Hasta la última década, los modelos de acumulación empleados en la Argentina no diferían en grandes rasgos de los que se habían aplicando, en general, en el resto de Latinoamérica. La región fue agroexportadora entre el siglo XIX y principios del XX. Años más tarde, como resultado de la contracción del comercio internacional derivada de las guerras mundiales y del estallido de la crisis de Wall Street, iniciada en el año 1929, se produjo la necesidad en la región de industrializar para llevar adelante un proceso de sustitución de importaciones.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
En la posguerra fueron surgiendo en distintas economías latinoamericanas procesos de sustitución de importaciones más ambiciosos, estatalmente planificados. La Argentina había sido pionera y otros vecinos la siguieron.
A fines de los cincuenta y mediados de los setenta, se inició en casi toda la región una nueva dinámica de industrialización, en esta oportunidad liderada por la inversión extranjera directa. No obstante, desde mediados de los setenta, a fuerza de dictaduras militares, se comenzaron a aplicar políticas neoliberales sostenidas a base de endeudamiento. Ellas desmantelaron las estructuras industriales de la región, quedando solamente Brasil y México como satélites industriales densamente poblados de mano de obra barata y sin organizaciones laborales fuertes.
Desde fines de la década del setenta, Latinoamérica fue afectada por el alza de las tasas de interés y estuvo estancada más de diez años. Luego de la caída del Muro de Berlín (1989), recobró fuerza en los noventa el ingreso de capitales financieros especulativos y la desregulación de los mercados.
Después de cumplir con creces las recomendaciones del FMI, la región, y en particular nuestro país, padecieron la mayor degradación de su estructura productiva y social de la historia. En el nuevo milenio resurgió en Sudamérica el modelo extractivo de recursos naturales. Sin embargo, después de un año de cumplimiento de recetas recomendadas por los grupos financieros internacionales, la Argentina, por primera vez en su historia, a partir de 2003 se desacopló del modelo regional. El país recuperó su industria a través de una administración soberana que implicó también la necesidad de desendeudarse, con el objeto de evitar presiones externas.
El nuevo proyecto lidió con graves problemas heredados: las enormes deudas contraídas en los períodos previos, la degradación industrial, la destrucción de oficios y la pérdida de confianza en sus instituciones. Los programas económicos del pasado habían provocado, además de la peor crisis de la historia local, una extrema dependencia de los grandes centros económicos globales en materia tecnológica y financiera.
Los gobiernos de Néstor Kirchner y de CFK recuperaron la capacidad de intervención estatal en la economía, contraponiéndose a las recomendaciones del FMI. Por eso, fueron rechazados por grandes grupos de poder. Uno de los que más oposición expuso fue el agrícola, que se enfrentó abiertamente a la redistribución de recursos extraordinarios originados por la riqueza de nuestras tierras.
Las políticas evitaron los condicionamientos externos que pretendían que la economía nacional se concentrara en su función agroexportadora como el resto de la región en la división internacional del trabajo. La Argentina se corrió de ese eje global de acumulación. Y, a pesar de las secuelas de décadas de antidesarrollismo, la economía nacional, sin el apoyo externo, a diferencia de lo ocurrido en el resto de la región, logró revertir el sendero de abandono de sus capacidades productivas industriales.
Este año, por lo tanto, es de esperar una profundización de este ciclo de refortalecimiento industrial, en un contexto que requiere de estudios intrasectoriales, especialmente en los rubros más dinámicos, para continuar con el proceso sustitutivo que dinamice y fomente la industria argentina, generadora de valor agregado y empleo.
Dejá tu comentario