- ámbito
- Edición Impresa
“Rodamos con camorristas, pero nos llevamos bien”
Salvatore Cantalupo es el sastre en «Gomorra»: «en Nápoles -dice-, muchos desocupados encuentran en la Camorra el trabajo y la seguridad social que no les da el Estado».
Periodista: ¿Es cierto que algunos de los que aparecen en el film son verdaderos miembros de la camorra (la mafia napolitana)?
Salvatore Cantalupo: En este momento, tres de los que aparecen ahí están presos. La verdad es la verdad. Cuando se contrata a un extra, no se le piden los antecedentes penales. Los del barrio querían verse en la pantalla, estaban entusiasmados, y bueno, tenían la facha indicada. Después usted se da cuenta.
P.: Ustedes rodaron en una zona peligrosa.
S.C.: Sí, teníamos custodia policial, pero nos llevábamos bien con la gente. Es más, Matteo Garrone, el director, se enganchó con una chica del lugar, ahora viven juntos, y tienen un hijo. Quien tiene un riesgo mayor es Marco Risi, que está haciendo un film sobre un famoso periodista asesinado.
P.: En su caso, ¿la camorra no amenazó al director ni a los actores?
S.C.: Nadie tuvo problema, solo Saviano, el autor del libro original. Es extraño, porque la película se difunde más que el libro. No sé, no les habrá gustado su cara.
P.: Hay muchas películas sobre diversas clases de mafia. ¿Por qué «Gomorra» llamó tanto la atención?
S.C.: Supongo que será porque las otras siempre pintan a los mafiosos como pintorescos. El malo viene a ser casi adorable. Aquí no hay nadie querible. Desde la primera escena vemos la realidad cruda y desnuda. Y el montaje ayuda: una escena tras otra, parece «Calles peligrosas» de Scorsese pero es la pura realidad que muchos napolitanos no quieren ver, y menos los políticos.
P.: ¿Cómo lo ve usted?
S.C.: El juego es simple. Hay mucha desocupación, y ellos ofrecen trabajo, seguridad, abogados, pensión a la familia si cae preso, pensión a la vejez si llega a viejo, todo en negro por supuesto. Cuando yo era chico, el municipio prohibió la pesca en cierto sector. Entonces esa gente se dedicó al contrabando de cigarrillos, que conseguían del cuartel militar de EE.UU. que estaba al lado de la comisaría. Después siguieron con las drogas, ahora invierten en la construcción. Igual pasa en Afganistán, en cualquier lado. Lo han inventado bien. Para mí la globalización también es como la camorra. Y cualquiera, en cualquier ámbito, que se engolosine con el poder y sin respetar a los demás, o que haga sus propias leyes y se quiera llevar todo por delante, es un camorrista, o camorrero, como dicen ustedes.
P.: ¿Será que esto no se puede controlar?
S.C.: Para muchos, la camorra es solo una cosa típica de Nápoles, como la mandolina. Pasa en unos barrios, en otros no. En unos oficios, en otros no. Al tallercito de costura de mis abuelos nunca lo molestaron, por suerte. Pero hoy se vive al borde de la exasperación y el gobierno prácticamente no ayuda gran cosa. Me da pena, porque es mi ciudad, y la amo muchísimo.
P.: Así que usted en la película hace el oficio de sus abuelos.
S.C.: Mis abuelos, mis tíos, mi madre, todos fueron sastres. También yo enhebraba y cosía cuando chico. Así que fue solo recordar el oficio. El que hace de jefe mío, en cambio, nunca tocó una aguja. Es dueño de una casa de masajes.
P.: ¿La película le cambió algo la vida?
S.C.: Sigo en un conjunto musical, y con las actuaciones, empiezo a recibir más ofertas, puedo estar mejor económicamente. Estoy alerta para pegarle al ego apenas quiera encumbrarse demasiado, pero no creo que haga falta. Soy un simple ciudadano.
Entrevista de P.S.


Dejá tu comentario