10 de abril 2012 - 00:00

Robbins: “1984 siempre tiene algo que decir a todos”

Tim Robbins inaugura el jueves la temporada del Teatro San Martín con su versión del clásico «1984» de George Orwell.
Tim Robbins inaugura el jueves la temporada del Teatro San Martín con su versión del clásico «1984» de George Orwell.
Con botas texanas, Tim Robbins llegaría a los dos metros. Pero prefiere unos zapatos sencillos. Así vino en 2006 al Festival de Mar del Plata, para dar una clase magistral con Susan Sarandon, y así vuelve ahora, para dar otra clase y abrir con su grupo The Actors Gang la temporada del Teatro San Martín con una adaptación de la novela de George Orwell «1984». Dialogamos con él:

Periodista: Ante todo, ¿qué es este grupo?

Tim Robbins: Como su nombre lo indica, es una banda de actores renegados. La fundamos entre amigos en 1981, apenas recibidos, y ya llevamos treinta años por diversos tablados, siempre con la idea de hacer un teatro vital, impactante, generador de empatía con los espectadores, y con un repertorio que no es precisamente de comedia musical. Me gustan los musicales, y las comedias, creo que es legítimo entretener al público, pero nosotros quisimos hacer la otra parte, el drama de cuestionamiento social y existencial. Primero nos apoyamos en obras europeas. El realismo norteamericano es bueno, pero creo que funciona mejor en el cine que en el teatro. Después, con el tiempo, fuimos incorporando autores americanos, como Michael Gare Sullivan, que hizo esta adaptación de «1984».

P.: ¿Quién es Sullivan?

T.R.: Es el director del San Francisco Mime Troupe, y también dramaturgo. Él hizo esta versión, y al leerla creí que estaba inventando, pero después releí el libro y ví que le ha sido muy fiel. Por supuesto, no podemos contarlo todo, pero ahí está el sentido de la obra, su angustia y su esperanza también, porque «1984» no es un libro pesimista como muchos creen. Después del último capítulo hay que leer el apéndice, donde Orwell sugiere la supervivencia del amor y el espíritu de libertad. Un apéndice con algo de Thomas Jefferson, autor de nuestra Declaración de la Independencia. Sullivan redescubre también el humor de Orwell, algo que muchos olvidan. Por ejemplo, la versión con John Hurt y Richard Burton era demasiado gris, casi oscura, y el libro habla de un mundo vistoso, con pantallas luminosas, coloridas.

P.: No sólo el miedo sino también los espejitos de colores.

T.R.: Sí, porque para seguir en el poder los gobiernos meten en la gente el miedo y el odio a un supuesto enemigo externo, inacabable. Como nunca se lo derrota del todo, la propaganda sigue. Orwell imaginó el uso del terrorismo como excusa para controlar a los ciudadanos, y también otras excusas. Nosotros, cada vez que fuimos a una guerra fue porque tuvimos miedo. Pero además, él también imaginó el recurso de las pantallas de televisión enviando mensajes de fantasía, que el país está mejor, la producción aumenta, somos todos felices, etc. Y todos los gobiernos apelan a esta propaganda, no sólo las dictaduras. Hay un particular sentido del humor en el análisis de estos engaños.

P.: ¿Y todo lo del libro está trasladado a escena?

T.R.: Y sin demasiado despliegue. No creo en las obras de escenografía muy ostentosa. Trabajamos con lo esencial del teatro: los actores, que en esta obra son apenas media docena. Gracias a ello también pudimos recorrer casi todo Estados Unidos y algunos otros países.

P.: ¿Cómo recibieron la misma obra los diversos públicos?

T.R.: Cuando la estrenamos en 2006 la gente estaba indignada con la noticia de los abusos carcelarios de nuestro propio ejército. Ese fue el disparador inicial. Más tarde tomaron peso otros temas de la obra. «1984» siempre tiene algo que decir. En Hong-Kong los chinos estaban paralizados de asombro, esa obra les hablaba de un sistema que conocían de cerca. En Madrid, Bilbao, Barcelona y otras ciudades españolas, les revivía recuerdos del franquismo. Ahora la presentamos en el Festival Latinoamericano de Teatro de Bogotá, y la variedad de reacciones fue impresionante. Me interesaría mucho hacer una gira por todo el continente.

P.: ¿No ha pensado llevarla al cine?

T.R.: Tuve esa idea, pero ya otra gente compró los derechos y creo que harán una película el año próximo.

P.: Hablando de eso, ¿piensa volver al cine?

T.R.: Claro, incluso seguiré actuando en pasatiempos, porque tengo una hipoteca y debo pagarla. Me haría feliz si tuviera más ofertas de películas serias, pero no puedo confiar a Hollywood mi felicidad. Hollywood es una novia traicionera.

P.: ¿Y la televisión?

T.R.: Hace dos años que no tengo. Le cuento, porque esto también es de Orwell. ¿Recuerda los «dos minutos de odio»? Los personajes de «1984» son diariamente convocados para volcar su odio al «enemigo» que la televisión del régimen les pone en pantalla. Bueno, yo sin darme cuenta dedicaba dos horas de odio mirando los programas políticos, y me enojaba con George Bush. ¡Lo aborrecía! Hasta que entendí mi error. Si ya sé lo que pienso, cómo voy a votar, etc., ¿para qué tengo que ver a alguien que me cae tan antipático? Dejé de ver televisión y me pasó algo maravilloso: volví a escuchar música.

P.: Y a tocarla.

T.R.: Bueno, eso es un gusto que me doy entre amigos y a veces aparezco en un escenario. El músico de la familia era mi padre, Gil Robbins, que en los años 60 supo integrar el conjunto folklórico The Highwaymen. Yo tuve el gusto de incorporarlo como arreglador y actor en un par de mis películas, y también a mi madre.

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