Facundo Arana seduciendo a la víctima Jorge D'Elia, el posible comprador de un terreno, en «Codicia», de David Mamet.
«Codicia», de David Mamet. Dir.: M. Cosentino. Int.: F. Arana, L. Ziembrowski, A. Awada, O. Alegre, F. Olivera, J. D'Elia (Teatro Liceo).
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Todo aquel a quien le hayan intentado vender alguna vez uno de esos tiempos que se comparten lo sabe: existen estrategias norteamericanas de venta de bienes raíces que suelen confundir persuasión con sadismo. Antes que convencer acerca de la bondad o ventajas de un producto, el vendedor bombardea la autodeterminación y hasta la autoestima del potencial cliente a lo largo de un extenuante acoso, al cabo del cual es difícil mantener la voluntad si no se desmontan las falacias que buscan debilitar el «yo» que se resista a la operación.
Este tipo de vendedores, educados en esta cultura de la venta agresiva, son los personajes que componen el mundo de «Codicia» de David Mamet, hábil dramaturgo y cineasta norteamericano que, en su juventud, pasó fugazmente como vendedor por una de esas agencias. «Glengarry Glen Rose» (su título original), fue estrenada a mediados de los años 80, y en 1992 tuvo una versión cinematográfica («El precio de la ambición») con un elenco de estrellas que hasta resultaba excesivo para su formato off-Broadway (Al Pacino, Jack Lemmon, Alec Baldwin, Ed Harris, Alan Arkin, Kevin Spacey y Jonathan Pryce).
La puesta que acaba de estrenarse en Buenos Aires, con dirección de Marcelo Cosentino y adaptación de Fernando Masllorens y Federico González del Pino, si bien suaviza un tanto la densidad del original, logra mantener su vigor y mordacidad, más allá de la simplificación de alguno de sus parlamentos y diálogos y la supresión de uno de los siete personajes centrales (el que interpretaba Alec Baldwin, quien establecía despóticamente las pautas del trabajo).
Lanzados al ruedo de una competencia interna no menos agresiva (o tal vez más, porque todos conocen el juego, al contrario que los incautos clientes), el fondo de la obra excede el nivel de «teorema social interactivo» que podría asimilarla a títulos como «Tute cabrero» o «El método Grönholm», aunque en su punto de partida se les parezca.
Aunque también aquí existe un sistema perverso superior que influye sobre sus conductas (según la rigurosa escala interna de promociones, quien más vende gana un auto, quien no logra vender nada es despedido), los personajes no quedan sometidos uniformemente a ese innominado Big Brother que los controla, sino que actúan sobre él y, en consecuencia, modifican sus propios destinos y las reglas. En el mundo Mamet (autor también de esa astuta maraña de engaños que fue «Casa de juegos») no podría existir una sumisión semejante.
En esa dirección, y tras los despiadados reacomodamientosa esas directivas superiores con el fin de volver más encarnizada la competencia, uno de los vendedores, Moss (el personaje de Federico Olivera), propone una ruptura: robar los «contactos» celosamente guardados, es decir, la lista de los posibles compradores, que también se distribuyen según puntaje. Pero los propósitos y la forma en que se concreta del plan de Moss, desde luego, sólo serán enteramente entendidos sobre el desenlance. Mamet sabe no sólo jugar con el engaño entre sus personajes, sino sobre todo engañar al espectador. Y ese es el objetivo central de « Codicia»: menos una condena a ciertas miserables realidades en las que desembocó el Sueño Americano (ya planteadas antes en «La muertede un viajante» de Miller), como un juego trucado, con ese mismo trasfondo, ante los ojos del público. Es decir, hacerlo sentir un poco como el incauto comprador.
El elenco es parejo y eficaz. Facundo Arana, desde luego, fue beneficiado con el papel de mayor despliegue y labia, y por fortuna no lo extrema; Alejandro Awada es persuasivo, ladino y exacto, pero sobre el final corre un tanto el riesgo de la sobreactuación; Luis Ziembrowski da muy bien con la malevolencia del reprimido; a Federico Olivera le falta algo más de maldad, aunque es creíble; Oscar Alegre acierta con su «looser» bonachón, y Jorge D'Elía cumple bien con el papel más reducido y apocado.
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