Los personajes de «El hombre robado» parecen escapados de
un film de Eric Rohmer. El film interesa como ejercicio de estilo.
«El hombre robado» (íd., Argentina, 2007, habl. en español). Guión y dir.: M. Piñeiro. Int.: M. Villar, R. Paula, J. Martínez Rubio, F. García Faure, D. Gilman Calderón.
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Si, con unos pesos, para el plano donde la protagonista corre frente al Botánico, Matías Piñeiro hubiera hecho cambiar el letrero de Subte por uno que dijera Metro, hasta el más experto creería estar viendo una película recién descubierta de Eric Rohmer o Jacques Rivette de fines de los '50 o comienzos (apenas la puntita) de los '60. Doblada al castellano, por supuesto. Si encima la hubiera hecho en francés, el chiste sería absoluto. Porque «El hombre robado» es, en muchos aspectos, un meticuloso ejercicio de estilo, algo vacuo para ser de Rohmer, y comparativamente breve (solo una hora y media) para llevar la firma de Rivette, pero visual y narrativamente a la altura de sus modelos.
Piñeiro no descuidó ningún detalle, y si por ahí aparece algún toque más cercano a estos tiempos, bien le podemos echar la culpa al cultor de los '60 Philippe Garrel, hoy tan de moda entre los cineastas snobs. ¡ Lástima que no tenga la misma influencia el humorista Otar Iosselani! Una sola cosa distingue prima facie al autor porteño: su reiterado registro de estatuas y muestras de arte funerario. Aquí las tomas son de Recoleta. Cabe atribuirle, antes, las que hizo en Chacarita para el film colectivo «A propósito de Buenos Aires», donde una joven parada a la puerta de un panteón hacía la mímica de un tema completo de Mercedes Simone. Nos arriesgamos a suponer que en sus planes está filmar algo en el cementerio de Flores.
También nos arriesgaríamos a verlo, si acaso reemplazara con una buena historia toda esa tendencia a las charlas vanas, la intriga mínima, y el guiño superficial que tiene «El hombre robado».
Jóvenes malhumoradas, muchachos desganados, variantes sentimentales, indecisiones laborales, diálogos insípidos, robo de piezas de museos públicos (que los personajes involucrados practican sin la menor culpa, como sintiéndose por encima de las normas), referencias culteranas, algunas tomas desaprovechadas del Museo Larreta, el Museo Sarmiento, el Botánico, y la Librería Romano, constituyen el grueso del asunto. Como guiño literario, figuran unas menciones al «Otelo» que alguien está ensayando, y a la «Campaña en el Ejército Grande», que la protagonista lee, y el film a veces aplica. Por ejemplo, se alcanza a leer un párrafo mencionando la posibilidad de lluvia, y en la escena siguiente vemos a la chica con un paraguas. Alguien, también, atribuye a ese libro de Sarmiento un relato al gusto de Lucio V. Mansilla, lo que acaso forma parte de una estrategia narrativa como la que propone una de las jóvenes: presentarse a examen con un libro que pocos hayan leído. De hecho, «Campaña...» cumple hoy ese requisito.
Sin embargo, bien podría ser una buena lectura de vacaciones, sobre todo cuando va contando, día por día, lo que fue el verano de 1851. Verano que, dicho sea de paso, Sarmiento terminó en Río de Janeiro. Como se dice, un verdadero adelantado. (Queda como desafío para otro autor, trasladar al cine cualquier página de ese libro, por ejemplo las referidas a las concubinas de Urquiza, la visita a la tumba de Camila O'Gorman, la habilidad del doctor Villegas para robarle dos millones de pesos a Rosas, la extendida costumbre del degüello).
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