Desafiando a un sol castigador, creyentes de todos los rincones del mundo observaron emocionados, en la plaza del Pesebre, la llegada de helicóptero militar jordano que transportaba al Pontífice desde Jordania. La alegría de los presentes se proyectaba en el ondear de miles de banderas de todos los colores, pero en especial las del Vaticano y Palestina.
"Lo que esperamos de esta misa es que sea un momento de paz para todos, porque todos estamos buscando la paz, la fuerza para sobrepasar las dificultades, las diferencias y encontrar un amor común", afirmó la madre María Paz Valenzuela, originaria de Chile pero residente en la ciudad que vio nacer a Jesús.
Rompiendo en dos la organizada multitud que dividía al público según su procedencia, dentro y fuera de Palestina, y a la jauría de periodistas del mundo entero, Francisco hizo su aparición entre vítores y música para elevar el mismo deseo compartido: el trabajar, día a día y desde la oración, por la paz.
El Sumo Pontífice ofreció una misa multitudinaria en la que hizo un fuerte llamado para preservar los derechos de la infancia y afirmó que "tantos niños aún son explotados, maltratados, esclavizados, objeto de violencia y de tráficos ilícitos". "Demasiados niños son refugiados, a veces ahogados en los mares, especialmente en el Mediterráneo. De todo esto nos avergonzamos hoy ante Dios, a Dios que se hizo Niño", indicó. "En un tiempo que proclama la tutela de los menores, se comercian armas que terminan entre las manos de niños-soldados, se comercian productos confeccionados por pequeños trabajadores esclavos. Su llanto es sofocado: deben combatir, deben trabajar, no pueden llorar", agregó.
El Papa subrayó que "cuando los niños son aceptados, amados, custodiados, tutelados, la familia es sana, la sociedad mejora, el mundo es más humano". Como gesto de su compromiso con la niñez, Francisco visitó después a jóvenes palestinos que viven en el campo de refugiados de Deheisheh, al sur de Belén.
Como la preparación del evento dejó entrever, la realidad política no quedó de lado durante la histórica visita. A escasos metros de distancia del escenario, un gran cartel elevaba la voz de los cerca de 5.000 presos palestinos en cárceles israelíes: "Los presos de la ocupación le ruegan por su libertad y dignidad".
Más artística pero igual de significativa fue la muestra de arte organizada por el Museo Palestino, que decoró los edificios que encierran la plaza del Pesebre.
"Pon tu dedo aquí y comprueba la realidad de mi ser", impelía la imagen del incrédulo Santo Tomás de Caravaggio transformada en la mano de un palestino entregando su cartilla de identificación a un soldado israelí en una de las múltiples obras compuestas por pinturas barrocas y fotografías actuales.
"Aunque no soy católico, quería venir y rezar con el Papa", contó un árabe israelí de 60 años que forma parte de la iglesia armenia ortodoxa. "Esta región necesita a alguien como él. Aunque por más que trate, no creo que pueda cambiar nada. La paz parece imposible aquí, se lamentó.
Yacoub Rashid, un habitante de 32 años de Nazaret, fue más optimista: "Es una figura sagrada y todo lo que dice es significativo. Espero que pueda ayudar a traer paz a esta región".
Más deseos de paz y entendimiento fueron elevados por aquellos que jalearon al pontífice con un "¡Viva el papa!" en una calurosa muestra de cariño al emplear su lengua natal, el castellano.
"Estamos visitando Tierra Santa y tenemos una oportunidad que Dios nos brinda de vernos con el representante de Dios en la tierra. Creo que esta visita va a hacer mucho en el encuentro entre israelíes y palestinos", deseó el cura madrileño José Majadas, llegado en compañía de sus antiguos parroquianos panameños.
El palestino de nacimiento y colombiano de adopción, George Jackaman, de 76 años, mostraba exaltado una bandera palestina mientras explicaba que, tras 56 años en el país latinoamericano, pertenecía a dos lugares para los que "se necesita paz".
| Agencias EFE, ANSA y DPA |


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