2 de marzo 2011 - 00:00

Seductora visión de una larga guerra

Seductora visión de una larga guerra
Eduardo Mendoza «Riña de gatos. Madrid 1936» (Bs.As., Planeta, 2010, 427 págs.)

«Riña de gatos» es una novela, entre otras cosas histórica. Como tambien lo es «El cementerio de Praga» de Umberto Eco, con su provocativa reconstrucción narrativa del nacimiento documental del odio a los judíos, o «El sueño del celta» donde Mario Vargas Llosa vindica apologéticamente la figura controversial de un irlandés considerado pionero del anti colonialismo.

La novela del catalán Eduardo Mendoza es novela histórica, pero también novela de acción, de espías, policial, romántica, costumbrista, y sobre todo un divertida historia de intriga, por momentos de un humor chispeante, que tiene como trasfondo una visión sarcástica del sainete político que se convierte en la durísima tragedia en la Guerra Civil española.

Para que el lector caiga en sus redes Mendoza utiliza un conjunto de seductoras estrategias narrativas. No se va a permitir que su «Riña de gatos» sea «otra novela de la Guerra Civil Española», para eso instala la historia unos meses antes, cuando «todo el país está en plena expectativa, y hay conjuras y misterios». Pero no todas son conspiraciones y preparativos, gente que quiere combatir y gente que quiere escapar, tambien hay lo de siempre, amores y amoríos, damas y prostitutas, señoritos y empleados, especuladores desaforados y modestos amanuenses, aristócratas que se sienten incómodos dados a elegir su lado, entre esos republicanos tan cercados de comunistas y esos incómodos cortejantes plebeyos del fascismo falangista. Mendoza para ofrecer esa visión panorámica elige el vodevil y la picaresca de forma que lo subyacente sea la distancia entre la belleza del arte eterno y la atrocidad de la contienda fratricida.

Un inglés experto en arte español, el treintañero Anthony Whitelands, llega a Madrid invitado por Alvaro del Valle y Salamero, duque de la Igualada, a residir en su palacete del Paseo de la Castellana y valorar su pinacoteca y en especial tasarle un cuadro de Velázquez, por si la cosa se pone de bombas y metralla y hay que huir. (Hay momento de tono ensayístico sobre la obra de Velázquez, deudores de los ideas de Ortega y Gasset, que enriquecen la trama; aunque el titulo «Guerra de gatos» corresponde a una obra de Goya, y remita al hecho de que desde la Edad Media a lo madrileños se los llama «gatos», y es en Madrid donde la tragicomedia se vuelve trágica).

A partir de esa ubicación privilegiada en una hogar de la aristocracia, donde se pasea el fanatismo y la estupidez, como en una clásica comedia de enredos, el inglés se cruzará con marqués de Estrella, entre otros condes, duques y marqueses, y con José Antonio Primo de Rivera (hasta que el padre de la Falange caiga en prisión por última vez), andará tras niñas de la alcurnia y será satisfecho por una prostituta de inolvidable familia esperpéntica. Anthony es absolutamente indiferente a lo que vaya a suceder con España (lo que preparan Franco, Mola, Queipo de Llano) al punto que ni siquiera advierte cómo en ese clima de sublevación se multiplican quienes lo siguen y persiguen considerándolo sospechoso: policías, diplomáticos, políticos, espías de todos los bandos. El inglés, que es una especie de taciturno Leslie Howard o un Hugh Grant flemático, se muestra indiferente, en realidad está perplejo porque no termina de entender como todo el tiempo se mete en problemas que se encadenan de modo desopilante. Con esta atractiva novela de intriga disparatada y fondo contundente, el gran escritor catalán conquistó los 600.000 euros del Premio Planeta 2010.

M.S.

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