22 de marzo 2011 - 00:00

Temor a bajas civiles mina la unidad europea

Unos 500 manifestantes egipcios y libios que protestaban ayer en la plaza Tahrir de El Cairo contra la operación militar internacional en Trípoli intentaron agredir al secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, quien resultó ileso.
Unos 500 manifestantes egipcios y libios que protestaban ayer en la plaza Tahrir de El Cairo contra la operación militar internacional en Trípoli intentaron agredir al secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, quien resultó ileso.
Bruselas - «Los blancos eran exclusivamente militares; se hicieron todos los esfuerzos para evitar los daños colaterales». La frase pronunciada el 26 de marzo de 1999 por el entonces portavoz de la OTAN, Jamie Shea, durante la campaña de bombardeos de la alianza contra Serbia, todavía resuena en Bruselas.

Ese concepto, al cual numerosos socios de la Unión Europea (UE), como Alemania, sienten auténtico pavor, por obvias razones ancladas en su historia más reciente, se ha convertido desde el fin de semana en el foco de una intensa polémica que está agrietando profundamente la pretendida unidad de la coalición internacional contra el líder libio, Muamar Gadafi.

Y es que, a pesar de lo que preconizan los expertos en defensa acerca de la supuesta «inteligencia» de las bombas guiadas por láser o de los misiles Tomahawk, como los que se han lanzado desde buques estadounidenses contra blancos en el este de Libia, en el entorno del feudo rebelde de Bengasi, ese tipo de armas no puede garantizar la fiabilidad total.

Vigencia

A pesar de que a Jamie Shea no le guste que sus palabras hayan pasado a la historia del vocabulario militar, el concepto está más vigente que nunca, sobre todo ahora, en plena guerra contra las fuerzas de Gadafi para hacer respetar la Resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuyo objetivo es la protección de la población civil ante las ofensivas de sus acólitos.

Lo que en un principio se presentó ante el mundo como una coalición sólida y unida, capitaneada por el presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha comenzado ya, con las posibles primeras víctimas civiles en Libia, a dar muestras de debilidad.

«Hemos decidido no participar con soldados o fuerzas alemanas. Calculamos el riesgo y comprobamos que, tres días después de iniciados los ataques, la Liga Árabe ha criticado esta intervención. Creo que tienen buenas razones», comentó ayer el ministro alemán de Relaciones Exteriores, Guido Westerwelle, en Bruselas.

Su par española, Trinidad Jiménez, en un esfuerzo por subrayar la «legitimidad» de la intervención militar ante los primeros síntomas de división entre los aliados, aseguró que los ataques tienen toda su razón de ser, para proteger a los civiles.

«La resolución dice expresamente que se puede utilizar otro tipo de recursos para mantener la protección de la población. Lo único que se excluye es que haya una fuerza de ocupación terrestre. Es lo único que excluye expresamente la resolución», explicó Jiménez, en una especie de complejo circunloquio.

La «guerra de Libia» (aunque no haya tropas terrestres), lanzada desde los despachos del Elíseo, podría convertirse así en un peligroso caballo de Troya que acabará minando la -de por sí frágil- unidad de los 27 socios de la UE en la crisis de Libia.

La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) no acaba de llegar a un acuerdo sobre cuál debe ser su posición a la hora de aplicar la «zona de exclusión aérea» sobre Libia, y Estados Unidos anuncia que en un período corto de tiempo abandonará el «liderazgo» de la operación (sobre todo con los bombardeos selectivos desde sus barcos). Washington parece intentar «apartar el cáliz» de una posible nueva intervención, tras los polvorines de Irak y Afganistán.

Las palabras más comunes en Europa desde la semana pasada, cuando se inició la intervención, son ahora, en sólo unas pocas horas: dudas, cacofonía y división de opiniones.

Alianza precaria

Aunque Sarkozy se esforzara en escenificar unidad, con la cumbre que el pasado sábado reunió en París a la UE, la ONU, Estados Unidos, la Liga Árabe y la Unión Africana, el miedo de Europa a que se produzcan «errores» o «víctimas accidentales» entre los civiles libios por la lluvia de Tomahawks ha dejado en evidencia que se trata de una amalgama atada con celofán.

Mientras tanto, para acrecentar la sensación de precaria unidad por la intervención en Libia, el ministro belga de Defensa, Peter de Crem, aseguraba este sábado a la radio de su país que, en su opinión, incluso aunque Gadafi sea eliminado, «será necesaria una larga presencia militar» occidental en Libia para garantizar la transición.

Así, la crisis de Libia podría parecerse cada vez más a un escenario «a la iraquí» o «a la afgana», con múltiples complicaciones políticas derivadas de una eventual presencia de tropas de tierra occidentales en el país norteafricano.

«Sería una muy mala señal si ahora mostramos que estamos en una coalición y, si las cosas se ponen feas, después apelamos a la OTAN para que nos saque las castañas del fuego. Tenemos que decidir quién hace qué y debemos decidirlo rápido», subrayó ayer el ministro luxemburgués de Relaciones Exteriores, Jean Aselborn.

Agencia DPA

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