4 de abril 2012 - 00:00

“Reus”: el cine uruguayo se hace ver con un policial

El policial «Reus» transcurre en ese popular barrio uruguayo al que la llegada del paco transformó su fisonomía y tranquilidad.
El policial «Reus» transcurre en ese popular barrio uruguayo al que la llegada del paco transformó su fisonomía y tranquilidad.
Mañana se estrena «Reus», policial uruguayo ambientado en ese pintoresco lugar de Montevideo llamado también «el barrio de los judíos». Exito mayor a 50.000 espectadores en su país (cifra que ya también acá es envidiable), dialogamos con dos de sus autores: Eduardo Piñeiro, director de actores que propuso la idea, y Pablo Fernández, sueco que a los 8 años conoció la tierra de sus padres y ahí se quedó. El tercero es Alejandro Pi, argentino de nacimiento.

Periodista: ¿Cuánto de verdad tiene esta historia?

Pablo Fernández: Tratamos de ser realistas. Eduardo es de ahí, mi padre también, además investigamos largamente, hablamos con los comerciantes, fuimos sabiendo la relación entre ellos y las bandas barriales, los acuerdos por favores, seguridad, etc, y otras historias más cotidianas. Ahí, por ejemplo, están la sinagoga más vieja de Uruguay, que después la arreglaron gracias a la película, y el Atlético Goes, un club de básket muy sufrido, de poca suerte. «Aguante el Goes», se dice.

Eduardo Piñeiro: El Reus es muy particular, al norte fueron los judíos pobres, al sur los negros, luego se sumaron otros, en algún momento el equilibrio se rompe. Cuando en 2004 empezamos nuestra investigación, nadie imaginaba todo lo que iba a causar el paco. Nosotros lo que hicimos fue «un policial de barrio».

P.: ¿Y cómo lo tomó el barrio?

E.P.: Bien, la colectividad, las bandas, los vecinos. La policía y los coroneles se abstuvieron de opinar. Pero ya desde el casting el Reus nos dio una mano tremenda.

P.F.: Si, primero pedimos a la Sociedad Uruguaya de Actores. Nos cayeron modelos, jóvenes carilindos. Entonces hicimos una búsqueda amplia por los barrios, y estuvimos dos años recibiendo gente en el salón comunal del Reus. Y elegimos gente con y sin experiencia, como Mauricio Navarro, que trabajó con Natalia Oreiro en «El deseo», un abogado que hace de líder entre los comerciantes, el doctor Walter Etchandi, y muchos chicos de exacto «physique du rôle», pero que habitualmente hablan muy cerrado y había que enseñarles a ser claros, a respirar, etc. Así, aprendían técnicas actorales por un lado, y por otro ajustaban el léxico de los diálogos y nos transmitían la tan necesaria naturalidad.

E.P.: Siguiendo el modelo de producción de la brasileña «Ciudad de Dios», creamos la Oficina de Actores, un taller de cuatro meses en un teatro under con olor a gato, donde también aprendieron a concentrarse y tener una mística. Les gustó, no faltaron a un ensayo.

P.F.: También contratamos a dos chicos que trabajan con adictos, para explicarles cómo está un pibe tras dos días fumando paco, nos ocupamos del transporte de cada uno, el catering, los hicimos inscribir en la Sociedad de Actores, todo eso lleva plata, pero yo era el productor ejecutivo, y firmemente creo que el productor que no pone todo como se debe, bueno, eso honestamente se llama robar. No hay otra palabra.

E.P.: Creamos una familia, todos uno. El negro Alberto Acosta, uno de los actores principales, venía de un momento muy difícil, hoy por suerte le está yendo muy bien, y nunca faltó. Un día les mandamos escribir en una hoja la autobiografía de sus respectivos personajes. Se lo tomaron en serio, se notaba que sentían a sus personajes.

P.F.: Uno puso «Yo era cadete de farmacia, hasta que empecé a tomar pastillas». Hay tantas historias como esa.

P.: La que ustedes cuentan no es la clásica.

P.F.: Claro, porque quisimos mostrar lo humano de esos personajes, no quedarnos en el estereotipo. El negro que se enternece con los chicos y en otra parte usa un bufoso, el comerciante que sigue fiel a su barrio de origen aunque ahora viva en Pocitos, la mujer que es la jefa de la casa, y lo marca muy bien, aunque su hombre esté en la pesada. La rompimos con eso, en las demás historias de mafiosos las mujeres son sumisas.

E.P.: En la búsqueda de un actor principal dimos con el folklorista Camilo Parodi (mucho después supimos que era hijo de Teresa Parodi). Como no podía ir a ensayar a Montevideo, y su personaje salía de la cárcel, lo hicimos poner en situación mandándole que le escriba cartas «desde la cárcel» a la actriz que hace de mujer suya, y ella le respondía. Son recursos que fuimos aprendiendo.

P.: ¿Cómo fue el rodaje?

P.F.: Excelente, nada improvisado. Después todos nos dedicamos a volantear, y lo seguimos haciendo todo el tiempo que la película estuvo en cartel: nada menos que tres meses. Los docentes llevaban a sus alumnos, todos se quedaban a debatir, el profesor, el público común, la parejita con el mate que venía en su motito desde otro lado. Y los piratas, fuimos a pedirles que tuvieran consideración, y la tuvieron. Todo el tiempo que la pelicula estuvo en sala, ni un mantero salió a venderla.

E.P.: Ahora por la calle nos piden la continuación. Quieren saber cómo sigue la vida de los personajes.

Entrevista de Paraná Sendrós

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