«El Caballero de la mano al pecho», una de las obras más destacadas de «Los Grecos del Prado», muestra que presenta por primera vez la colección completa del acervo del museo madrileño.
Acaba de inaugurarse en Madrid la exposición «Los Grecos del Prado», que presenta por primera vez completa la colección de cuarenta y siete obras de su acervo y recorre la trayectoria del artista y del ingreso de sus obras al museo. Es el broche de oro de las actividades del Prado, y de su reciente remodelación no feliz de Rafael Moneo que tardó el triple de lo calculado en la obra.
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Domenico Theotocopoulos, nacido en Creta en 1541, es una de las figuras más sugestivas de las últimas décadas del sigo XVI e inicios del XVII. Hacia 1560 durante su estancia en Venecia, recibió la influencia de la pintura de esa región: la variación de los colores, la vibración del claroscuro y los esquemas de composición. Luego de su formación veneciana y una breve estadía en Roma, se trasladó a España con intenciones de trabajar en el monasterio de El Escorial. Esta pretensión no se concretó, pero el artista se instaló en Toledo donde mantuvo vínculos con las jerarquías religiosas y sociales. Desde esa época se lo conoce con el sobrenombre de El Greco.
Un siglo después de su primera exposición, en 1902, el Prado exhibe la colección planteando una nueva mirada sobre la obra. En la muestra se han incorporado obras propias y de su entorno, que no se exponen en forma permanente, o que se encuentran en otras instituciones, como es el caso del «San Bernardino», habitualmente en la Casa-Museo del Greco en Toledo que no les trae buenos recuerdos a los turistas que no olvidaron que ese espacio terrible es el símbolo de la dictadura franquista.
El recorrido plantea como punto de partida el origen de los Grecos del Museo: desde el primer conjunto, que procedía de las colecciones reales, continuando por las obras religiosas que enriquecieron este primer germen de la colección, procedentes del desaparecido Museo de la Trinidad, hasta los que corresponden a épocas más recientes, procedentes de donaciones, legados y compras.
Una galería de retratos, que le otorgaron una notable fama durante buena parte del siglo XIX. Aunque más obligado a aceptar la realidad de acuerdo con los trabajos por encargo, El Greco realizó numerosos retratos en los que aportó su sello personal. Sus figuras, en general de medio cuerpo, tienen un aire aristocráticamente distante y rostros afilados, en los que el artista ha profundizado su aguda observación. Entre éstos, se destaca en la muestra «El Caballero de la mano al pecho», un personaje desconocido con un gesto muy simbólico. De acuerdo con la postura de la mano y la presencia de la espada, parece estar en el acto de recibir la «Fe de Caballero». Se expone también «La Trinidad», pintada para el retablo de Santo Domingo de Toledo, una de las grandes obras maestras del artista y la primera pintura religiosa con que contó el Prado. En la composición de «La Trinidad» se destacan el modelado anatómico del cuerpo de Cristo en serpenteante disposición, luz dorada y la sólidas nubes.
Esta singular corporeidad es evidente en «La Coronación de la Virgen», donde presenta a los ángeles a la manera de espíritus transparentes y lo sintetiza como gran maestro. Se puede ver también una versión de «Cristo abrazado a la cruz», vinculada con los pasos procesionales de la Semana Santa, y el semblante trágico, se acentúa por el color gris, contrapuesto a los coloridos de las vestiduras.
Hasta 1872, había una absoluta valoración de la imagen del Greco como retratista, pero a partir de ese año cuando se incorporan piezas procedentes de los fondos del Museo de la Trinidad, el Greco comenzó a ser cada vez más reconocido en toda Europa por sus escenas religiosas, entre las que cabe destacar «La Anunciación» del retablo de María de Aragón, el único encargo que tuvo en Madrid y que es madrileña protagonista del segundo ámbito de la muestra.
Estilo
La preferencia del Greco por las composiciones verticales, el alargamiento de las figuras, la tensión dramática y el colorido vibrante, son muy notorios en sus últimas obras, como este retablo, en cuyo cuadro central Anunciación, se destaca un fuerte fulgor y el coro de ángeles en la zona superior culmina el efecto vertical de la composición. Luces y nubes vinculan el mundo terrenal con el celestial en el Bautismo de Cristo, y la luz acentúa el patetismo en La Crucifixión, donde el dinamismo de los personajes contrasta con la geométrica realidad del Cristo en la cruz. Casi desmaterializado, el Cristo de Resurrección asciende como espíritu puro ante el asombro de los soldados.
Otro sector de la muestra está dedicado a los legados y donaciones que entre 1915 y 1962 aportaron al Prado obras, como el «San Sebastián», donación de la Marquesa de Casa Riera en 1959, o las dos excepcionales esculturas de Epimeteo y Pandora, donadas por la viuda del Conde de las Infantas en 1962.
La última sala reúne las obras compradas por el propio Museo piezas emblemáticas como «La Adoración de los pastores»; aspectos de su obra que no estaban representados, como las series de apóstoles; o de temáticas no religiosas como «Fábula», un magnífico lienzo en el que un muchacho que sopla sobre un tizón es contemplado por un mono y un hombre barbado. El conjunto iluminado por las brasas remite a los planteos estéticos de los italianos Jacopo y Leandro Bassano, a quienes El Greco había conocido en Venecia.
De la época anterior a su llegada a España, El Prado conserva una pequeña tabla, «La Anunciación» que tiene resonancias del Tintoretto en la concepción del espacio, por medio de la perspectiva arquitectónica, el rico colorido y la suave luminosidad. A esa fase corresponde la última de las adquisiciones, «La Huida a Egipto», que ingresó en el Prado en el año 2000.
Continuando con su proyecto de revisión completa de su colección por medio de publicaciones que presenten los trabajos de investigación del Museo sobre de los distintos artistas, épocas y escuelas, la muestra «Los Grecos del Prado», está acompañada con un catálogorazonado realizado por Leticia Ruiz. Una oportunidad indiscutible para los argentinos que pasen sus vacaciones en España.
También el Reina Sofía reciclado por el gran arquitecto francés Jean Nouvel, que exhibe obras de Le Corbusier como pintor y arquitecto (que ya comentamos en esta sección el mes pasado).
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