Eludiendo el
panfleto,
«Grissinopoli»
sigue a
obreros de una
fábrica
quebrada que
se las arreglan
para seguir
produciendo,
esquivar
piqueteros y
otros males y,
encima,
conseguir
clientes
nuevos.
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Pero antes hay una prehistoria. La del inmigrante italiano que trajo a la Argentina la primera línea automática de producción de grisines. En 1970 emplea 100 trabajadores, con una salida diaria de siete toneladas.
En 1978 vende casi todo a un grupo que rápidamente duplica la superficie de la fábrica, logrando altos niveles de rentabilidad. En 1988 las cosas empiezan a fallar. Tras la debacle del '89, y sin poder levantar cabeza, la fábrica sufre también la debacle del 2001. Para entonces ya sólo quedan 16 empleados, casi todos rondando los 50 años de edad y los 20 de permanencia en el trabajo, y casi ninguno con la primaria terminada. La historia que acá vemos los muestra enfrentados a una realidad: nadie va a regalarles el sueldo. Ellos deben ser, al mismo tiempo, obreros, administradores, vendedores, y patrones. Igual que aquel inmigrante italiano, pero en tiempos más complejos ( difíciles fueron siempre). El registro los sigue a lo largo de ocho meses, donde se las arreglan para seguir produciendo, esquivar piqueteros, politiqueros varios, ciénagas burocráticas, enredos legislativos, y el propio cansancio, y encima conseguir clientes nuevos.
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