Diego Peretti,
enmascarado,
y Gabo Correa
como el
sacerdote
(papel que hizo
antes Carlos
Muñoz, el
padre
Bormann), en
la nueva
versión de «El
hombre que
volvió de la
muerte».
En septiembre de 2001, pocos días después de los ataques contra las Torres Gemelas, Don DeLillo, quizá el mejor narrador estadounidense de finales del siglo XX y principios del XXI, visitó la Zona Cero. Los civiles no podían acceder allí sin un certificado de residencia, pero se coló a través de las barricadas con su editor, que vivía muy cerca de la catástrofe. «Era un paisaje gris, virtualmente vacío. Unas pocas personas daban vueltas alrededor...», recuerda DeLillo. Allí comenzó a gestarse «El hombre del salto», que lanza Seix Barral en español. «Había bolsas de basura tiradas por la acera. Tenía la sensación de estar en una ciudad antigua, parcialmente en ruinas, como si fuera de otra cultura, asediada. Las pocas personas con las que me crucé hablaban con sus móviles, describiendo la escena», dice. DeLillo visitó la Zona Cero con la vaga intención de escribir un ensayo sobre los ataques, que fue publicado en la revista «Harper». «Pero estaba pensando como un novelista -explica ahora-, necesitaba ver las cosas, olerlas. Quería empezar desde la calle».
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En «El hombre del salto», DeLillo dirige su atención a lo ocurrido el 11-S y sus consecuencias. El libro comienza con un banquero de inversiones cubierto de ceniza y que arrastra un maletín entre las torres humeantes. El hombre no cesa de caminar hasta llegar al departamento de su mujer, de la que está separado, y su hijo pequeño.
Muchos de los temas favoritos de DeLillo -teorías conspirativas, culto a la violencia, fanatismo religioso, cataclismos, terror de masas, hombres solitarios en habitaciones pequeñas que traman actos terroristas- hacen que «El hombre del salto» parezca inevitable. La palabra «paranoico», tan usada para describir los primeros trabajos del escritor, ha sido sustituida desde entonces por la de « profético». El se desentiende de ambos adjetivos: «Lo que intento hacer es entender los vendavales a los que está sometida nuestra cultura. De allí es de donde surge la paranoia en mis novelas iniciales»).
DeLillo creció en un barrio de inmigrantes italianos en el Bronx. Gran deportista de pequeño, no era especialmente libresco. No fue hasta que trabajó un verano como guardia de un parking, a los dieciocho años, cuando comenzó a dedicarse seriamente a la lectura. «Nos llamaban parkies», recuerda. «No llevaba el uniforme que se suponía que debía vestir, y lo único que hacía era sentarme en un banco del parque, leyendo a Faulkner y Henry James y «Retrato del artista adolescente». No tenía ni idea de que me iba a convertir en un escritor, y continué sin saberlo muchos años. Pero supongo que comenzaba a sentir el poder de la literatura».
Tras acudir a la Universidad de Fordham comenzó a trabajar como redactor en una agencia de publicidad de Manhattan. «No había dado el salto a la televisión. Estaba comenzando a ser bueno en ello cuando me marché, y quizá ésa fue la razón secreta por la que lo hice». Sus amigos están convencidos de que dejó su empleo para escribir. «En realidad, lo hice para poder ir a ver películas todas las tardes».
Periodista: Da la impresión de que escribir sobre el 11-S podría ser increíblemente desalentador. Ha escrito en el pasado sobre hechos similares, como la nube tóxica que pasa por la ciudad en White Noise, pero generalmente hay buenas dosis de ironía y distancia.
Don DeLillo: Es extremadamente desalentador. Y el hecho de que decidiera abordarlo situándome en medio no lo hizo mucho más fácil. No quería escribir una novela en la que los ataques afectaran a unas pocas vidas de una forma distante. Quería estar en las Torres y en los aviones. Nunca pensé en los ataques en términos de ficción, durante al menos tres años. Estaba trabajando en Cosmópolis el 11 de septiembre, y dejé la escritura para centrarme en un ensayo sobre lo acontecido. Cuando logré terminar esa novela llevaba un tiempo imaginando mi próximo trabajo pero empecé a pensar en lo que se acabaría convirtiendo «El hombre del salto». Lo que hizo que finalmente la escribiera fue una imagen: un hombre, con traje y corbata, que arrastra un maletín a través de una tormenta de humo y ceniza. No tenía nada más. Y entonces, unos días después se me ocurrió que el maletín no era suyo. Esa fue la chispa.
P.: ¿La imagen surgió de la nada, de una fotografía, de historias que le habían contado?
D.D.: Sí, simplemente surgió de la nada. Con frecuencia empiezo una novela con una sencilla imagen de algo, un vago sentido de la gente en un lugar tridimensional.
P.: Uno de los personajes de El hombre del salto, Hammad, es uno de los secuestradores del 11-S. ¿Alguna vez consideró escribir el libro entero desde su perspectiva? Porque ha escrito mucho sobre terrorismo en el pasado...
D.D.: No quería escribir una novela con un sesgo demasiado político. Con el terrorista quería trazar la evolución de una persona desde una vida sin compromiso a la comisión de un grave acto de terror. Y eso es lo que hice, pero no porque lo hubiera planeado de antemano. Con Hammad, quería imaginar cómo un hombre puede empezar siendo ateo y descubrir la religión, siempre a través del poder del compañerismo profundo con otros hombres. Esa es la fuerza que lo conduce. En último término, no se trata de religión, ni de política ni de historia. Es una especie de unión sangrienta con otros hombres. Y la intensidad de sentirse parte de algo que ensancha el horizonte y hace posible actuar sin apenarse por las víctimas inocentes que se planea destruir.
P.: ¿Lo sucedido el 11-S cambió su perspectiva sobre el terrorismo?
D.D.: No. Intento escribir a través de la conciencia del personaje. Uno de los personajes de «El hombre del salto», Martin, hace un gran esfuerzo para intentar entender las quejas contra el corazón narcisista de Occidente.
P.: ¿Se planteó usted este tipo de cuestiones después de los ataques?
D.D.: No, no tuve ninguna duda. Sabía que estaba totalmente en contra de lo que pasó y la razón por la que lo estaba.
P.: ¿Quiénes son sus mayores influencias literarias?
D.D.: Aunque no me suelen relacionar con Norman Mailer, sí ha sido una gran influencia, pues estaba en el centro de la cultura y yo me hallaba en el extremo opuesto. Admiraba su prosa y el que fuera un escritor tan visible, algo que yo no quería ser. Me recuerdo viviendo encerrado en una habitación y uno de los libros a los que más acudía era su «Advertisements for Myself». Otras influencias han sido Joyce y Faulkner, Hemingway y Flannery O'Connor y muchos otros.
P.: ¿Y Pynchon?
D.D.: A Pynchon siempre le he respetado. Creó un camino nuevo para la ficción americana que merecía la pena seguir. Es como si Hemingway hubiera muerto un día y Pynchon hubiera nacido al día siguiente. La ficción cambió así, de una forma muy abrupta, desde un realismo tan veraz hasta algo más cósmico.
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