasiado la noción de juego, y eso es lo que el arte pop siempre mantiene en alto».

Giménez, a lo largo de su vasta carrera, ha trabajado casi siempre en el diseño de una «imagen urbana»: urbanismo es lo plano de las ciudades, el nivel de la tierra. Ahora el plano es otro, el aire: «Sí, lo pensé desde ese concepto», responde, «pero yo diría que hay un lugar intermedio: los aviones están suspendidos del techo, para reproducir la idea del vuelo. Me figuro el espacio que ocupan en términos de un hangar. Es decir, no un hangar terrestre, con los aviones sobre la tierra, sino un hangar en el cielo, con los aviones agrupados y sin embargo en vuelo. La muestra, además, se va a completar con un elemento interactivo, ya que habrá proyecciones sobre una pared grande, con la historia de los aeronavegantes, con backstages del montaje de la instalación, que llevó un trabajo muy intenso durante todo el verano».

Sobre lo específico de ese trabajo, agrega: «Trabajé con Miguel Battaglia, quien realizó los aviones a partir de modelos. Las piezas finales son réplicas inmensas de esos pequeños avioncitos con los que todos jugamos en nuestra infancia. Y el espacio de esta galería es privilegiado, porque además de ser un centro cultural hay una galería comercial, y eso atrae de otra forma al público. Los aviones, además, están rodeados por imágenes de azafatas, que son fotografías de modelos, amplificadas y dispuestas sobre las paredes. Yo siempre estuve convencido de que el arte debe escaparse de los museos, de las galerías, y filtrarse en la vida cotidiana, ser parte de la realidad en la vía pública, por ejemplo. Para tomar mi ejemplo, al día de hoy me siguen recordando las imágenes que yo creaba en los 80 para el Teatro San Martín, por caso esos cilindros, esas esferas. Aquellas imágenes estaban en la calle, en la avenida Corrientes, formaban parte del paisaje de la gente, que empezó a incorporar al Teatro San Martín a través de lo que comunicaban tales imágenes».

Frecia coincide con el artista en un texto que escribió para la muestra: «Hemos sacado la historia de un lugar de tratamiento elitista para ofrecerla folklóricamente, lo que nos permite relacionarnos de otra manera con la sociedad y con nuestra propia identidad».

En la conversación, el recuerdo del Instituto Di Tella vuelve varias veces: «En tiempos como los actuales, de desarrollo tecnológico tan veloz, de programas computarizados, de digitalización de todo, la imagen de las ciudades es mucho más estándar que en los 60, por ejemplo», señala Giménez. «Eso se advierte especialmente en la publicidad: en mi juventud, yo hacía a mano las letras, era una tipografía por entero manual. Y no hay más que ver quiénes hacían publicidad gráfica por entonces: Rómulo Macció, Juan Carlos Distéfano, en fin. Yo tuve la suerte de trabajar más de dos décadas junto con Jorge Romero Brest, y una de sus tantas frases puede aplicarse perfectamente ahora: Sólo es lo que está en constante cambio. La cultura que continúa irradiando el Instituto Di Tella desde los 60 hasta hoy es increíble. A mí vienen a verme constantemente investigadores del arte, tanto argentinos como del exterior, para preguntarme por el Di Tella. Su energía no se apaga, fue un fenómeno irrepetible».

M.Z.

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