30 de julio 2012 - 00:00

Vigorosa puesta de “Las criadas” con estupendas actrices

Marilú Marini cumple una actuación excepcional como «La Señora», y Paola Barrientos le aporta gran expresividad a Clara (una de las criadas que entabla un delirio a dúo con la que interpreta Victoria Almeida).
Marilú Marini cumple una actuación excepcional como «La Señora», y Paola Barrientos le aporta gran expresividad a Clara (una de las criadas que entabla un delirio a dúo con la que interpreta Victoria Almeida).
«Las criadas» de J. Genet. Dir.: C. Zorzoli. Int.: M. Marini, P. Barrientos, V. Almeida y M. Bonilla. Mús. Orig.: M. Katz. Esc. y Vest.: O.Puppo. Ilum.: E.Sirlin. (Teatro Presidente Alvear).

La obra más difundida de Jean Genet, inspirada en un caso policial de 1933 que el autor transformó, una década más tarde, en un turbio juego de de sometimiento y humillación, revela nuevas posibilidades de lectura en la vigorosa puesta de Ciro Zorzoli.

En esta oportunidad el director no utilizó el mismo procedimiento que en «Estado de Ira», donde recreó fragmentos de «Hedda Gabler» de Ibsen para insertarlos en una nueva ficción; sino que optó por seguir a pie firme el texto de Genet con un minucioso control sobre ese laberinto de monólogos sublimes, expresiones barrocas y discusiones viscerales. Una escritura embriagadora, sin duda, de la que Genet estaba muy orgulloso («mi victoria es verbal y la debo a la suntuosidad de los términos»), pero que en su traslado a escena puede resultar muy declamatorio.

Zorzoli superó el desafío al darle mayor carnadura, sensualidad y violencia a las tres protagonistas (Clara, Solange y La Señora) logrando que sus discursos no se disocien de la acción. Esto contribuye a que este relato -algo enmarañado por su mezcla de realidad, fantasía y locura- resulte comprensible hasta para el espectador menos informado.

Clara y Solange son dos míseras criadas, vagamente incestuosas, que se necesitan y se repelen. «La mugre no puede querer a la mugre», le dice una hermana a otra, acostumbradas como están al auto desprecio. Su patrona las trata como si fueran mascotas o seres infrahumanos, mientras finge un cariño maternal en el que nadie cree. Clara y Solange la veneran servilmente, la idealizan con raptos de misticismo, y entretanto preparan un explosivo cóctel de rebeldía, apropiación de identidad (ambas quieren ser la señora) y delirio justiciero (odian ser las criadas). A solas practican una ceremonia, obsesivamente ritualizada, que debería culminar con el asesinato de La Señora. Pero ni en la ficción ni en la realidad alcanzan su objetivo.

La pieza de Genet ofrece muchas capas y discurre por distintos géneros (policial noir, sátira, drama con final trágico) además de tener cierta cuota de suspenso y de liturgia sadomasoquista. Todos estos aspectos han sido delineados con precisión en la puesta de Zorzoli, a la que también se suman adecuadas dosis de agresiones físicas, juegos eróticos y algunos elementos siniestros propios de los cuentos de hadas.

La colorida habitación de Madame, sede de la acción, tiene algo de casa de muñecas. Está montada sobre una tarima en medio de un descampado y sus paredes móviles dejan entrever, sobre el final, una intemperie sobrecogedora.

Marilú Marini brinda una actuación excepcional en su rol de Señora (el personaje más beneficiado por el autor por su desmesura y comicidad). La talentosa actriz de «La mujer sentada» y «Días felices», viene de hacer el mismo papel en Francia con otro director. Ahora, bajo la dirección de Zorzoli se multiplicó en diva ridícula, malvada de folletín y bruja come niños. Su magnética presencia tanto puede encarnar el mal como transformarse en una hilarante caricatura de dama reaccionaria.

Paola Barrientos (de destacada actuación en «Estado de Ira» y hoy figura popular gracias a su participación en «Graduados») le aporta una gran expresividad a Clara, la contenida hermana mayor. La actriz tiene a su cargo uno de los monólogos más hermosos de la obra (el del final) y maneja los silencios con una fuerza estremecedora.

Victoria Almeida («El trompo metálico», «Espejos circulares», «En el cuarto de al lado») arma con ella un auténtico delirio a dúo, en el que hay lugar para la ternura, el complot, la rivalidad feroz, la caricia devenida en manoseo y el juego infantil. En la puesta de Zorzoli ambos personajes tienen la oportunidad de provocar carcajadas con sus gestos y arrebatos.

Otra novedad a destacar es la introducción de Omar (Marcelino Bonilla), un enigmático servidor de escena, que inquieta a las protagonistas con su presencia masculina. Mientras mueve algunos trastos, vigila y manipula a las intérpretes para que no abandonen este juego de cajas chinas, donde se multiplican los niveles de representación.

Todos los rubros técnicos acompañan los distintos climas de la obra con delicadeza y refinados recursos. Al igual que la sugestiva música de Marcelo Katz que de a ratos evoca al cine de Hitchcock.

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