Para Horacio Destaillats, «Operativo Richard Wagner. El encuentro
de Perón y el Führer» es un «ejercicio de imaginación
», pero «basado en hechos que pudieron ser posibles».
La tantas veces conjeturada llegada de Hitler a la Argentina en un submarino, luego de haber fraguado su muerte en el bunker de Berlín, es el punto de partida de la novela «Operativo Richard Wagner. El encuentro de Perón y el Führer» que acaba de publicar Horacio Destaillats, químico y profesor universitario, que pausadamente se fue pasando a la literatura de sesgo popular.
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Periodista: ¿Su novela surgió de la idea de que Hitler no murió en el bunker?
Horacio Destaillats: Esa idea está cada vez más confirmada. La historia del suicidio en el bunker fue inventada por razones de conveniencia política. Esa versión la difundió el historiador inglés Hugh Trevor-Roper, contratado para eso por las autoridades británicas. Trevor-Roper terminó preso en Alemania por estafa. Intentó vender a instituciones y museos documentos falsos atribuidos a Hitler. El dijo que el suicidio de Hitler en el bunker lo tomó de las memorias de Albert Speer, yo creo que fue otra estafa.
P.: Entonces, buscó armar una novela conjetural con la hipotética llegada de Hitler a la Argentina.
H.D.: En una ficción históricael autor puede colocar todo lo que le dicte su imaginación, dentro de los límites de lo verosímil. Mis conjeturas son plausibles, están basadas en hechos que podrían haber sido posibles. Hitler cuando se dice que se suicida, el 30 de abril de 1945, tenía 56 años y ningún problema de salud. Su cadáver no lo vio nadie. Esto lo destacó la película «La Caída» de Olivier Hirshbiegel. ¿Ninguno de los generales que había allí tuvo la autoridad o la curiosidad de ver si el cuerpo era el de Hitler? ¿Por qué la tarea de la inhumación se la otorgó a un oficial de nivel medio y de su total confianza? Hay mucho para dudar de lo que se ha dicho.
P.: También usted retoma que llegó a la Argentina en submarino.
H.D.: Recuerdo que un mediodía, en un almuerzo, cuando yo había ingresado el la facultad, escuchábamos la radio. De pronto interrumpieron la transmisión para informar que había llegado un submarino alemán a la costa de Mar del Plata. Mi padre, un francés visceral, dio un puñetazo sobre la mesa y gritó: «¡estos hijos de puta lo trajeron a Hitler!». Mi padre no era dado a esos exabruptos. En aquellos tiempos un señor no decía malas palabras en medio de un almuerzo familiar. Aquella situación acaso haya estado en el génesis inconsciente de esta novela.
P.: Una versión común de fines de los años 40 en nuestro país.
H.D.: Hace poco, en un artículo publicado en Israel, el autor narraba los días finales de Hitler y se preguntaba: ¿de haber sobrevivido a dónde iba a ir que no fuera la Argentina? Era el lugar mas seguro y con mejor recepción. Aquí habían venido,entre otros, Priebske, Eichmann, Menguele, Bormann, Richter.
P.: Richter es uno de los personajes que aparecen en el diálogo entre Hitler y Perón.
H.D.: Yo escribí un capítulo de una antología que está haciendo Carlos De Napoli sobre «Científicos Nazis en la Argentina». Como yo trabajé como químico durante mucho tiempo en la Comisión Nacional de Energía Atómica, tuve acceso a muchos documentos sobre lo que el chanta de Ronald Richter, que además estaba loco, hizo en nuestro país. El famoso proyecto atómico que le vendió a Perón.
P.: ¿Cómo aparece en usted la idea de una reunión entre Hitler y Perón?
H.D.: Como un ejercicio de imaginación, de esos que propone Gianni Rodari, por ejemplo. Me pregunté ¿que hubiera pasado si Hitler su hubiera refugiado acá? ¿Hubiera ido Perón a conocerlo? Perón había hecho un periplo internacional, había sido agregado militar en la Italia de Mussolini, y creo que bebió mucho de esa fuente. Si bien tenía esa simpatías filonazis, fue más inteligente que otros. Cuando cayeron el nazismo y el fascismo se convirtió en jefe de los demócratas. Perón inventó el pragmatismo.
P.: En el encuentro, usted hace que Perón se dé cuenta de que Hitler está loco.
H.D.: Un amigo muy peronista me dijo después de leer la novela: «yo te hacía más gorila, pero en el fondo lo dejaste bien parado al General».
P.: Y tambien deja bien a Evita, que critica el evidente mal gusto del Führer.
H.D.: La participación de Eva Duarte en mi relato es poca. Hoy lo que se conoce de Evita, no digo en los estudiosos sino en la gente, es el mito de Evita. No iba a ponerme en una novela a discutirlo. Es un ícono, y los íconos hacen falta.
P.: ¿Por qué publicó en una pequeña edición esta novela? ¿No pensó en llevarla a un editorial grande?
H.D.: Publicarla en una edición limitada fue el modo de que dejara de corregirla. Ahora puede reeditarla una editorial grande porque es novela de posguerra, relato conspirativo, bestseller sobre el nazismo, que recrea una época de nuestro país y retoma el enigma del final de Hitler.
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