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29 de octubre 2008 - 00:00

"Ceguera"

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Julianne Moore es la única que ve entre millones de ciegos repentinos, en la fuerte, difícil de ver, pero digna de apreciar adaptación cinematográfica de «Ensayo sobre la ceguera » de José Saramago.
«Ceguera» (Blindness, Canadá-Brasil-Japón, 2008, habl. en inglés). Dir.: F. Meirelles. Guión: D. McKellar. Int.: J. Moore, M. Ruffalo, A. Braga, D. Glover, G. García Bernal, D. McKellar, Y. Iseya, Y. Kimura, M. Chaykin, M. Nye.

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En pleno tránsito, un hombre se queda repentinamente ciego. Alguien lo ayuda, le roba, y se contagia. Su mujer también. Y el oculista, y los pacientes que hay en la sala de espera. De pronto ha surgido una velocísima y extraña epidemia. Los autos y ómnibus chocan, los aviones caen, el pánico se expande. Peor que los primeros enfermos de sida, los primeros ciegos son acorralados en una vergonzosa cuarentena, y que se arreglen entre ellos. Si quieren salir, los guardias abrirán fuego. Pero adentro, un grupo de ciegos delincuentes se aprovecha de los más débiles. Los que tampoco son demasiado virtuosos. Sólo una persona, la amante esposa, madre, y enfermera de un ciego, puede ver. Así empieza esta historia, fuerte, difícil de soportar, digna de apreciar.

El asunto, ya se sabe, ilustra una conocida novela de José Saramago, varias veces agotada, «Ensayo sobre la ceguera». No cabe esperar, lógicamente, una adaptación estricta. Si bien los responsables del film se concedieron un pequeño y atractivo momento literario (con el relato de un anciano negro), no se trata de llevar a la pantalla la buena prosa del portugués. En vez de eso, se trata de provocar cinematográficamente en los espectadores las mismas impresiones y meditaciones sociales y morales que provoca el libro en los lectores, e incluso la misma confusión mental y hasta sensorial de quien no sabe lo que está pasando. Eso está bien logrado, ahí es donde la película se luce, combinando debidamente intriga, nerviosismo, desagrado, y reflexión.

Fernando Meirelles («Ciudad de Dios») y su fotógrafo habitual, el uruguayo César Charlone, logran esto con ritmo, círculos, falsos cierres en blanco, que es el único color que ve la mayoría de los personajes, fundidos encadenados en un vago fuera de foco, sombras o bultos, cuando la única que ve bien preferiría no ver lo que pasa durante una escena de abuso sexual (y nosotros lo vemos a través suyo), planos cercanos de carnalidad casi palpable, y luego, en el último tercio, grandes planos generales mostrándonos el resultado de una hecatombe quizá muy cercana a lo que puede ser nuestro futuro mediato, donde sólo habrá dos formas de sobrevivir.

Poniendo los nervios y la bronca de quien no sólo ve, sino que se da cuenta de las cosas y de su lugar, y actúa en consecuencia dentro de lo que le dan sus fuerzas (como ella misma dice, «no tengo elección»), está Julianne Moore, que viene de otra obra apocalíptica, «Hijo de hombre», de Alfonso Cuarón. En la adaptación, y también en el rol de ladrón, el canadiense Don McKellar, guionista de «eXistenZ», de su paisano John Carpenter, un hombre que también hace metáforas sociales a través del espanto. ¿Cómo hubiera sido una versión Carpenter de «Ceguera»?

Meirelles se le acerca bastante, y en muchas cosas, manejando de otra forma, lo supera.

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