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“Si se juntan la magia y la relojería, nace la literatura”
Gallo explica que comenzó a escribir ‘Nunca acaricies a un perro en llamas’ como una historia que empezaba en Japón, y se fue transformando en una novela estrictamente japonesa».
Periodista: ¿Cómo se le ocurrió escribir una novela japonesa?
Alberto Gallo: Es que como uruguayo, como diría Borges, soy oriental. Tengo una infancia un poco ligada al mundo japonés. Mi papá, que vive, tiene 84 años, cuando yo era chico era el Mago Jack en Canal 12 de Montevideo, un canal importante de televisión abierta, conocía a Fú Manchú, y lo llamaban para que actuara en los «Sábados Circulares de Mancera». Al mismo tiempo era relojero. Eso de algún modo explica por qué yo soy escritor. Si se junta magia y relojería, surge la literatura. El mecanismo de la escritura y la magia de la ficción. Mi papá tenía todos los trucos de magia en cajas con letras japonesas, que significaban cosas que fui preguntándole a lo largo del tiempo. El le arreglaba los relojes a la Sociedad Japonesa del Uruguay, que estaba en Colón, el barrio donde nací. Fue así como tuve amigos japoneses, íbamos a casamientos y fiestas de japoneses, y una señora Nagasaki me solía contar historias de su país y cómo habían venido corridos por la guerra. Me propuso aprender japonés, pero a los 10 años me resultó imposible. Eso se enterró para siempre. Y por esos misterios de la literatura, comienzan a surgir como ideas narrativas hace unos cuatro años, de un modo que al comienzo titulé «japonés básico», por aquello de que,cuando algo no se entiende, se dice que es «chino básico», y que acaso tenía que ver con que no entendía qué estaba pasando en mi país, en el Río de la Plata, en el mundo. Así comencé como un juego a escribir «Nunca acaricies a un perro en llamas» como una historia que empezaba en Japón, y se fue transformando en una novela estrictamente japonesa.
P.: Que parte de la bomba a Hiroshima y entra en un mundo de muertos vivos cercano al de Rulfo.
A.G.: Nunca pude recuperarme de la lectura de «Pedro Páramo» y «El llano en llamas». Pasa un tiempo, vuelvo a esos libros y vivo el mismo deslumbramiento, porque Rulfo logró borrar las fronteras, y en «Pedro Páramo» no se sabe quién está vivo y quién está muerto. A mí me impresionó el atentado a Hiroshima, y que a los estadounidense se los catalogara de héroes porque tirando esa bomba terminaron la guerra. Después supimos que no era todo tan así, había necesidad de experimentar la bomba para ver qué ocurría. Evaluaron que hubiera muerto mucha más gente si seguía la guerra. De cualquier modo murieron de un saque 140 mil civiles, a los que hay que sumar los que se siguen muriendo hoy por contaminación genética.
P.: ¿Cuándo se le juntó el mundo de Pedro Páramo con la bomba en Hiroshima?
A.G.: Cuando escuché a un sobreviviente que le decía a un periodista: durante la primera hora después del estallido no sabíamos si estábamos vivos o muertos. Y el periodista le dice: ¡Qué metáfora!. Ninguna metáfora, nos pellizcábamos para ver si sentíamos algo, nos sacábamos un pedazo de carne y tratábamos de ver si podíamos volver a pegarla. Había gente muerta y gente que buscaba restos de su cuerpo para intentar completar su figura lacerada.
P.: A diferencia del escritor mexicano, usted parte de un contundente hecho histórico.
A.G.: Y que fue festejado. Eso visto desde afuera fue una catástrofe, pero se terminó la guerra. Desde dentro, en Japón, hay dramas y tragedias y los sobrevivientes de la bomba eran mal vistos. Ahí estaba el escenario por donde andaban mis personajes.
P.: ¿Qué le sucede a sus personajes poco después de que cae la bomba?
A.G.: Dudan. No saben si son en realidad un grupo de fantasmas confundidos. Descubren que han muerto, pero que acaso no hayan muerto donde creen que murieron. Y no voy a contar todo lo que pasa después. Acaso allí haya una metáfora de las vidas que vivimos, los que a veces vivimos como si hubiéramos muerto. Los que nos quedamos mirando a un chocolatero millonario en la tele dejando pasar nuestro tiempo, y eso es una especie de muerte, según creo. A veces los vivos no disfrutamos la vida y nos dejamos llevar por cosas que están contaminadas de muerte.
P.: ¿Por qué el hilo conductor de su libro lo lleva el perro de la advertencia del título?
