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Los únicos capaces de penetrar y manipular ese secreto, tras la muerte de la persona en cuestión, son los «Editores», profesionales que tienen como tarea realizar un «montaje» de esa vida en apenas una hora y media. Semejante tecnología violadora de la intimidad sólo tiene como objeto ofrecerles a familiares y deudos, en el velatorio, una proyección de los trozos selectos de la vida del difunto.
Este espionaje ultrasofisticado sólo tiene como fin amenizar velorios (¿por qué no usar videos caseros, solución tanto menos trabajosa y ya limpia de las indiscreciones que todo buen Editor suprime?); sin embargo, si hace un esfuerzo para aceptar la premisa, al igual que algunas otras fallas de libro, el espectador puede dejarse arrastrar por una trama de apreciable tensión, que termina encontrando la forma de llevar al primer plano otro tipo de conflictos.
En esa sociedad, Alan Hakman (
Como obra de ciencia ficción es una película seductora, que seguramente prolongará desde el video los mismos debates que produjo al estrenarse en cine.
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