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Suárez Marzal: “Hoy, por desgracia, es todo aquí y ahora”
Daniel Suárez Marzal, director de «El arco del triunfo» de O’Donnell, se queja de la falta de interés y conocimientos de los estudiantes de cine y teatro.
Periodista: ¿ODonnell dejó de lado la revisión de la historia más antigua con esta obra?
Daniel Suárez Marzal: Todo el mundo se pregunta si ésta es una obra histórica o con referencias políticas. Yo diría que ante todo es una comedia, diferente de su producción anterior y en la que me permití subrayar ciertos rasgos humorísticos. El autor toma un conflicto más reciente pero en realidad puso el foco en la familia. Uno de los personajes dice: «El amor familiar es un revoltijo de engaños, mentiras y disimulos».
P.: ¿El protagonista vuelve a la Argentina por sus afectos o por qué no le fue bien en Europa?
D.S.M.: Eso no puedo decirlo. Me prohibieron que cuente el final. Por otro lado, sabemos que la situación de Europa se volvió desesperante y sumaría más justificaciones para regresar al país, pero aquí se trata de una situación puntual del protagonista y su familia.
P.: Él se volcó más humor en su narrativa (Copsi», «Doña Leonor, los rusos y los yankis») que en su teatro.
D.S.M.: Aquí maneja la ironía. Creo que la comedia es el enfoque ideal para tratar este tema de los argentinos que se van con ilusiones y que al tiempo vuelven o no... Fíjese que en mi familia se decía: «un argentino que no va a Europa no es una persona completa». Como mis abuelos maternos eran daneses, teníamos que ir a sí o sí a Copenhague. Hoy me causa gracia aquella pretensión.
P.: ¿Qué clase de argentino pinta El arco del triunfo»?
D.S.M.: Estoy intentando que Gadano pierda un poco de galanura -que tiene mucha- para que dé un poco más chanta. Con esa picardía tan argentina de mentir con soltura o hacer alarde de algo que uno no es. Después está su novia, sus padres y su amigo de toda la vida, un simpático bostero. Todos tienen intereses ocultos.
P.: ¿Un fanático de Boca como imagen del argentino medio?
D.S.M.: Es la contrafigura del protagonista. Un pibe argentino, muy inteligente y laburador, que prefirió quedarse.
P.: ¿La obra no se iba a llamar «El Simposium internacional»?
D.S.M.: Al autor le sugirieron que cambiara el nombre porque era una palabra difícil y había gente que no la conocía.
P.: ¿Difícil? La gente está cada vez más desinformada.
D.S.M.: Dígamelo a mí. Hace poco tuve un curso con alumnos entre 20 y 30 años, gente de teatro y cine a quienes les pregunté qué películas de Mastroianni habían visto y ni siquiera sabían quién era Mastroianni. Está bien que se murió hace quince años, pero participó del mejor cine que se haya hecho. «Ustedes están obligados a conocer a un actor de ese talento, tienen que ver La dolce vita porque si no, no saben nada de nada». Me puse furioso, no conocían ni a Fellini... Un desastre. Ahora impera la cultura del aquí y ahora y todo pasa pronto al olvido. Se manejan como si todo fuese un invento de hoy y no una consecuencia de los que se hizo antes. Por no informarse se están perdiendo de cosas extraordinarias.
P.: ¿Qué otros proyectos tiene en vista?
D.S.M.: El 31 de mayo estreno «Yerma» en el Cervantes con Malena Solda y Sergio Surraco y en agosto llevaremos al Centro Cultural de la Cooperación «La tormenta» de Alexandre Osky, producto de un seminario sobre dramaturgos rusos que realicé durante todo el 2011. Voy a codirigirlo con Roberto Aguirre. Ambos acordamos que el teatro ruso es como una asignatura pendiente en Buenos Aires. Nadie se mete con él por creer que solo se trata de Chejov, y después nos torturamos preguntándonos cómo se hace Chejov y seguimos dando vueltas. Bueno, dijimos, ya estamos en edad de ocuparnos de esto. Creo que tuvo mucho que ver el viaje que hice a Rusia, hace dos años. Ahí me enteré de Ostrovsky y fue uno de los viajes más impactantes de mi vida. Tal vez porque elegí ir en invierno y soporté 24 grados bajo cero en una ciudad cubierta de nieve. Pero, para descubrir la verdadera Rusia, sentí que tenía que ir en ese momento.
Entrevista de Patricia Espinosa


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