A.G.: Porque Cristo desde su animalidad podía cuestionar, reírse, hacer comentarios irónicos sobre los seres humanos. Es un perro que piensa sobre las cosas que hacen los hombres. Se llama Cristo porque es «un pobre Cristo», porque a ese Cristo no se lo puede tocar porque tiene parte de su cuerpo en llamas. El perro Cristo me permite jugar con la idea de si no habremos tomado un rumbo equivocado. A través de ese perro se expresa lo lúdico de la literatura. La importancia de este perro está balanceada por la de los otros personajes. Es el que permite tomar distancia y mostrar el instante que cae la bomba sobre ese conjunto de civiles. Era el día de la limpieza y estaban todos los niños en la calle para salir. Está Kumiko que se prepara para ir al colegio, mientras el padre riega los cerezos en el jardín. Está la pequeña Sumi, que me gusta muchísimo. Es una niña muda, que espía a su madre y al amante, que escribe en las cenizas con un palito permanentemente. Está Masato, un antiguo guerrero samurai, con su perro Cristo, que los reagrupa a los sobrevivientes, si es que lo son, tratando de salvarlos, de sacarlos de esa ciudad en ruinas, tratando de saber qué es lo que pasa. Y soy yo, el escritor, quien quiere saber qué pasa, quá me pasa, porque escribo para conocerme un poco más. Y las reflexiones de los personajes me plantean mis desconciertos, mis oscuridades, me revelan cosas mías y me acercan a mí mismo.
P.: Al llegar a su quinta novela publicada, decide ir a Japón para contar una historia.
A.G.: En realidad, «Nunca acaricies a un perro en llamas» es la primera novela de una trilogía japonesa, cada una dedicada a un elemento. Esta al fuego, que es el lado oscuro del aire. La segunda, «No bajes a la playa con tus zapatos nuevos», al agua; y la tercera, con título provisorio, a la tierra. Ocurren en diversos momentos y los personajes son todos japoneses. Si bien llevo escritas cinco novelas, siento que «Nunca acaricies...» es la primera. En las otras cuatro, lo que hice fue ajustar cuentas conmigo mismo, con mi vida, conocer historias de mi país y de la región. La anterior, «Angeles entre nosotros» es una historia chilena, uruguaya, argentina, donde cuento del viaje de Darwin por esta zona del mundo y cómo comienza a surgir en él la Teoría de la Evolución de las Especies. Fueron obras de aprendizaje. Esta «literatura japonesa» me permite tomar una real distancia de cosas que tienen que ver conmigo, con las que ya ajusté cuentas, trabajar con los personajes casi como si estuviera armando una obra de teatro. Y la distancia, al no estar involucrado, suele dar mayor profundidad, permite trabajar mejor la poesía. La lejanía, y hasta el exotismo, me permite una libertad de creación enorme.
P.: ¿No le han dicho que en su relato se acerca a Murakami?
A.G.: Peor, me han dicho «vos sos más japonés que Murakami». Lo que pasa es que Murakami es un autor con ribetes muy occidentales, y por eso no gusta en Japón. Por eso no es muy difícil ser más japonés que Murakami. Cuando comencé a trabajar en mi literatura japonesa sabía que era un riesgo, y decidí afrontarlo y escribir lo que tengo ganas de escribir. Por otra parte se está dando un panorama muy raro en el mundo editorial. Las grandes editoriales rechazan muchas cosas porque acaso no sean comerciales, y quedan muchas obras por el camino. Ese rechazo da al escritor, a la vez, una amplia libertad. Deja de estar pendiente de la comercialidad, de si puede gustar o no. Porque, en ese sentido, el arte no deja de dar sorpresas.
P.: En los últimos tiempos ha habido un creciente interés por algunos escritores uruguayos nuevos y la revaloración de otros, como Mario Levrero. ¿A qué cree que se debe?
A.G.: Cuando salimos de la dictadura, que entre otras cosas nos hizo tanto mal culturalmente, necesitamos hacer un ajuste de cuentas con el pasado y con nosotros mismos. Hubo una necesidad de escribir novelas históricas sobre lo que nos había pasado y lo que nos estaba pasando. Nos pasamos unos 15 años en eso. Ahora eso ha pasado, se ha hecho, estamos más grandes, y comienzan a salir las obras. Se abre un panorama más que interesante. Así como hay un rock uruguayo, una forma de cantar uruguaya que es reconocible, estoy convencido de que hay una literatura uruguaya. Acá alguien podrá peguntarme qué tiene de uruguayo un relato japonés, y le diría que muchas, que no están a la vista, pero están. No está el decir uruguayo de Jaime Roos, pero hay una actitud uruguaya en el planteo de esta historia, hasta en su sentimentalidad. Y está esa universalidad de algo que nos cae de arriba y destruye a una multitud de personas, y son bombas económicas, aviones convertidos en bombas contra las Torres Gemelas, la capacidad de agresión y destrucción amoral que tiene un sector de nuestra especie.
Entrevista de Máximo Soto


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