“Se puede escribir más liviano cuando se navegó por oscuridades”

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Una mujer joven que mediante su esfuerzo personal ha logrado independizarse, vivir sola, tener una profesión y, también, una serie de fracasos amorosos, de pronto se ve invadida por una madre que odia y que padece Alzheimer. Sobre esos elementos Raquel Robles despliega «La dieta de las malas noticias», que editó Alfaguara, novela en tono de comedia y con cierto humor negro, donde reflexiona sobre las relaciones familiares y el propósito de alcanzar un destino propio. Raquel Robles es docente especializada en gestión de instituciones educativas, funcionaría del área estatal especializada en adolescentes en conflicto con la ley penal. Hace 4 años ganó con «Perder», su opera prima, el Premio Clarín de Novela. Dialogamos con ella.

Periodista: ¿Fue a partir de algún régimen para adelgazar que se le ocurrió una dieta de las malas noticias?

Raquel Robles: Bueno, si bien hay gente que con las malas noticias come mucho, hay otra que come poco y nada. Para los que quieren comer poco es una buena dieta porque, mire, los nervios cierran los conductos y en un determinado círculo de estrés y ansiedad, qué quiere que le diga, se termina bajando de peso. Y también uno se pone feo, vea, pero ésa es otra cosa.

P.: ¿Cómo surge en usted ese régimen como un elemento narrativo que le sirve para una especie de comedia de humor negro?

R.R.: Me parece que hay en eso algo bastante femenino que da uno de los rasgos de Paula, la narradora. Aunque, pensando en los cuidados de ciertos hombres, en los metrosexuales, esto que digo estaría un tanto desactualizado. Pero, aun así, diría que hay una preocupación femenina que no cesa por la imagen que está ligada a ser mujer. Y eso, desde ya, aunque haya otras preocupaciones más trascendentales, más importantes, más profundas, más esenciales. Ese cuidado resulta incesante, por lo menos en Buenos Aires, en otras ciudades del mundo donde me ha tocado estar no está tan presente el culto de la figura, hay más modelos de referencia, más maneras de ser, más modos de seducir que sólo por la imagen. Acá el código de qué es lindo y qué es feo es muy estricto. Y eso, aun a las mujeres que tienen preocupaciones menos frívolas, no deja de afectarlas. Todo eso me pareció narrativamente interesante porque genera una tensión, muestra una manera distinta de enfrentar los problemas. Además, eso le pasa concretamente a Paula, la chica del libro, que tiene varios frentes abiertos a la vez, la búsqueda de pareja, la idea de la maternidad, el trabajo, la competencia. Es interesante que en el género masculino hay más posibilidad de tener un tema dominante, un tema que suele estar más limpio de todas las otras potenciales preocupaciones.

P.: Usted vuelve sobre la relación conflictiva entre madre e hija. Paula no quiere aceptar que la madre viva con ella, pero eso se le impone, y es una resurrección del pasado.

R.R.: El Alzheimer de su madre tiene una expresión especial, aún tiene recuerdos, y así como algunos le son insoportables, otros le son atractivos. Ese problema de su madre le permite enfrentarla con algo más que el odio, por la debilidad actual del objeto odiado. Esa enfermedad no le permite expresar ese enojo que vino trabajando durante tantos años. Hay algo que se empieza a quebrar. Está frente a un sujeto que fue lo que fue, y eso es insoslayable, pero que ya no es lo que fue. Eso le da a esa madre la posibilidad de ser perdonada, y a Paula la de toda la energía puesta en ese odio repartirla en otras cajas.

P.: ¿Cuál es el aprendizaje que la narradora recibe de esa madre que va hacia el camino del olvido?

R.R.: La madre le dice: vos creés que sólo los justos sufren, que sólo los buenos sufren, y no es así. Abre la posibilidad de comprender al otro en toda su dimensión, que no significa olvidar lo que hizo ni el papel que jugó en la vida ni perdonar, sino complejizar al otro, verlo en su complejidad. Y ése es un aprendizaje hacia delante, y no sólo en relación con figuras del pasado. La dimensión de otro es muy compleja, hay maldades y hay cosas que están bien, sustentadas en un profundo sufrimiento, en un profundo egoísmo, y el que es profundamente egoísta puede tener un acto de profundo altruismo. El otro nunca es maniqueo, y el más hijo de puta puede ser un buen vecino. Lo simple es fácil de comprender, en tanto que la complejidad de las personas nos coloca frente a un obstáculo, sobre el que debemos avanzar.

P.: Su novela, con todo su humor y dureza, en el fondo, es una novela sentimental que hasta tiene un final potencialmente romántico, no digamos de happy end.

R.R.: Ojalá. Lo que nos da ese plus de energía que nos permite soportar lo que no toca soportar es la posibilidad, aunque sea potencial, de enamorarnos. Eso parece que resuelve todo y a veces no resuelve nada, pero es una fuente de energía, es lo que hace que una realidad que se padece, que se ve gris, rutinaria o, peor, horrible, de pronto toma otro color, y permite soportar lo que era hasta poco antes absolutamente desagradable. Si eso no aparece en el mapa, el mundo es muy hostil. Nos importa que aparezca aunque sea en potencia, aunque no suceda, aunque sea sólo lo búsqueda de conectar con otro de manera romántica, lo importante es el envión que nos da.

P.: ¿Esta novela es la contraposición, en tanto es una pérdida en la que algo se gana, de «Perder», su novela anterior?

R.R.: Es posible. Ésta se puede leer en la playa [Se ríe]; la otra pensaba que había que leerla con cuidado, que eran otros lo niveles del drama. Creo que se puede estar más liviano a la hora de contar cuando se navegó por oscuridades.

P.: ¿Qué autores le gustan y siente que la han influido?

R.R.: Creo haber nombrado a muchos en mi novela anterior. Me gustan los escritores que como John Irving son capaces de contar muy bien una historia. Soy una fan que lo sigue libro tras libro. Me gustan aquellos escritores que logran darle verosimilitud a cosas loquísimas como Stephen King que es capaz de hacernos creer cualquier cosa. Un buen ejemplo es su última novela, donde hay una puerta en una despensa que se abre al pasado, y de pronto va a estar una vez más, pero de modo distinto, del asesinato de Kennedy. Eso me gusta, porque a mí me gusta leer una historia. Cuando los rulos del lenguaje comienzan a ponerse por delante de la historia comienzo a sentirme molesta. Yo soy muy consumidora de relatos, de cuentos, y quiero saber qué pasa, y quiero que pase algo, y esto más allá de lo que el personaje piense o reflexione. Otro que a veces me gusta mucho es Paul Auster que en «El libro de las ilusiones» construye una historia muy bien estructurada donde ocurren cosas muy delirantes pero se vuelven efectivamente coherentes y verosímiles. Son autores capaces de transportar al lector y se van volviendo amigos con el correr de las páginas. Y voy a declarar algo que pareciera no tener relación con lo que escribo, pero a mí me gusta «Harry Potter». Joanne Rowling me parece una maestra en el arte de narrar, ha construido una historia que tiene un nivel de profundidad que surge del universo simbólico que desarrolló, la épica metafórica de sus novelas. Uno puede leerlas desde las más diversas perspectivas. Alguien puede ver lo que hay de psicoanálisis, y otro lo que muestra de la reciente historia argentina, y otro lo que hay de las viejas tradiciones de su pueblo. Y eso sin un solo rulo, con muy buenos trucos donde uno no ve la mano del mago sino la sorpresa que nos maravilla.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

R.R.: Estoy en pleno trabajo de una novela desde una voz infantil que cuenta lo que fue ser niño en los años setenta.

Entrevista de Máximo Soto

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